Ron SuskindEl precio de la lealtadOcéano, 2004382 páginasNo se necesita ser muy perspicaz para darse cuenta de que George W. Bush es bastante incompetente. Sin embargo, como se trata de un gobernante, cualquier opinión en su contra corre el peligro de ser desvirtuada con argumentos políticos: "Lo que pasa es que usted es antirrepublicano". Por eso, el testimonio de Paul O'Neill, ex secretario del Tesoro al comienzo de la administración Bush, resulta demoledor y escalofriante. O'Neill es, según lo llamaríamos en Colombia un técnico, había trabajado en los gobiernos de Nixon, Ford y Bush padre. Era conocido como un experto en seguridad social, economía y medio ambiente. Y en el momento de ser llamado por su amigo Dick Cheney para colaborar en el gobierno se desempeñaba como presidente ejecutivo de Alcoa, la mayor empresa productora de aluminio en el mundo. En sólo tres años, O'Neill había conseguido triplicar las ventas e incrementar en forma notable las utilidades de esa compañía. Es decir, tenía una larga lista de razones para no aceptar el cargo. Y, entre ellas, una de mucho peso: jubilarse con los 60 millones de dólares que acaba de ganar por sus éxitos comerciales y recorrer a fondo Estados Unidos con su esposa en un automóvil Bentley. "Sabemos todo eso. No importa. Queremos que aceptes el trabajo", fue el argumento irrebatible de Bush para convencerlo y -no tardaría en descubrirlo- un anticipo de lo que iba a ser su relación con el presidente: sus preocupaciones serían escuchadas, anotadas, pero prescindirían completamente de ellas.A partir de la promesa electoral de Bush de reducir los impuestos en 1.600 millones de dólares, O'Neill elaboró un juicioso programa económico en compañía de Alan Greenspan, director de la Reserva Federal, el cual le explicó detalladamente al Presidente en la primera reunión formal como secretario del Tesoro. Tal programa preveía una estrategia para afrontar la recesión que ya se insinuaba sobre la economía norteamericana y una novedosa propuesta para utilizar el superávit que dejaba Clinton para resolver de una vez por todas el delicado y explosivo problema de la seguridad social. O'Neill esperó que Bush le hiciera muchas preguntas y estuvo preparado para responderlas. Sin embargo, "Bush no preguntó nada. Miraba a O'Neill sin cambiar de expresión, sin dejar traslucir ninguna reacción, ni positiva ni negativa". Silencio absoluto. ¿Un estilo para no mostrar lo que se piensa? Por supuesto que no, había que discutir y Bush sencillamente no tenía elementos para hacer siquiera una pregunta. Lo grave es que las decisiones terminaban tomándose y de la peor manera: a través de Dick Cheney y del círculo que lo rodea: Andy Card, Condoleezza Rice, Donald Rumsfeld. Un pequeño grupo de fanáticos de derecha -piensan que Estados Unidos debe armarse y atacar países preventivamente- que son inmunes a las cifras, a los hechos objetivos y sólo piensan en el beneficio personal. O'Neill muestra cómo desde un comienzo venían con la idea fija de invadir Irak y lo único que les interesaba era escuchar argumentos en favor de la guerra. Por esta razón, los sensatos como él o Colin Powell son excluidos de las decisiones y utilizados para dar la falsa impresión de que en el gobierno hay personas ecuánimes y calificadas.El caso Christine Whitman, directora de la Agencia de Protección Ambiental, es sobrecogedor. Ella recorrió el mundo y preparó una política sobre calentamiento global a partir de la promesa electoral de regularizar las emisiones de dióxido de carbono en Estados Unidos. El día de la reunión decisiva con Bush éste, sin ninguna explicación ni argumentación, le comunicó que había tomado la decisión contraria. En realidad la había tomado Cheney, presidente en la sombra, y Bush se limitaba a ser su triste mensajero. Lo que aquí se denuncia parece haber empezado a calar en el electorado norteamericano y así lo reflejan las últimas encuestas. "Dios salve a América". Y de paso, al resto del mundo.