Como la tragedia de Haití estará un cierto tiempo en el primer plano, quiero coger por la cola una cometa que ya se fue: la crítica de la ex precandidata Cecilia López a la renovación del Partido Liberal basada en delfines de ilustres apellidos (reportaje de María I. Rueda en El Tiempo). Más ampliamente: ¿deberían existir los delfines? Primero, la gota que rebosó la copa: ¿quién representa más y mejor la renovación de ese Partido, el delfín Juan Manuel Galán o la matrona Cecilia López? (para asignarle la cabeza de lista al Senado). Si bien delfín tiene connotación negativa y matrona no, la respuesta es “el delfín”. Pero, y no es por dorar (mucho) la píldora, la matrona tiene razón en casi todo (sobre el "pragmatismo amoral" para sumar candidatos y votos "contaminados"). Ella cree que “en esta ocasión también debí encabezar la lista”. Y el elegido fue Juan Manuel Galán, “a dedo”. El mismo dedo de la vez pasada. Si la renovación en política se mide por la novedad en las caras de comando, las ideas, las prácticas y los sectores representados, un análisis pudo ser: En “cara nueva”, gana el delfín. En ideas, “empate negativo” (el delfín no se destaca intelectualmente y la matrona está anclada en sus verdades). En “prácticas”, gana el delfín. La matrona es más anti-clientelista, pero el delfín practica el compromiso de ir conduciendo al partido hacia mejores estándares, sin hacer escándalo (“hombre de partido”) En “sectores representados”, electoralmente ambos son clases media y alta, voto de opinión, pero venimos de los 20 años del magnicidio de Galán. En suma, difícilmente un jefe de partido conectado con el marketing habría repetido la cara de la matrona. Ahora, ¿no deberían existir delfines (Lleras, Santos, Galán, López, Gómez, Gaviria, Moreno, Turbay, Barco) ni matronas en la política? Lo que debería existir es mayor competencia entre más líderes de diferentes orígenes y posturas. Partidos estructurados con reglas de juego por encima de nombres ilustres. En Colombia tenemos más “confederaciones de feudos” que partidos nacionales modernos, lo que favorece a las dinastías políticas nacionales y regionales. Sin embargo, hay más competencia y control en el nivel nacional que en el departamental. Intente decirles a los caciques regionales que los escaños al Congreso se decidirán democráticamente. “Imposible”. Con la política sometida al predominio del dinero (no exactamente plutocracia), la renovación no puede fluir de “abajo hacia arriba” y se ve limitada a la sucesión generacional arriba. Al final, el sistema restringe la competencia democrática en favor de delfines ilustres y de delfines “impresentables”. En algún momento habrá que ponerse serios y reformar este sistema. A la democracia le conviene que haya más matronas, así algunas veces no puedan repetir cabeza de lista y se pongan bravas.