Hoy se cumplen 40 años de la tragedia de Chernóbil y aún se recuerdan las cicatrices de un evento que transformó para siempre la percepción de la energía nuclear.
Sin embargo, más allá del temor, este desastre impulsó una evolución sin precedentes en los estándares de seguridad, control y transparencia a nivel global. En Colombia, el Reactor Nuclear IAN-R1 se erige como un testimonio de este enfoque nacional hacia el uso pacífico y seguro de la ciencia nuclear, operando silenciosamente en el corazón de Bogotá desde 1965.
Seguridad intrínseca: la lección aprendida de la historia
Uno de los mayores legados post-Chernóbil ha sido el desarrollo y fortalecimiento de tecnologías que priorizan la seguridad física por encima de todo. Tras ello, SEMANA conversó con Jaime Sandoval, físico del Reactor Nuclear del Servicio Geológico Colombiano, quien explica que el reactor IAN-R1 es “inherentemente seguro”.
Asimismo, explicó que: “El Reactor Nuclear Colombiano IAN-R1 fue construido y puesto en marcha en el mes de febrero de 1965 en el lugar que actualmente ocupa. En esa fecha estaba retirado de la ciudad de Bogotá, pero actualmente la ciudad se ha expandido y fueron construidas unidades residenciales en los alrededores del reactor”.
A diferencia de los reactores de potencia masivos, el sistema colombiano posee una cualidad fundamental la cual Sandoval explicó: “El reactor se apaga sin la intervención humana en caso que su temperatura y/o potencia se incrementen súbitamente”. Además, ante cualquier fallo de energía, una planta generadora se activa automáticamente para mantener los sistemas de control y refrigeración sin alteraciones.
Modernización y blindaje digital: de lo analógico a la ciberseguridad
La seguridad no solo reside en el combustible, sino en el cerebro que controla el reactor. Desde su puesta en marcha en 1965, la tecnología ha dado un salto cualitativo para adaptarse a las amenazas modernas. Sandoval destaca la transformación radical de sus sistemas:
“Con respecto a la instrumentación analógica de 1965 y tecnología de esa época, pasamos de sistemas computacionales vigentes a controladores lógicos programables, sistema modular interconectado con tecnología ethernet y can open aislado de la red de internet para prevenir ataques externos, esto es tenemos prestaciones de ciberseguridad”.
Esta infraestructura actual es considerada las más moderna de la región, cumpliendo con los estándares de la IAEA en cuanto a independencia, redundancia y diversidad de componentes.
De la potencia bélica a la potencia científica
El estigma del uso bélico es un mito que persiste 40 años después del desastre ucraniano, pero la realidad técnica lo desmiente. Sandoval enfatiza que bajo los tratados internacionales como el de Tlatelolco y el de No Proliferación, Colombia garantiza un uso estrictamente pacífico.
Físicamente, el reactor es incapaz de fines bélicos, el físico del SGC explicó que “el combustible nuclear actual del reactor es de bajo enriquecimiento (19.75%) lo cual hace que las leyes de la física no permitan obtener materia prima como presunto combustible para aplicación bélicas”.
Su escala es igualmente reveladora: mientras un reactor de potencia es masivo, el IAN-R1 opera a solo 30 kilovatios (kW), una potencia comparable a “15 a 20 duchas eléctricas funcionando al mismo tiempo”.
El reactor como herramienta de gestión del riesgo nacional
Tras Chernóbil, el enfoque científico se volcó hacia aplicaciones que beneficien directamente a la sociedad. En Colombia, esto se traduce en la geocronología, algo vital para un país de geografía compleja.
Según explicó Sandoval, el reactor permite: “permite ‘leer’ el tiempo contenido en las rocas con una precisión imposible de lograr con métodos convencionales”.
Esta capacidad es crucial para la seguridad nacional, ya que permite realizar un seguimiento a las erupciones volcánicas y manejar el riesgo en las zonas de influencia de los volcanes colombianos. Es, en esencia, tecnología nuclear al servicio de la prevención de desastres naturales.
Un cambio de percepción: hacia una nueva ley nuclear
El panorama nacional ha cambiado drásticamente desde los años 90. Tras la decisión de reactivar el reactor luego del cierre del antiguo Instituto de Ciencias Nucleares (INEA) en 1997, el interés gubernamental y académico ha crecido.
Hoy, el físico señala que en Colombia: “La conformación y entrenamiento del talento humano necesario también ha sido un factor clave en este desarrollo junto a la aprobación en segundo debate del Congreso de Colombia la promulgación de un ley nuclear para el país”
Sandoval destaca que “se observa un mayor interés por el tema nuclear (...) También se observa el apoyo en la aprobación de proyectos nacionales aplicables al tema nuclear y de presentación para ser desarrollados con el apoyo de la IAEA”.
A nivel social, las visitas de colegios y universidades muestran un entusiasmo renovado. La percepción pública ha evolucionado positivamente, entendiendo que, bajo una regulación estricta y supervisión internacional de la IAEA, “las aplicaciones nucleares traen más beneficios que detrimento a las personas”.
Así, a 40 años de Chernóbil, Colombia demuestra que la ciencia nuclear puede ser un vecino silencioso, seguro y motor de desarrollo científico.