El actor Kirk Douglas aprovechó su gran popularidad y determinación a finales de los años cincuenta para ponerle el pecho a una situación que le avergonzaba. En ese momento producía y rodaba Spartacus bajo la dirección de Stanley Kubrick, y el guion no le funcionaba. Para salvarlo decidió hacer una jugada peligrosa: escogió a Dalton Trumbo. En otras circunstancias hubiera sido lo lógico. Pero ese hombre diez años atrás había entrado a la lista negra de personas asociadas a actividades comunistas, lo que le significó pasar 11 meses en la cárcel y, al salir en 1950, recurrir a maromas para poner pan en la mesa de su familia.

Douglas recibió amenazas por contratar a Trumbo y especialmente por darle abiertamente el crédito. Hasta ese punto el guionista había trabajado en el proyecto bajo el seudónimo de Sam Jackson. Venía usando nombres falsos por años, como muchos de los guionistas vetados y culpados de traicionar a su país por la comisión senatorial luego dirigida por Joseph McCarthy, que asumía que todo izquierdista era un agente al servicio de la Unión Soviética. Douglas fue clave en poner fin a la cacería de brujas sin precedentes que tiñó de controversia a la ‘tierra de los libres y la casa de los valientes’. Una cacería que, bajo distintas circunstancias, alejó de Estados Unidos a artistas de la talla de Charles Chaplin y Bertolt Brecht. El Comité de la Cámara de Representantes sobre Actividades Antinorteamericanas (HUAC, por su sigla en inglés) operaba desde 1940 y puso sus ojos en Hollywood en 1947, cuando denunció el poder nocivo de la industria del entretenimiento, y empezó a citar a muchos de sus miembros para interrogarlos sobre sus afiliaciones comunistas. Ese año, Dalton Trumbo venía de firmar un contrato con Warner Brothers que lo convertía en el guionista mejor pagado de la industria. Por su carácter expresivo y verbal, no temía expresar públicamente su descontento con muchas de las condiciones laborales de Hollywood. Hacía parte del Partido Comunista, y esa mezcla de éxito, influencia y afiliación lo hizo un blanco perfecto para la paranoia de la Guerra Fría. Por eso, como muchos de sus colegas, Trumbo tuvo que viajar a Washington a comparecer en el Capitolio. En esas épocas era normal que alguien en sus circunstancias denunciara a otros para aplacar el apetito del comité, salir libre de culpa y seguir trabajando. Trumbo y nueve colegas, los llamados Hollywood Ten, se negaron a dar nombres y jugar el juego. “¿Hace parte o ha sido usted parte del Partido Comunista?”, les preguntaron. Trumbo respondió “Deben tener alguna razón para preguntarme esto”. Por ello, él y sus colegas pagaron el precio. Contaban con que la Corte Suprema, hasta ese año de tendencia liberal, los absolvería en la apelación, pero no corrieron con esa suerte y fueron a dar a la cárcel. En ese periodo se enmarca Trumbo, la película protagonizada por Bryan Cranston, Diane Lane como su mujer Cleo, y dirigida por Jay Roach, quien hasta ahora se había desenvuelto en películas de corte humorístico como Austin Powers. La película, que se estrena este jueves en Colombia, aborda un periodo sensible sin ser muy profunda o ligera. Relata cómo Trumbo y sus colegas se vieron convertidos en parias que no podían trabajar. También cuenta lo que su familia sufrió de puertas para adentro. Al final todo sale bien, pues a diferencia de Trumbo, muchos de los 250 guionistas, actores, directores y técnicos que cayeron en la lista fueron presas del alcoholismo, optaron por suicidarse o sufrieron la degradación de sus familias. Recuperar un nombre Al salir de la cárcel en 1950 y darse cuenta de que los estudios que antes hubieran matado por tenerlo lo encontraban indeseable, Trumbo se exilió en México. Desde allá utilizó varios nombres para vender sus guiones. Se dedicó a trabajar como una máquina, y cobró a estudios de poca reputación una mínima parte de lo que solía ganar. En su tiempo en el D.F. escribió al menos diez películas que vieron la luz y revisó un incontable número de guiones. Pero también echó mano a otras estrategias. Le pidió a su colega Ian McLellan Hunter asumir como propio el guion de Roman Holiday, la película protagonizada por Gregory Peck y Audrey Hepburn que se llevó el premio Óscar a mejor guion en 1954. Solo en 1992 la academia rectificó el crédito y le otorgó el Óscar póstumo a su mujer Cleo. Precisamente el Óscar le abrió la puerta para regresar a su país en 1957. Bajo el seudónimo Robert Rich escribió el guion para The Brave One y este también se llevó el codiciado premio, pero cuando la prensa indagó por el escritor se dio cuenta de que no existía. Trumbo aprovechó la coyuntura para regresar y corroborar el rumor que corría por todo Los Ángeles. El exiliado seguía escribiendo obras destinadas al éxito y ahora, para la furia de sus detractores, estaba de vuelta en Estados Unidos. Los días de redención continuaron para él y su familia. El director austriaco Otto Preminguer le encargó el guion de Exodus, y frente a la calidad de su producción abrió la puerta para usar su nombre. Luego Douglas entró en escena y cansado de la injusticia también lo usó en los créditos de Spartacus. La lista negra llegó a su fin en 1960, si bien para muchos de sus colegas ya era demasiado tarde. El día del lanzamiento de Spartacus, Trumbo llevó a su familia al teatro. Su hija Mitzy recordó al diario The Guardian la emoción de ver por primera vez el nombre de su padre en la pantalla y su actitud: “No demostró emoción. Seguía enojado por la lista, pues cuando terminó para él no sucedió igual con todos sus amigos. No hubo una sensación de ‘Se acabó’, pues para muchos no había terminado”. Trumbo siguió escribiendo películas y recibiendo reconocimientos. Su obra Johny Got His Gun le ameritó aplausos en el Festival de Cannes, y escribió películas recordadas como Papillon, en la que actuaron Dustin Hoffman y Steve McQueen. Trumbo subió a lo más alto, retó al establecimiento paranoico, pagó el precio y regresó a la cima para contarlo. Murió de un ataque al corazón en 1976, pero como dijo en varias ocasiones, en su historia no hubo ni héroes ni villanos. Solo víctimas.