La historia de El Morrito, barrio del municipio nariñense de Tumaco, no puede desligarse de la historia de la pista de aterrizaje. Precisamente, en los años 50, un trabajador de la obra encargada por el presidente Mariano Ospina Pérez le pidió permiso a su patrón para hacer una casita, pues todos los días tenía que salir de su hogar para trabajar, y en la noche volver a hacer el fatigante viaje. Así, con esa primera casa nació El Morrito, barrio lleno de tumaqueños vibrantes de vida, pero fuertemente golpeado por un olvido estatal apabullante.   Por eso, la Policía Cuarta Regional Antinarcóticos de Nariño, Cauca, y Valle, junto a Alas para la gente y miembros de la Oficina de Asuntos Civiles de la embajada norteamericana realizaron una jornada de atención al barrio el fin de semana pasado. Hubo 1210 consultas médicas gratuitas, y la Policía enfatizó su interés por mostrarse más cercana a la comunidad.Sin embargo, la misma Policía afirma que estas acciones no son suficientes si no hay cambios estructurales en la zona. Lo mismo piensa Luciano Caicedo, uno de los habitantes más veteranos de El Morrito. “Yo quiero mucho a este barrio, pero tiene problemas muy grandes, como todo Tumaco. El principal es la fuente de trabajo. Acá en este barrio amanecíamos sin comer, pero se solucionaba fácil: uno se montaba al bote y al ratico teníamos pescado por montones. Hoy en día no, ni barcos pesqueros hay”. Aunque hay problemas, se siente el poder de la juventud. En las esquinas de El Morrito se escucha el ir y venir de niños y jóvenes que, a pesar de la precariedad radical, logran sacarle risas a la situación. Luciano afirma que su barrio está lleno de gente de distintas partes de Tumaco y de otros pueblos ribereños, pues existe la oportunidad de que los niños vayan a una escuela que él mismo ayudó a fundar hace muchos años. En el segundo semestre de este año, Tumaco ha sido primera plana de diarios regionales y nacionales por las violentas muertes de muchos campesinos y líderes comunitarios. Luciano, al igual que la Policía, sabe que esa violencia es innegable, pero afirma que los habitantes de su barrio intentan mantener alejados a esa “mala clase” que solo quiere hacer daño. Los esfuerzos de su comunidad, sumados a las actividades de la Policía y al gran aporte de fundaciones como Alas para la gente, demuestran que El Morrito sigue haciéndole el quite a las carencias. Personajes como Luciano se han echado el barrio al hombro, y él y cientos más, a lo largo y ancho del Pacífico, esperan que algún día el Estado colombiano haga lo mismo.