En la Copa del Mundo de Cálculo Mental, los competidores más avezados suelen resolver 70 ecuaciones complejas en un promedio de cinco minutos, algo que la mayoría de los mortales ni siquiera intentaría. Tomohiro Iseda, un colegial japonés de 14 años, se coronó campeón en 2018, tras resolver ecuaciones como 14.130.214 x 17.981.822 o 57.809.355 + 28 x 16.448.333 en mucho menos de ese tiempo. Superó a 39 competidores del mundo que tenían entre 12 y 70 años.
A estos genios de las matemáticas los conocen como supercalculadoras humanas. Son los procesadores de números más rápidos del planeta, capaces de sumar, restar, multiplicar, dividir o factorizar números grandes mentalmente. De cuando en cuando, la historia o los récords de una de estas supermentes asombran a la humanidad.
Por ejemplo, los hermanos Quintero, españoles de 7 y 8 años, desde muy niños sorprendieron a sus padres con sus habilidades numéricas y ya han ganado campeonatos mundiales en Rusia y otros países. El cubano YusnierViera, conocido como “el calendario humano”, puede calcular, en menos de un segundo y solo con la fecha, el día de la semana en que nació una persona. Y en México, Zury Tlapanco, de 8 años, se coronó campeona en el Mundial de Cálculo de China en 2019 en su primera aparición en este tipo de eventos. Afirmó que no tuvo que sacrificarse, ya que disfruta de lo que hace.
Casos como estos intrigan a los científicos, quienes por muchos años han pensado que la capacidad matemática es hereditaria y tiene que ver con varios genes que desempeñan un papel en el desarrollo del cerebro. Hasta ahora ningún estudio lo había confirmado, pero un trabajo reciente liderado por investigadores alemanes parece haber hallado la clave.
Para abordar esta brecha en el conocimiento, el científico Michael Skeide, del Instituto Max Planck de Ciencias Cognitivas y Cerebrales Humanas, y sus colaboradores analizaron imágenes de resonancia magnética de 178 menores. Luego compararon estos datos con diez variantes genéticas previamente implicadas en el rendimiento académico y examinaron su relación con el volumen de materia gris en el cerebro. Finalmente, identificaron si algunas podrían predecir los puntajes de las pruebas de matemáticas en este grupo.
Estos niños de entre 3 y 6 años no tenían formación matemática previa. Por eso los expertos pudieron seguir, como desde un tablero en blanco, su desempeño en los años siguientes en las pruebas de matemáticas y comparar los resultados con el volumen de su cerebro. También se aseguraron de que no se beneficiaran de otra influencia, por lo que estudiaron a niños que no tuvieran padres de niveles educativos altos. Esto les ayudó a comprobar si los puntajes en matemáticas se basaban principalmente en el tamaño del cerebro.
En ese camino, Skeide y su equipo observaron que los menores que tenían el llamado gen ROBO1 obtuvieron mejores resultados en las pruebas de matemáticas en el segundo año de colegio. Sus resultados sugieren que esta variabilidad genética moldea la capacidad matemática al influir en el desarrollo temprano del sistema de procesamiento de cantidades básicas del cerebro.
Los autores afirman que dicha alteración sería hasta un 20 por ciento responsable de la capacidad matemática. Y la razón es que ROBO1 ayuda a que las capas de una parte del cerebro, la corteza cerebral, crezcan durante el desarrollo fetal. Esto afecta el volumen de un área especial de la corteza parietal derecha, relacionada con la capacidad de comprender los números y la aritmética.
Según los expertos, esto no significa que la habilidad para las matemáticas provenga solo de la genética ni que únicamente este gen influya en ella. No obstante, sin duda demuestra que cierto nivel de inteligencia y habilidad matemática tiene raíces biológicas profundas. De acuerdo con Skeide, ROBO1 en realidad “esculpe” la manera en que el cerebro percibe los números mucho antes de nacer.Durante siglos los científicos han intentado descifrar qué tanta capacidad matemática proviene de la naturaleza y qué tanta de la crianza. Este estudio, publicado en la revista PLOS Biology, da nuevas luces a la evidencia ya existente.
En efecto, trabajos anteriores mostraron que condiciones genéticas como el síndrome de Williams, el síndrome de X frágil o el síndrome de Turner están asociadas con habilidades matemáticas deficientes. Lo mismo que la discalculia, una discapacidad en el aprendizaje de las matemáticas en la que los niños luchan por desarrollar un sentido básico de los números. Un estudio de 2001, realizado con 39 menores con esta condición, encontró que el 66 por ciento de las madres, el 40 por ciento de los padres, el 53 por ciento de los hermanos y el 44 por ciento de los parientes de segundo grado de estos pequeños también tenían discalculia.
De igual manera, los científicos han probado que el sentido numérico intuitivo es hereditario. En una investigación de 2017, Melissa Libertus, profesora asociada en la Universidad de Pittsburgh, descubrió que los puntajes de los padres en las pruebas de matemáticas indicarían qué tan bien les iría a sus hijos en los exámenes de matemáticas en la primera infancia. Sin embargo, la experta aclaró que este es un terreno movedizo. No hay prueba absoluta de que esa habilidad obedezca a la genética totalmente, pues las familias tienden a compartir los entornos y pueden influir en los niños hacia las matemáticas, lo que afectaría los resultados. Esto coincide con otra de las conclusiones del trabajo de Skeide.
Él y su equipo hablan de una “interacción compleja entre los genes y el medioambiente”. Explican que si una persona tiene un centro matemático pronunciado en el cerebro, no significa que su carrera como genio numérico esté predeterminada desde niño. Solo mediante el apoyo específico de los padres y la escuela puede desarrollar el talento, porque hay que entrenar el cerebro como cualquier músculo para aprovechar su rendimiento completo.
Diversas investigaciones también muestran que los padres o maestros pueden influir en las habilidades matemáticas de los niños en edad preescolar de muchas maneras. Por ejemplo, por la frecuencia con la que hablan sobre números, o participan en juegos de mesa que requieren contar, o conversan sobre dinero mientras compran o mientras cocinan. Esas conversaciones informales podrían determinar el futuro de una supermente.
Este trabajo, al ayudar a entender la predisposición a las matemáticas y sus orígenes, puede contribuir a mejorar la manera de educar a quienes no logran dominarlas fácilmente. Puede que dichas habilidades tengan algunos vínculos genéticos, pero solo explican una pequeña fracción. En el trabajo, los genes fueron responsables del 20 por ciento, una ventaja amplia que no obstante deja sin explicar el 80 restante. Eso quiere decir que, con esfuerzo y práctica, cualquiera pueda convertirse en un genio, como en el caso de la prodigio británica Ruth Elke Lawrence.