Una tarde en la que Annie Murphy Paul se encontraba jugando con su primer hijo en un parque en Nueva York, se preguntó qué había hecho durante su embarazo para tener un niño tan robusto y alegre. Annie, una periodista que ha dedicado toda su carrera a cubrir temas de ciencia y salud para medios como The New York Times o Psychology Today, sabía que más allá del componente genético, existía una serie de influencias prenatales esenciales para que una persona naciera más saludable que otra. Empezó a investigar el tema impulsada no solo por su interés periodístico, sino también por una motivación personal: estaba embarazada por segunda vez. Durante años se dedicó a rastrear un sinnúmero de investigaciones sobre los cuidados del feto y hace dos semanas presentó el resultado de su pesquisa: Origins (Orígenes), un libro en el que plantea cómo los nueve meses antes del nacimiento son vitales para el resto de la vida. En el texto, que fue el tema de portada de la revista Time, Paul resalta la importancia de las condiciones intrauterinas en las que crece el feto y enumera cómo gran parte de lo que las mujeres enfrentan durante el embarazo, como el aire que respiran, lo que toman, lo que comen, lo que sienten y hasta las sustancias químicas a las que están expuestas, como el alcohol, son compartidos con el bebé y lo afectan incluso muchos años después del nacimiento. “El embarazo no es un periodo de nueve meses de espera para el gran día, sino un tiempo crucial para el bienestar o la enfermedad en la edad adulta”, escribe Paul en su libro. La obra se centra en el origen fetal, un área que investiga la relación entre las condiciones en que crece el hijo dentro del útero y enfermedades como el cáncer, el asma, la hipertensión, la diabetes, la obesidad o los males coronarios y mentales. Aunque Paul reconoce que el tema no es nuevo y que la gran mayoría de mujeres son conscientes de la importancia de llevar hábitos saludables durante el proceso de gestación, todavía hay un porcentaje que no presta mucha atención a los cuidados necesarios antes, durante ni después del embarazo. En el caso colombiano, por ejemplo, el problema más preocupante es la falta de planeación de las familias a la hora de tener un hijo. A pesar de que los hábitos de maternidad son buenos en general, según la Encuesta Nacional de Demografía y Salud de Profamilia de 2005, apenas un cinco por ciento de la población femenina solicita una consulta preconcepcional, en la que el médico le indica a la mujer si está en las condiciones adecuadas para concebir. “Este es un procedimiento de vital importancia en el que el ginecólogo evalúa el estado de defensas de la persona, el peso, el estado de ánimo, y así determina si es el momento idóneo para embarazarse”, anota Jimmy Castañeda, presidente de la Federación Colombiana de Obstetricia y Ginecología. Otro problema es que la mayoría de mujeres empieza el control prenatal a partir del tercer mes, lo que para Juan Carlos Ramírez, médico ginecobstetra de Profamilia, es preocupante porque solo a través de estos controles se pueden prevenir enfermedades como la preclampsia, que consiste en un aumento de la presión arterial con graves consecuencias para la salud de la madre. El valor del texto de Paul es que por medio de investigaciones concretas demuestra los efectos que puede tener en el vientre, por ejemplo, consumir medicamentos. Varios estudios han encontrado que las mujeres toman más fármacos durante la maternidad y muchos de ellos no son recetados por un profesional. Un rastreo de Slone Epidemiology Center, que analizó a 7.563 madres y sus hijos, encontró que entre 1976 y 2004 se incrementó el uso de cinco drogas comunes de venta libre, como calmantes, antigripales y medicinas para alergias. La revista especializada The Lancet, por su parte, informó que el 79 por ciento de las mujeres embarazadas tomaban al menos una medicina que no tenía las indicaciones necesarias para las embarazadas. Aunque durante mucho tiempo se pensó que la placenta actuaba como un escudo que protegía al feto de cualquier sustancia tóxica, Gideon Koren, profesor de Pediatría y Farmacología de la Universidad de Toronto, explica en el libro que muchas logran atravesar esta barrera. Al cruzar la placenta, los productos químicos afectan con más fuerza al feto ya que este recibe una dosis demasiado alta con respecto a su tamaño, y también porque su sistema inmunológico y de desintoxicación todavía no está bien formado. “Por eso es vital que la persona que tome medicinas lo haga bajo prescripción y porque realmente lo necesita”, señala Castañeda. La relación más directa entre los hábitos de la madre y su hijo se ve en temas como la obesidad y las enfermedades cardiacas. Como registra Paul en Origins, un par de estudios del Harvard Medical School han demostrado que mientras más peso ganan las mujeres durante la maternidad, mayor es el riesgo de que sus hijos sufran de sobrepeso, incluso hasta la adolescencia. Comer muy poco también es malo, como lo encontró el médico inglés David Baker en las madres en Inglaterra y Gales con deficiencias nutricionales, quienes daban a luz a niños con problemas del corazón en su adolescencia, debido a que durante la gestación el feto destinaba más nutrientes al cerebro y pocos a desarrollar el músculo cardíaco. Paul rastrea, además, que la influencia en el útero no solo proviene de lo que ocurre en el organismo de la madre, sino también del ambiente que la rodea. Uno de los estudios que ella cita sobre el tema es el de Frederica Perea, directora del Center for Children’s Environmental Health de Columbia University. Durante varios años Perea ha investigado los efectos de la polución en los fetos, como el bajo peso a la hora de nacer, malformaciones del corazón o parto prematuro. En 1998, Perea realizó un estudio con 500 mujeres embarazadas que transitaban por las calles de Manhattan y el Bronx, y cada una le dio a cargar un morral con un aparato que medía los niveles de hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP), un tipo de contaminante que proviene de los vehículos y está presente también en el humo de los cigarrillos y de las chimeneas de las fábricas. Después de que los bebés nacieron, un análisis de sangre del cordón umbilical mostró que el 40 por ciento de ellos tenía daños en su ADN causados por el HAP, lo que podría incrementar los riesgos de cáncer. Además, los niños expuestos a altos niveles de esta sustancia presentaban el doble de probabilidades de presentar retraso cognitivo y obtuvieron calificaciones más bajas que quienes recibieron menor exposición de HAP en el útero. Paul también analiza la influencia de acontecimientos traumáticos para la salud del bebé, como una investigación realizada entre 88.000 personas en Jerusalén. Allí, los científicos encontraron que los hijos de mujeres que se encontraban en su segundo mes de embarazo en junio de 1967, en plena época de conflicto árabe-israelí, eran más propensos a desarrollar esquizofrenia cuando adultos debido a los niveles de estrés experimentados por la madre. Paul también hace referencia a los estudios realizados por Calvin Hobel, un médico obstetra del Cedars-Sinai Medical Center en Los Ángeles, quien afirma que el estrés, incluso en menor medida, puede tener efectos nocivos, como tener parto prematuro o bajo peso al nacer. “El feto es una criatura dinámica y activa, que responde y se adapta a las condiciones que ocurren dentro y fuera del cuerpo de la madre”, resalta Paul en su libro. Para la autora, la importancia de estos hallazgos es que pueden influir en las políticas de salud. Y aunque no pasa por alto que la crianza después de dar a luz también es de vital importancia, su recopilación evidencia que a los primeros cinco años de vida, que, según Freud, definen el resto de la existencia, hay que sumarles nueve meses.