SEMANA: En los últimos años, pero sobre todo en los últimos meses, hemos visto graves incendios, olas de calor, inundaciones...¿Qué tanto tienen que ver con el cambio climático? Brigitte Baptiste: Bueno, es difícil asociar cada uno de estos eventos con la acumulación del CO2. Sin embargo, los fenómenos que estamos observando en estos días se explican muy seguramente por el calentamiento global y los cambios en los patrones climáticos de todo el planeta. Es evidente que estamos viendo extremos de comportamiento local e, indudablemente, tienen una correlación directa con el calentamiento. SEMANA: Los expertos dicen que estos fenómenos van a ser la norma de ahora en adelante. ¿Usted también cree que no hay marcha atrás?B.B: Sí. El cambio climático es irreversible, está sucediendo y, de hecho, es algo que detonó hace décadas. Lo increíble es que seguimos causándolo. Pese a los acuerdos que se han firmado y los avances que hemos hecho, las emisiones siguen creciendo. Un ejemplo es que 2017 fue el año de mayores emisiones de CO2 a la atmósfera en mucho tiempo. Estro demuestra que aún no logramos frenar la causa del cambio climático. SEMANA: ¿Qué otros cambios drásticos, además de las sequías y las lluvias, hacen evidentes el cambio climático? B.B: Hay muchas señales preocupantes en el planeta. Yo, que trabajo en temas biológicos, veo cómo los ciclos reproductivos de muchas especies del planeta se están alterando. Por ejemplo, en la distribución de plantas y animales. Esto puede ser dramático porque cuando hay un retraso en el proceso de producción de flores de un cultivo o de un bosque, todos los animales que dependen de ese recurso se ven afectados. Lo mismo pasa con los ciclos de nutrientes, las migraciones, entre otros. Es decir, hay una reacción y un ajuste muy rápido de los sistemas biológicos al cambio. Lo preocupante es que cada vez vamos a ver cómo estas señales asociadas a los temas de sequías e inundación, generarán cambios más grandes en nuestro estilo de vida. SEMANA: ¿Cuál es el panorama en Colombia?B.B: La manifestación más evidente del cambio climático en el país es la desaparición de los glaciares, un tema que ya es de conocimiento público. No hay nada que hacer al respecto. Lamentablemente, nuestros hijos no conocerán los glaciares, ni las cumbres nevadas. El efecto de ello sobre las fuentes de agua, los ríos, los páramos, puede ser muy grande. Aún estamos monitoreando qué consecuencias podría tener este cambio en otros ecosistemas de alta montaña, por eso es tan importante llegar a un consenso sobre la protección de los páramos y sobre cómo vamos a trabajar con las comunidades de allí. SEMANA: ¿Qué tanto podría afectar a sectores como la agricultura o la economía? B.B: En la agricultura es donde más se va a notar el efecto del cambio climático porque los ciclos de las cosechas van a irse alterando poco a poco. Eso ya está pasando en todas las partes del mundo. No hay frutas en la época en la que se preveía, no hay polinizadores en los momentos en los que se requiere, entre otras cosas más. Esto va a afectar la economía agraria de una manera muy drástica. Por otra parte, también está el tema de los desastres naturales como los deslizamientos, la erosión acelerada, los efectos de las inundaciones en la infraestructura… estos van a ser más recurrentes y más extremos, entonces, vamos a seguir perdiendo carreteras, puertos y viendo población afectada por eventos geológicos o hidrológicos marcados.SEMANA: ¿Cree que hay suficiente conciencia cultural y política sobre el tema o aún nos falta?B.B: En Colombia y el mundo la consciencia sobre los efectos del cambio climático ha crecido mucho. Lo que pasa es que crece la preocupación pero no la seguridad sobre cuál rumbo tomar o sobre cuál es el camino más adecuado. En todo el mundo hay un llamado a incrementar las fuentes de energía renovable, a disminuir la producción de gases efecto invernadero, pero en la práctica, todo es muy distinto entre Colombia y Europa. Quienes tienen que disminuir las emisiones son los países desarrollados, nosotros no. Nosotros no emitimos. Por lo tanto, la consciencia de lo que implica el cambio climático para Colombia es muy distinta y no la tenemos tan clara. Recibimos muchas noticias y tendemos a copiar y consumir la información que no nos sirve.SEMANA: ¿Cuál sería entonces la conciencia que tendría que tener Colombia? B.B: Tenemos que pensar en construir capacidad adaptativa. Por ejemplo, frente a circunstancias que no están bajo nuestro control como las emisiones. Las medidas de mitigación clásicas que están tomando los países del norte no nos sirven. Tenemos que pensar cómo vamos a garantizar el bienestar de la población para los próximos 50 años. Afortunadamente, tenemos buenas capacidades instaladas. Sobretodo la biodiversidad. Yo insisto en que el manejo de los ecosistemas con sentido adaptativo es lo que más nos tiene que servir. Manejar bien las ciénagas, los ríos. Manejar bien los ecosistemas con los ríos y construir resiliencia. Es decir, construir capacidad adaptativa. SEMANA: ¿En qué consiste esa capacidad?B.B: Principalmente, en frenar la deforestación. La peor señal que le podemos dar al país en términos de su capacidad adaptativa es seguir con cifras de 200 y 250 mil hectáreas de deforestación criminal. Y en general la innovación. La innovación asociada con el desarrollo de ciencia y tecnología también tiene un gran potencial para orientar nuestros sistemas productivos hacia sistemas mucho más sostenibles y no estamos invirtiendo en ello. La agricultura innovadora,el uso del bosque, la acupuntura innovadora, son realmente actividades que nos van a mantener con vida en el 2050 pero no estamos enfocados hacia ello. SEMANA: Algunos expertos plantean que en algunas ciudades de Japón será imposible vivir en un tiempo por la forma en la que construyeron sus ciudades. Grandes vías, acero, concreto. Todo esto acumula el calor muchísimo más. ¿Cree que en Colombia también es necesario empezar a replantear la construcción de las ciudades o la forma en la que habitamos el entorno? B.B: Sí. Es indispensable cambiar la forma en la que habitamos el territorio. Las grandes ciudades son consumidoras de energía a gran escala y esa energía normalmente proviene de quemar combustibles fósiles. La idea de que las ciudades puedan alimentarse con energía solar o eólicas está creciendo. En algunas partes será factible, en otras no. Sin embargo, los espacios urbanos van a ser muy sensibles a las olas de calor y muy riesgosas para la población porque eso va a generar vulnerabilidad, problemas de salud, problemas de exposición, y sobretodo, como vemos en europa, va a tener un impacto grandísimo en la salud de la tercera edad a la tercera edad cuando están expuestos a estos eventos. SEMANA: ¿Y en Colombia?B.B: En Colombia también tenemos que pensar distintas nuestras sociedades porque hemos copiado los modelos del norte. Estamos copiando mal las medidas adaptativas del norte y la realidad es que no tenemos esas condiciones de estaciones marcadas. Nuestro desarrollo adaptativo que podría alimentarse con nuestras propias capacidades no se está desarrollando como quisiéramos. SEMANA: ¿Hay algo que el ciudadano del común pueda hacer para ayudar a disminuir los efecto del cambio climático?B.B: La gente puede cambiar su comportamiento. Indudablemente que los comportamientos agregados van a dar respuestas temporales de adaptación. Por ejemplo, la conciencia de no consumir botellas de agua en plástico que en nuestro país es innecesario en nuestro país habiendo agua de buena calidad. Disminuir ciertos patrones de consumo. Pero esto no va a ser suficiente. Es decir, no votar más bolsas plásticas es un granito de arena en una montaña que se nos está viniendo encima.SEMANA: Debe ser indudablemente un tema de conciencia colectiva….B.B: Indudablemente necesitamos una respuesta social colectiva. Unos acuerdos que lleguen al alto gobierno, que modifiquen las políticas de desarrollo, que nos hagan pensar distinto el bienestar de las próximas generaciones. La gente puede cambiar su comportamiento y reflexionar mucho sobre lo que hace, pero sobretodo es importante votar bien, elegir bien, participar de manera activa con la sociedad civil o con la empresa o gobierno en cambiar las formas de hacer las cosas.