orge Reynolds es unos de los científicos más reconocidos de Colombia y casi no necesita presentación. Con sus estudios de ingeniería eléctrica en Cambridge regresó al país a la clínica Shaio, donde desarrolló un aparato que sirvió de marcapasos para un paciente cardíaco. Desde entonces se le considera pionero en esa área. A partir de ahí el misterio que se esconde tras este órgano -no solo de los humanos sino el de otras especies- cautivaron su interés científico. “El corazón es un órgano increíble del cual cada día, con la tecnología, aprendemos que sabemos menos”, dice.    Ha publicado cientos de estudios y ha motivado a muchos estudiantes a sentir pasión por la ciencia. Hizo parte de la Comisión de Sabios que recientemente entregó unas recomendaciones al gobierno para desarrollar la ciencia en el país. “Un país sin ciencia no puede salir del subdesarrollo”, afirma. A pesar de todo ese legado, recientemente el diario El Espectador publicó un artículo en el que ponía en duda sus logros. Reynolds no habla del tema, pero sí reitera que es uno de los pioneros del marcapasos. Por lo tanto, le tiene sin cuidado lo que digan de él pues está seguro de sus aportes a la medicina y la ciencia. “Ha habido varios desarrollos contemporáneos pero en la clínica Shaio en Colombia fuimos pioneros”. Añade que la ciencia es para todo el mundo. “No es particular de nadie. 78 millones de han beneficiado de los marcapasos cardiacos”.   De padre inglés y madre bogotana (descendiente de Rafael Pombo y el sabio Caldas) Reynolds empezó desde muy temprano a interesarse por los circuitos debido a que su papá era un experto en radio. Aunque no perdió años, no fue un buen estudiante de joven, pero todo cambió cuando eligió su carrera y viajó a Inglaterra a estudiar ingeniería donde muy pronto se interesó en los circuitos eléctricos. Así fue como el estudio pasó de ser una tortura a una fuente inagotable de interés para su mente.  

  En la universidad estudió becado. Fue un periodo difícil por el inglés y porque tenía que adaptarse a una cultura muy diferente a la bogotana. Pero le facilitó mucho la experiencia que recibió de su padre. “Fue entender la teoría de algo que ya sabía en la práctica”. Todos sus profesores miraban sorprendidos que un alumno de segundo semestre que venía de Latinoamérica supiera por intuición hacer funcionar las cosas.   Y aunque era raro que un ingeniero electrónico trabajara en medicina, una serie de coincidencias lo llevó por ese camino. “Al departamento de fisiología de la Universidad Nacional llegaron unos aparatos y como me habían nombrado ingeniero de ese departamento todo el montaje me correspondió. En esa época las profesiones eran separadas pero esto me abrió las puertas a interesarme en conocer el corazón y aprendí que era un sistema eléctrico. Eso me generó un mayor interés pues los equipos que monté eran para hacer electrocardiografías (el análisis del funcionamiento eléctrico del corazón).    Todo eso llevó a que cuando la clínica Shaio abrió lo invitaran a monta los equipos que tenían. “Allá vi que gran parte de los pacientes morían de arritmias, que son problemas eléctricos del corazón. Dentro de todos estos hay un problema que se llama bloqueo de las aurículas a ventrículos. Era como si la red eléctrica se cortata y no pasara la corriente. Pensé que se podía hacer un sistema artificial que creara los pulsos eléctricos para compensar los bloqueos. Fue una idea que los médicos aceptaron y ahí nació el marcapasos”, explica. De esta forma se convirtió en uno de los primeros en trabajar lo que hoy se conoce como bioingeniería médica.    No tiene hijos pero sabe, por  los problemas de sus alumnos que han sido padres, que los hijos hoy tienen un carácter más fuerte que antes y que es difícil que los mayores hoy los obliguen a hacer cosas. Dice que si tuviera hijos les recomendaría que hagan todo lo posible por hacer sus sueños realidad. “Es el consejo que le doy a todos mis estudiantes”. La innovación es un camino duro porque mostrar que es efectivo y convencer a los demás es difícil.   Con el marcapasos tuvo la suerte de que su primer paciente que lo usó vivió 18 años con él y fue un ejemplo de que funcionaba. Y los que hicieron posteriormente (2.800) fueron una solución para los problemas de bloqueo. “Eso ya me abrió las puertas totalmente”, dice. Luego, trabajó 19 años para conocer el corazón de las ballenas, que es 4.500 veces más grande que el del humano pero muy parecido porque ambas especies son mamíferas. “De ese aprendizaje se desarrollaron ideas como el nano marcapasos que está en espera de un permiso para su implantación”.  

  En la Misión de Sabios ha abogado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología, y porque haya más incentivo a los jóvenes para que sean científicos. Hoy trabaja en el sistema cardiovascular de las abejas,  que están en vías de extinción y cuya desaparición crearía una catástrofe mundial. “Ese conocimiento será interesante para ver cómo los cambios climáticos y los fungicidas contribuyen a esa desaparición”.     De los 84 años que tiene, 63 los ha dedicado a su oficio profesional. Al hacer memoria hacia atrás siente que la vida le ha dejado muchas enseñanzas y la mejor ha sido clasificarlas en buenas y malas, para tratar de no volver a caer en las negativas. Hoy sigue trabajando en su casa donde tiene un pequeño laboratorio, o en la clínica Shaio  porque cree que retirarse es morir vivo.   Para él ser viejo tiene sus ventajas porque le dan preferencias, sobre todo fuera del país donde no debe hacer colas. “El todo es llegar a una vejez que permita vivir la vida, he tenido suerte pues a mis 84 años no tomo ningún medicamento”. Como trabaja entre médicos. muchos le preguntan si quiere hacerse un  chequeo. Él les contesta “ni peligro” porque cree en ese dicho que dice “carro viejo no se puede llevar al taller porque le encuentran algo”.    A esta edad se siente preparado para la muerte. “Uno se va preparando poco a poco. Hay que pensar en ella pero hay que tomarla de manera tranquila, porque es lo único verdadero en la vida”, dice. Hoy se concentra en recordar los momentos felices y tratar de no pensar en los problemas y cosas desagradables. “Sobre cómo me recuerden me tiene sin cuidado, uno cumple hasta morir. Y como dice el refrán, el que va atrás que arree”.