De mi infancia recuerdo, entre muchas otras cosas, una sensación permanente que seguramente comparto con una buena parte de los niños y adolescentes: me refiero a esa incapacidad que tienen las madres de ver a sus hijos sentados y en paz y no ponerles oficio.En mi caso, no importaba que tan enano fuera, si estaba en el colegio o en la universidad, en época académica o en vacaciones. Lo cierto es que, verme “perder el tiempo”, activaba un estímulo en algún lugar del cerebro de mi madre que la hacía perder la tranquilidad hasta tanto no me viera haciendo algo productivo.No se me olvida todavía la piedra que me daba oírla entrar a mi cuarto un sábado a las 6 de la mañana recitando las frases que usaba siempre para despertarme: el que trabaja no come paja, camarón que se duerme se lo lleva la corriente, no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy, ¡tu abuelo nunca jamás perdía el tiempo!, ¡a levantarse!. Cuando finamente lograba pararme de la cama, yo le decía furioso: mamá, pero si tengo 12 años y estoy en vacaciones, ¡por lo que más quieras déjame dormir! “No importa chinito, tu abuelo a los 12 años ya trabajaba, ¡a levantarse!”, contestaba invariablemente.Entre el top 3 de esa cantaleta, junto con lavarse los dientes tres veces al día y aprender a apagar la luz, estaba el tener ordenado mi cuarto. Me costaba muchísimo trabajo y me moría de la pereza de tener el lugar impecable para evitar un regaño. Fue entonces cuando diseñé la estrategia de no ordenar, sino esconder el desorden.Es decir, si mi cuarto estaba lleno de ropa tirada en el piso, con la cama sin tender, y con platos y vasos por ahí, en lugar de llevar los platos y los vasos a la cocina para lavarlos, meter la ropa sucia en la lavadora y ordenar todo como debía, lo que hacía era tender la cama, y coger todo lo que significara desorden para esconderlo en los cajones. Así esa tarea, que me daba tanta pereza, se reducía de una hora, a un par de minutos. Y aun cuando mi estrategia lograba evitarme el regaño y que mi cuarto se viera ordenado a simple vista, la realidad es que por dentro todo estaba hecho un desastre.Me acuerdo hoy de esta anécdota, pues creo que la estrategia que hemos formulado los colombianos para recibir al sumo pontífice, no dista mucho de la que me inventé yo a los 12 años para distraer a mi mamá y ganarme unas horas jugando PlayStation en paz.Era evidente que un hecho tan trascendental como la visita del primer papa latinoamericano a un país en el que prácticamente todo el mundo es católico, iba a despertar toda suerte de reflexiones y preparativos. Sin embargo, me parece un tanto ridículo ver a los alcaldes corriendo para tapar los huecos de las calles, mandando a pintar las fachadas por donde va a pasar el papa, enviando escuadrones de limpieza para que no haya ni un papel en el piso, y dejando impecable cada rincón de la ciudad. Ese mismo fenómeno se repite en otras esferas y toca casi todos los aspectos de nuestra cotidianidad. Por ejemplo, el ELN, una guerrilla con la que llevamos años sentados tratando de negociar el silencio de las armas, acaba de anunciar un cese al fuego con motivo de la visita de Francisco. De ninguna manera quiero anotar que sea eso algo negativo, al contrario, es una maravilla de noticia. Así como lo es tener calles con menos huecos y ciudades más bonitas y ordenadas. Sin embargo, me quedan un par de dudas de todo esto. Primero, ¿por qué sentimos la necesidad de esconderle el desorden al papa? Y segundo, ¿de verdad es necesario que venga el máximo jerarca de la Iglesia para que hagamos lo que deberíamos hacer solitos?Quiero pensar que de esta visita quedarán enseñanzas y prácticas positivas que perduren en el tiempo, y que no mueran al otro día de la partida de Francisco. Por ejemplo, cómo sería de bueno que el alcalde de una ciudad tapara los huecos no porque viene el papa, sino porque es el alcalde. Que limpiara la ciudad porque es el alcalde. Que los guerrilleros del ELN entendieran que tienen que dejar de secuestrar, de matar y de extorsionar y empezar a mostrar avances en los diálogos, no porque viene el papa, ¡sino porque los colombianos estamos mamados de violencia! Que la gente empiece a entenderse y a ver que la paz es el camino, no porque viene el papa, sino porque eso es algo tan evidente como el color azul en el cielo.Es importante que esta honda de buen comportamiento, esta euforia, esta esperanza, este deseo de hacer las cosas bien, nos quede a todos bien grabado. Porque si no, ¿qué haremos cuando se vaya el papa?En twitter: @federicogomezla