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Viaje al Centro de la Cuarta Revolución Industrial

Por: Daniela Abad*

La cineasta Daniela Abad cuenta su experiencia luego de adentrarse en el Centro para la Cuarta Revolución Industrial de Medellín.


Cuando a una cineasta le hablan de Cuarta Revolución Industrial es inevitable que piense inicialmente en la llegada del tren de los hermanos Lumière y, después de una búsqueda rápida que le indica que es un término que se refiere a la tecnología, recuerde en este orden: Metrópolis, Blade Runner, Matrix, y de ahí en adelante no sepa escoger entre Solaris, de Tarkovsky, o más recientemente High life, de Claire Denis. Cuando nos hablan de Cuarta Revolución Industrial pensamos en robots que dominan un mundo gris, donde ya no hay árboles, ni agua y quedan, como en Hijos de los hombres, muy pocas mujeres con un órgano reproductor apto para la fecundación.

La Cuarta Revolución Industrial parece una idea futurista, pero no lo es, de hecho vivimos en ella. La primera fue la de la máquina a vapor; la segunda, la de la energía eléctrica; la tercera, es la de internet; la cuarta, la de la Inteligencia Artificial, el Blockchain, el internet de las cosas, la ciencia de datos. Un gran problema de esta nueva era digital es que desconocemos el significado de los términos que usa. La palabra Startup, significa simplemente una empresa que está empezando, el internet de las cosas es que mi reloj me grite en este momento “¡muévete!”, pues sabe que solo he dado 135 pasos hoy. La Inteligencia Artificial es la inteligencia de las máquinas, pero no es necesariamente el robot HAL 9000 que desvía la nave espacial en 2001: odisea en el espacio; es cuando Netflix o Filmin o MUBi te sugieren películas que pueden interesarte, basándose en la ciencia de datos o cuando Spotify crea una lista de música especial para ti, de acuerdo a la música que sueles oír. El Blockchain es un nuevo mecanismo de manejo del dinero totalmente virtual, como los bitcoins (un dinero en bits y no en papel).

Medellín fue nombrada en 2019 por el Foro Económico Mundial como el Centro para la Cuarta Revolución Industrial en América Latina. Fue la primera ciudad de habla hispana y la quinta a nivel mundial. Sin embargo, esta idea que a los paisas nos repiten constantemente de “Medellín la más innovadora”, no quiere decir que vayamos a llenarnos de Cyborgs sino que hay un gran número de nuevas empresas (startups) y emprendedores con proyectos “innovadores” (es decir con ideas nuevas no solo en tecnología, sino en todos los campos, incluidas las artes y la cultura), que son muy útiles para la ciudad.

Ruta N es la institución escogida para articular el Centro de la Cuarta Revolución Industrial, es decir, que les ayuda a los nuevos emprendedores a mejorar su modelo de negocio, les presenta a posibles socios interesados en apoyarlos y los conecta con las grandes empresas de la ciudad. El hecho de que en Medellín haya una buena relación público-privada, mucho emprendimiento y grandes empresas dispuestas a apostar en esto, nos hace un buen lugar para ser el centro de la Cuarta Revolución Industrial, de la cual además no podemos escapar, pues ya hace parte de nuestras vidas.

Las máquinas las usamos cotidianamente: productos biodegradables, sistemas de reutilización de desechos, cálculos en la contaminación del aire, bicicletas eléctricas, aplicaciones como el Siata. Colombia es indudablemente un país que está a la vez en la Primera, en la Segunda, en la Tercera y en la Cuarta Revolución Industrial pero quizás estas nuevas maneras de pensar el mundo puedan, si están bien enfocadas, ayudar a disminuir la desigualdad, mejorar la calidad de vida, mejorar los daños medioambientales que hemos producido. Existen muy buenos emprendimientos y proyectos que desconocemos y que no tengo caracteres para explicar, pero que pueden buscar: El Pauer, El CUEE, Manos Verdes, Hogaru.

¿En quién podemos confiar?

Entre 1991 y 2002 Medellín fue una de las ciudades más violentas del mundo. Nos mataban por una idea, una orientación política o sexual. Uno de los temas más polémicos de la Cuarta Revolución Industrial es la problemática de la ciencia de datos y la política de privacidad alrededor de estos. Se trata en realidad de una cuestión muy elemental. ¿En quién podemos confiar? Antes confiábamos en la palabra, pero a medida que las sociedades han ido creciendo tuvimos que empezar a confiar en las instituciones, en las empresas, en el Estado. Hoy día desconfiamos de todos ellos.

Las grandes problemáticas éticas de la Cuarta Revolución Industrial son la confianza y la privacidad. Cada vez que nos metemos a internet o que usamos nuestro celular o que entramos a una red social, nuestros datos están siendo registrados, no solo nuestro nombre, nuestra edad, sino el hecho de que le hayamos dado ‘me gusta’ a una publicación o visto videos sobre cómo hacer pasta fresca. El uso de esta información, que en el fondo es sobre nuestras emociones, gustos, forma de pensar, aún no está perfectamente regulado. En Estados Unidos puede ser comprada por muy poco dinero por una empresa que, según nuestros perfiles, nos envía publicidad o propaganda política, como sucedió con el escándalo de Cambridge analítica. Usan los datos no para sugerirnos música, sino para recomendarnos a un presidente.

Solo para tener una dimensión del problema, pensemos por cuánto se habrían multiplicado los asesinatos en el Valle de Aburrá si los paramilitares, los mafiosos, los guerrilleros, hasta el mismo Estado, hubieran tenido acceso a esa información. O quizá por redes sociales habría surgido un movimiento y miles de # capaces de pararlos, no sabemos. Hay grandes debates sobre cómo regular mediante leyes el uso de estos datos, es decir, sobre cómo proteger nuestra privacidad.

Personalmente a mí no me importa, si estoy antojada de unos zapatos, que internet me sugieran marcas distintas para que pueda escoger, se lo agradezco; inclusive me tiene sin cuidado que, en este momento, a través de la cámara del computador, esté siendo filmada. La verdad es que no tengo nada que esconder sobre quién soy y creería que ustedes tampoco. En un Estado verdaderamente libre nadie debería tener miedo de revelar su intimidad.

No me importa que las empresas o el Estado sepan cuál es mi orientación sexual, cuál es el partido político más afín a mis pensamientos, cuáles son mis gustos musicales, el problema surge cuando no confío en ellos porque no hay suficientes normas que me defiendan. Al mundo le faltan muchas revoluciones para entender algo tan elemental como la tolerancia, la diferencia, la contradicción, la incertidumbre de un futuro que no sabemos cuál es, la soledad, la frustración, el paso del tiempo, la muerte, la vida misma. Por eso hago cine y no programación, aunque soy consciente de que esta última es, según el New York Times, la profesión más sexy del siglo XXI.

El encierro por la pandemia ha demostrado que la tecnología es fundamental en este momento para comunicarnos, pero también nos ha recordado que no es suficiente una llamada de Zoom, un Kindle, un live. Queremos seguir viviendo en el mundo real, el del tacto, el de los encuentros, el de los libros, las salas de cine, los museos, la naturaleza, los bares; un mundo en donde la tecnología esté a nuestro servicio y no viceversa. Esta es nuestra nueva revolución, la de volver a la imperfección de la realidad.

*Directora de cine.

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