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| 8/16/2019 12:00:00 AM

Las fiducias, el romance, Bertolt Brecht y T. S. Eliot

El escritor Gonzalo Mallarino enfrenta estas líneas con la intención de tratar de entender a aquellos que utilizan esos raros términos financieros como 'aversión al riesgo'. ¿Saldrá bien librado?

Gonzalo Mallarino escribe sobre términos financieros Gonzalo Mallarino, escritor. Foto: Esteban Vega La-Rotta

La fiducia no es parte del romance económico, claro que no; es neutral. Son unos terceros, capacitados técnica y financieramente para vigilar y administrar los bienes y recursos de otros para que sus proyectos estén salvaguardados. Son una mano oportuna y una mirada objetiva. Como han dicho ellos mismos, su labor “es de medio, no de resultado”. En grandes proyectos sociales y de infraestructura, eso es clave.

La fiducia habrá de ser una sofisticación del sistema bancario, digo yo. Se precisa de cierto nivel de desarrollo de un país para que los servicios fiduciarios sean posibles. Las viejas compañías de financiamiento comercial y las de leasing desaparecieron. No tenían sentido. Pero las fiduciarias, no. Por la neutralidad que deben tener como administradores de recursos. Difícilmente podrían pertenecer al banco que está financiando un proyecto, por ejemplo.

En fin. Se trata del remanente de algunas nociones relativas a la banca, de un escritor que en algunas épocas de su vida se ganó la vida trabajando allí. No desquiero a los banqueros, aunque a veces me siento ahogado pagando los créditos que por buena o mala suerte he tenido que adquirir. Con ironía, le digo a veces a Carmen, mi esposa, “tarde o temprano tu vida estará en manos de un banco”. Y nos reímos los dos.

El sistema financiero es necesario para el desarrollo ordenado de las sociedades en que vivimos. A lo que sí no me avengo todavía es a aceptar expresiones como “bancarización”, “penetración o profundización bancaria”, “aversión al riesgo” y cosas así. Los banqueros serán correctos las más de las veces, pero raramente les ha interesado leer y menos hablar con pertinencia o corrección.

Pero como digo, no los desquiero. De repente los desquería Bertold Brecht, que ponía en boca de uno de sus personajes, aquello tan famoso de “¿Qué diferencia hay entre robar un banco y fundar un banco?”. Siempre podrá uno de mis buenos amigos en el sector recordarme que el gran poeta Wallace Stevens era actuario. O que mi ‘requete’ admirado T.S. Eliot fue gerente o vicepresidente del Lloyd’s, en Londres. Y tengo que aceptarlo, me dejaría callado.

En verdad, hay algunas concomitancias misteriosas entre la banca y la literatura. Habrá que estudiar este asunto más despacio.

*Escritor.

EDICIÓN 1951

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