SEMANA: ¿Cómo inició la librería Luvina en Bogotá?

Carlos Torres (C. T.): Luvina comenzó hace 18 años, en 2004, en La Macarena, en la carrera 5 con calle 26, en un intento de establecer una estrategia cultural que fuese capaz de aglutinar libros, cafés y vinos.

Luvina se encargó de realizar una gran cantidad de actividades culturales en las que participaron una gran cantidad de novelistas que estaban cerca de nosotros, poetas, teatreros, periodistas, analistas políticos, y alrededor de ellos logramos aglutinar en el segundo piso una gran galería de arte, en donde presentamos pinturas y esculturas durante muchos años.

También hicimos conciertos de música de guitarra clásica durante los últimos nueve años, además de un cineclub con varios amigos durante la última temporada.

SEMANA: ¿Y por qué decidió cerrar sus puertas?

C. T.: Lamentablemente, la actividad cultural y fundamentalmente la venta de libros no es rentable. A la gente no le gusta pagar una boleta por ver la presentación de un libro, la rentabilidad es muy leve comparada con la cantidad de esfuerzos que hay que hacer.

La librería durante los 18 años se sostuvo teniendo pérdidas, ganancias, un mes se perdía, al otro se ganaba; es decir, estuvo funcionando en el punto de equilibrio sin que le sacáramos ni un solo peso para mi salario ni recursos financieros, y la pandemia agudizó la situación.

Los costos operacionales de un negocio como este son muy altos: el arriendo, el salario de los empleados, los servicios, el internet, la celaduría, los impuestos de Sayco y Acinpro, de Cámara de Comercio, el impuesto por ventas; todo eso hace que los costos de una librería sean altos y durante la pandemia alcanzaron un volumen que fue imposible de recuperar y decidimos cerrar.

Una librería no se fractura por ganas, o porque la cultura haya girado a otro lado, la librería se fractura porque los costos se elevan a tal punto que no es posible recuperarlos.

Carlos Torres en la librería Luvina, hace 7 años, en el 2015.

SEMANA: ¿Cuántos empleados tenía?

C. T.: Teníamos cinco empleados: un cocinero, un asistente de cocina, un librero, un asistente de librería y una persona que hacía los reemplazos. Además, estaba yo que hacía las veces de gerente. A todos ellos tocó liquidarlos, los empleados son un costo alto.

SEMANA: ¿Qué recuerdos le deja la que fue llamada la ‘Esquina Cultural de La Macarena’?

C. T.: Muchísimos. Cuando se hace un balance con el paso de los años, son muchos más los logros que los pesares. En Luvina hicimos una labor importante, fueron varias horas de trabajo entrevistando escritores nacionales y extranjeros como Pablo Montoya, Juan Manuel Roca, Luz Mery Giraldo, José Luis Díaz Granados, Pablo Di Marco, además de hablar con pintores uruguayos y muralistas mexicanos que expusieron en nuestra librería.

También hicimos recitales de guitarra de nacionales y extranjeros. Luvina me deja risas, amores, enamoramientos, desamores, tragedias, todo lo que usted se puede imaginar pasó por esa esquina y todo ello es satisfactorio.

SEMANA: ¿En qué le ayudó Luvina a Carlos Torres?

C. T.: En mucho, en Luvina escribí novelas como la de Alejandra Pizarnik, Poemas de Sol, que fue publicada por una editorial uruguaya; también acabo de terminar una novela sobre la librería, sobre esa esquina maravillosa. Por todo eso, es obvio que me voy con nostalgia.

SEMANA: ¿Qué viene ahora para la librería Luvina?

C. T.: Estoy mutando de una librería presencial a una librería virtual. Estoy ahora emprendiendo una serie de acciones que me permitan vender libros y hacer actividades culturales virtuales.

Ahora tenemos una tienda virtual que es www.luvinalibreria.com y estamos utilizando toda la trayectoria que tenemos en Facebook, en Instagram.

Seguimos en nuestra virtualidad haciendo muchas cosas que se necesitan en este país, que la cultura requiere: necesitamos seguir hablando de poesía, de novelas y generando pensamiento. Luvina fue y seguirá siendo un lugar de pensamiento.

SEMANA: ¿Y qué viene para Carlos Torres?

C. T.: Una larga y deliciosa sentada en mi escritorio, en mi apartamento, en una hermosa terraza con jardín, para escribir. Segundo, atender algunas horas diarias la librería, y tercero, conversar, hacer algunos cursos por internet que me permitan seguir viviendo en el área cultural. Pero fundamentalmente viene una etapa de escritura.