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De músico, poeta y loco…

Luis Pulido ha compuesto música de cámara, ‘ballet’, música incidental para cine y teatro, y, desde luego, obras de aliento sinfónico. La Universidad de los Andes patrocina este álbum que, en cuatro compactos, recoge lo más significativo de su obra.


Al que se le ocurrió enriquecer el “refranero español” con eso de “de músico, poeta y loco, todos tenemos un poco” no tenía ni idea de lo difícil que es la música y también la poesía. Claro, en Colombia sí cumplen esos requisitos los compositores de la bien o mal llamada “música clásica o culta”.

Porque componer no es una opción para quienes resuelven expresarse a través de la música: es una necesidad vital, como respirar.

Luis Pulido es uno de ellos. Le ha dedicado toda su vida a la música, en tres estadios: como flautista, como maestro en la Facultad de Música de la Universidad de los Andes y como compositor.

Como compositor no se sentó a esperar que llegara la musa y le dictara al oído las cosas que debe llevar al pentagrama: primero se convirtió en discípulo de Jesús Pinzón Urrea, uno de los más grandes compositores del país y, luego, gracias a la beca Jóvenes Talentos del Banco de la República, se trasladó a Italia para ingresar a una de las entidades más prestigiosas del mundo, la Accademia Nazionale di Santa Cecilia de Roma; en Italia fue alumno de Mauro Cardi y Franco Donatoni.

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Su producción es vasta. Ha compuesto música de cámara, ballet, música incidental para cine y teatro y, desde luego, obras de aliento sinfónico, que se han oído en el país y en el exterior.

Sin embargo, su caso, como el de la mayor parte de los compositores de su generación, no ha sido propiamente un camino de rosas. Porque si bien es cierto que su misión no es otra que enriquecer el patrimonio musical del país, también lo es que su trabajo depende de políticas culturales que en Colombia no son del todo claras. Es decir, un compositor tiene que sentarse a esperar que el establecimiento, es decir, las orquestas profesionales, le hagan la caridad de interpretar una de sus composiciones. En su caso, algunas, pese a la recepción positiva del público, fueron interpretadas por la Sinfónica de Colombia –la que desapareció por iniciativa del “presidente eterno”– especialmente en la década del ochenta; por la Filarmónica de Bogotá, de la cual es flautista titular, aunque hace por lo menos cuatro años no se programa ninguna. La Sinfónica Nacional de Colombia, la que vino a reemplazar a la desaparecida Sinfónica de Colombia, jamás ha programado una composición suya.

Sin embargo, su trabajo sí ha tenido eco en la Universidad de los Andes que patrocinó, con todas las de la ley, este álbum que, en cuatro compactos, recoge lo más significativo de su producción, que estéticamente refleja su estilo, profundamente personal y técnicamente inscrito en la escuela contemporánea del ‘postserialismo’.

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De sobra está decir que de las 25 composiciones reunidas, ninguna tuvo la suerte de una interpretación destinada al álbum. Para lograrlo fue necesario recurrir a los archivos sonoros de la Radio Nacional, Fundación Arte de la Música y Filarmónica de Bogotá, y someterlos a un complicado proceso de depuración sonora, con un resultado sencillamente impecable.

Es así como desfilan, a lo largo de estas más de cuatro horas de música, los nombres de grandes protagonistas de la historia reciente: la Filarmónica de Bogotá y la desaparecida Banda Nacional de Colombia; directores como Dimitar Manolov, Eduardo Carrizosa, Francisco Rettig, Ricardo Jaramillo, Carmen Moral, Everett Lee; y solistas como los flautistas Jaime Moreno y Darío Montoya, los clarinetistas Jairo Peña y Ricardo Cañón, el contrabajista Alexander Sanko, el clavecinista Álvaro Huertas y nada más y nada menos que el violinista Carlos Villa.

La colección justifica plenamente la iniciativa de la Universidad de los Andes. Es una especie de recuento sonoro del movimiento musical colombiano en estos 30 años y, sobre todo, reconoce la obra de un gran compositor que solo merece reconocimiento.