Rafael, mi hijo menor, era el más contento de todos. Nunca había podido ir a ver la Selección Colombia en un estadio. Eso sí, los ha visto por televisión cada vez que juegan. Ha celebrado y llorado con ellos. Los quiere igual cuando ganan o cuando pierden. Era una gran ocasión para él. Se puso la camiseta de Colombia, con la que de vez en cuando va al colegio, los tenis nuevos que compramos en vacaciones y la pantaloneta con la que ha marcado sus propios goles.