opinión

Camilo Cuervo (Foto para columna)
Camilo Cuervo, columnista de Dinero. - Foto: Camilo Cuervo

No es un movimiento por reivindicaciones sociales, ¡es un paro político!

Creo que es hora de hacer un alto en el camino y reflexionar: nos estamos destruyendo como nación por la sordidez de unos pocos que están haciendo más crítico aquello por lo que supuestamente protestan.


Por: Camilo Cuervo Díaz

El paro empezó porque existió consenso ciudadano en que la reforma tributaria que presentó el exministro Carrasquilla al Congreso fue inoportuna, desconectada de la realidad y desbordada desde todo punto de vista. Creo que todos, desde el fondo de nuestras almas, apoyábamos las protestas porque se justificaba manifestarse contra el peor error de táctica política que hemos presenciado en varias décadas, sin embargo, la reforma fiscal hoy es historia y la crisis sigue aumentando sin una razón clara.

Al cuestionar a la gente en la calle sobre las razones de los paros, bloqueos, el vandalismo y la violencia de los últimos días, la verdad es que no es tan claro y no existe una respuesta cuando menos “uniforme” frente al aparente “inconformismo”.

Cada uno, desde su realidad, pelea por algo distinto y casi nadie se ha tomado el trabajo de analizar si lo que pide o pretende es viable, pagable, si con su conducta de los últimos días está haciendo más difícil y lejano conseguir aquello que anhela, si está tragando entero, si es un títere de quienes quieren sembrar caos y si lo que pide realmente lo beneficia en algo.

Se cree con una lógica casi infantil que el presidente Duque es el culpable de todo, pero lo que es peor aún, consideran absurdamente que él va a solucionar lo que no hemos podido arreglar durante más de dos siglos de historia.

Se olvida convenientemente que, para bien o para mal, la reforma tributaria tenía un componente social que se banalizó y ridiculizó, escuetamente porque la oposición no puede permitir que un gobierno distinto del que ellos pretenden implantar, pueda impulsar las reformas sociales que nadie había tenido la osadía de proponer, tales como la renta básica para conjurar la pobreza extrema, la devolución del IVA o la educación superior gratuita en las instituciones públicas para los estudiantes de menores ingresos.

Al gobierno se le pide de todo, ¡literalmente de todo! Sin embargo, cuando se le pregunta a los “inconformes” sobre la forma en que ellos solucionarían sus propias solicitudes, no se ofrece ninguna respuesta, simplemente porque todos sabemos que las peticiones están pensadas en ser tan irracionales que nunca puedan ser cumplidas.

El propósito real es buscar razones, las que sean, para mantener la zozobra, el pesimismo, el inconformismo, la molestia de la gente y hacer de eso una bola de nieve. No se me haría raro que en el pliego de peticiones se culpe a Duque y se le obligue a buscar al “unicornio azul” que ayer a alguien se le perdió.

Desde hace dos semanas el gobierno, que ha perdido toda capacidad de acción, se dedica a buscar soluciones para tratar de apagar el incendio, no obstante, cada día, como si fuera una pesadilla sin fin, los “líderes” de la protesta se inventan una nueva reivindicación. La de esta semana es acabar con la fuerza pública y con el Ejército; la de la próxima semana, cuando lo logren, será otra aún más absurda y así hasta que logren llegar a las próximas elecciones que es a donde realmente quieren llegar.

Todos han encontrado una razón distinta para protestar y se instrumentaliza a los “jóvenes” para indicar que son ellos los que protestan, sin embargo, los camiones atravesados, las barricadas incendiarias y los grupos de bandoleros que se han dedicado a extorsionar a la población a lo largo y ancho del país no son estudiantes; son grupos muy organizados y que tienen como único propósito llevar a los colombianos a pensar que la única salida es derrocar al gobierno de turno para que los “mesías” del caos y la anarquía nos demuestren sus falsos poderes salvadores y sus verdaderos intereses.

Lo cierto es que la gente también se está empezando a cansar, todos nos hemos visto afectados, pero en especial los más humildes. Esos que en estas dos semanas han pagado en mercado lo que hubieren pagado en dos meses y que llevan caminando semanas para poder ir a trabajar y para volver a sus casas.

Es contradictorio que por cuenta de lo sucedido en los últimos días se esté leyendo a Colombia a nivel internacional como un país que no respeta los derechos de sus ciudadanos, pero que por otro lado veamos cosas como las que ha vivido Cali, en donde ante la ausencia del Estado, alguien más lo reemplazó; cuando eso pasa, lo que sigue es violencia e ilegalidad; sencillamente se impone la ley más básica del ser humano: la ley del más fuerte.

Tal como lo resumía en mi columna anterior, todos estamos perdiendo y mucho, sin embargo, al final del camino, cuando todo pase, porque pasará; los que promovieron este movimiento habrán perdido más que todos; su mezquindad política no les permitió ver a tiempo que lo único que sembraron en el país fue más polarización y más muerte.

Hoy me pregunto: ¿Será que los que pretenden reemplazar al presidente Duque tienen las capacidades para recuperar un país al que le están destruyendo la confianza social, su infraestructura económica y sus instituciones?, ¿será que destruir el progreso social y económico alcanzado en los últimos 30 años tiene algún sentido?, ¿de verdad ese es el país que quieren gobernar?

Creo que es hora de hacer un alto en el camino y reflexionar: nos estamos destruyendo como nación por la sordidez de unos pocos que están haciendo más crítico aquello por lo que supuestamente protestan. Esto no se trata de reivindicaciones sociales sino de intereses políticos.