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Guillermo Valencia, columnista
Guillermo Valencia, columnista - Foto: Dinero

Taiwán, el centro del mundo en el siglo XXI

Su industria es la clave para el desarrollo de la inteligencia artificial y computación cuántica, tecnologías que nos cambiarán para siempre ¿Quién estará más cerca de la isla, China o Estados Unidos?


Por: Guillermo Valencia

Mientras toda la atención mundial se concentró en la posesión de Joe Biden, la industria automotriz descubrió un riesgo impensable: su mayor proveedor de circuitos integrados, formado por un puñado de empresas concentradas en la isla de Taiwán, ha llegado al límite de su producción.

Las empresas taiwanesas de alta tecnología fabrican los más potentes y pequeños semiconductores del mercado. Son tan importantes que hacen posible cada año las nuevas versiones de smartphones, de productos que permiten el 5G, la robótica y, por supuesto, los vehículos eléctricos.

La escasez de estos componentes obligó a que compañías como Volkswagen y Mercedes Benz, apoyadas por el gobierno alemán, pidieran a Taiwán un aumento urgente en la producción de los circuitos requeridos para el ensamblaje de estos vehículos. La situación es tan urgente, que incluso General Motors cerró 3 fábricas y ralentizó su producción. ¿Cómo es que hemos llegado a este punto?

En el centro de la disrupción tecnológica

Taiwán es un jugador que ha sabido moverse en un tablero complejo. Tras la derrota frente a revolución comunista de Mao Zedong, en 1959, la isla pasó de ser un Estado autoritario a convertirse en una democracia en ciernes para la década de 1980. La meta era construir una sociedad con un continuo apetito por la innovación y el desarrollo.

Este proceso tuvo un punto de inflexión en 1987, cuando Morris Chang, exvicepresidente de Texas Instruments y experto en el sector tecnológico, fue llamado por el gobierno taiwanés para crear una empresa de semiconductores. Lo que Chang hizo con pocos recursos y nula investigación y desarrollo fue increíble.

El proceso en el que Morris Chang se enfocó, y con el que dio a luz a Taiwán Semiconductor Manufacturing Company (TSM), es el de la fundición para la manufactura de obleas sobre las que se ensamblan los circuitos. Esto fue revolucionario porque hasta ese momento las empresas de este tipo hacían ellas mismas todos los procesos.

Se trataba de un modelo vertical e integrado, liderado por Intel Corporation, empresa que encontró su mayor rival y aliado en esta compañía taiwanesa, que de pronto le permitió a otras participar en la venta, diseño y manufactura de semiconductores. Este proceso, otrora monolítico, se repartió entre Nvidia, AMD y Qualcomm, entre otras. Son empresas que no lo hubieran logrado sin el producto que salía de las fundiciones de TSM.

En otras palabras, Chang le dio la oportunidad a otros emprendedores de crear nuevas soluciones. El último IPhone, por ejemplo, tiene circuitos hechos por TSM, también los chips que usan los autos de Tesla y, más recientemente, los mejores productos de Intel.

Junto a TSM emergieron ASE Technology Holding, Foxconn y otras compañías que se han expandido gracias a una alta inversión en tecnología y desarrollo. El gobierno taiwanés alentó este proceso a través de un sistema educativo de alta calidad, que no solo le permite a este país ocupar los primeros puestos de las pruebas Pisa, sino que también otorga oportunidades a los jóvenes que desean crear empresa.

Taiwán entendió la máxima del fallecido artífice de Singapur, Yew Kuan Lee:

“Los países que se mantengan alejados de los avances tecnológicos serán perdedores”.

Una cuestión geopolítica

No obstante, mientras la isla avanza en lo tecnológico y económico, tiene problemas en lo diplomático. Taiwán no es reconocido como un país independiente por la mayoría de Estados. De hecho, EE. UU. dio ese reconocimiento primero a la China continental de Deng Xiaoping, en 1979, y hasta hace pocos años se acercó a Taiwán de forma oficial.

El tablero en el que juega la isla tiene a Washington como principal aliado y a China como rival. El primero tiene décadas de dependencia de la industria taiwanesa, mientras que el segundo está a pocos kilómetros y desea integrarla a su territorio. Ambos necesitan los circuitos de Taiwán para desarrollar las tecnologías que cambiarán este siglo: la inteligencia artificial y la computación cuántica.

Es más, casi que cualquier gran avance tecnológico que veamos en esta década dependerá del ingenio de empresas como TSM. Por eso, Taiwán es el centro del mundo, uno que viró hacia el mar del Sur de China y en el que Occidente ya no es todopoderoso.

Volviendo a las reflexiones de Yew Kuan Lee, un confucionista que entendió muy bien a Occidente, “el futuro de Taiwán está determinado por la realidad de la ecuación de poder entre Taiwán y China y si los estadounidenses están preparados para intervenir en cualquier situación”.

Lee, quien falleció en 2015, entendió la encrucijada en la que se encuentra la isla, que a pesar de ser el centro del mundo depende de EE. UU. para existir como democracia.

La toma de Hong Kong en 2020 y los recientes movimientos militares chinos hacen pensar que pronto Washington será puesto a prueba. El líder chino, Xi Jinping, también sabe que todo depende de cuán comprometidos estén los estadounidenses y de cuánto quieran poner sobre la mesa para defender un territorio distante mientras en casa viven una de las mayores crisis sociales de las que se tenga memoria.

Por ahora la existencia de Taiwán seguirá ligada a la fabricación de semiconductores de 5 nanómetros o incluso menos. Se trata de piezas que son la millonésima parte de un milímetro, más diminutos que una célula. La promesa es que sean cada vez más pequeños, pero con la capacidad de construir un nuevo mundo.

Macrowise Director

@GMacrowise