| Foto: Cuatro jóvenes que le están cambiando la cara al oriente de Cali / Santiago Ramírez Baquero

EDUCACIÓN

Cuatro jóvenes que le están cambiando la cara al oriente de Cali

No quieren que se siga refiriendo a este lugar como "Distrito de Aguablanca", por la exclusión que ese nombre carga. Cuatro ejemplos que demuestran que el cambio social nace de las ganas y el entusiasmo.

8 de noviembre de 2017

Los conflictos entre pandillas en el barrio Siloé de Cali (Comuna 20) no impidieron que Jennifer pusiera los pies fuera de su casa para ir a buscar problemas con la intención de darles solución. “Porque yo creo que hay que coger calle, la casa embrutece”, dice tajante.

Por eso, en 2010, decidió comenzar su proyecto como activista y líder social en la Comuna 6. Una amiga suya, que estudiaba ciencia política en la Universidad del Valle, decidió comenzar un proyecto donde pudiera integrar a la comunidad LGBTI, que hasta ese momento daba sus primeros pasos. .

Una reunión en una casa de esa comuna , acompañada con un pedido a domicilio, inauguró Lesbiapolis, una comunidad de mujeres que le apostaba a trabajar por los derechos humanos.

Cada viernes, personas de la comunidad LGBTI se reunían en  la Loma de la Cruz, un lugar turístico de Cali por donde se pueden comprar artesanías y recuerdos. A muchos artesanos no les gustó esa compañía. 

“Nos decían que una artesano atacó a una mujer porque se estaba besando con su novia. Les sacaban un machete o les echaban agua caliente”, recuerda Jennifer.

Entonces, desde Lesbiapolis se las ingeniaron para integrar a todas las personas por medio del arte. Gracias a diferentes talleres de pintura reconstruyeron historias para hacer una retrospectiva del conflicto con los actores que habían estado involucrados.

“Suena muy fácil contarlo de esa manera, así de resumido, pero fue mucho más difícil”, aclara. “Mandamos el proyecto a una fundación en Nueva York llamada Astraea Lesbian Foundation que nos patrocinó todo durante un año y medio”.

Gracias a Lesbiapolis, hoy en la Loma de la Cruz no existe conflicto alguno y los miembros de la comunidad LGBTI caminan tranquilos observando artesanías.

“Nunca creí que llegara a lograr eso. Un día mi mamá me dijo: hija, te llegó una carta en inglés. Era una carta de la Universidad de Harvard que me aceptaba para estudiar allí”.

Cuando a Jennifer se le pregunta por un recuerdo gratificante de su activismo social no duda en mencionar aquel chico violento que atacó a su compañero con un esfero retráctil que le perforó el ojo. Pasó tres años en la correccional del Valle del Lili. Ya en libertad, en un viaje por el Mio, se encontró con Jennifer y le confesó que sin los talleres que ella había dictado nunca habría salido de allí.

“Cositas así me hacen seguir en esto”.

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“Estamos cansados de que se le siga diciendo Distrito de Aguablanca al Oriente de Cali. La ciudad está ordenada por comunas, no por distritos, entonces ¿por qué al oriente le quieren poner ese nombre? Me parece que es discriminatorio”, sentencia Carlos Jair.

A diferencia de Bogotá, en 2008 Cali desconocía por completo la escena hip hop que en sus calles surgía. Por eso Carlos Jair es un referente cuando de organización de festivales se trata. Festival Ciudad Hip Hop fue el primero en su especie, porque con música se concientizó que los problemas se podían solucionar con arte.

En 2009 los Laboratorios Sociales de emprendimiento y Cultura (Laso) llegaron a Cali, estos fueron un programa que logró facilitar el montaje de estudios de grabación para los grupos urbanos del país. El hecho se daba gracias a que la escena se iba fortaleciendo y Carlos tuvo la oportunidad  de convencer al gobierno de que los apoyara.

Pero no todo fue color rosa. Los espacios dedicados al funcionamiento de los Laso no fueron como se esperaba, por eso se quedaron solos de nuevo. “Tocaba construirlos en unos terrenos baldíos y la infraestructura cedió muy rápido y dejaron de funcionar, hasta nos inventamos una marcha para que dieran más recursos”.

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“Los chicos de diferentes colegios de la Comuna 6 comenzaron a tener conflictos con sus compañeros del colegio, padres y profesores. Muchos ya consumían drogas y otros creían tener la idea de que algún día la consumirían, eso fue lo que encontré”, narra Ximena, hoy abogada.

Ella dictaba el ciclo de conflicto en una serie de talleres para poder solucionar los problemas adentro de las relaciones con las personas más cercanas.

Luego partieron a diferentes pueblos del Valle para expandir su proyecto.

Otra mujer que ha luchado al lado de los más pequeños es Diana, que siempre recuerda el consejo de su profesora Bonny que siguió al pie de la letra “si usted empieza y deja atrás la pena vamos a sacar adelante este coro”.

No olvida lo bien que cantaban muchas de las mujeres, pero que no lo hacían en público porque se llenaban de pena.  “Logramos que 30 jóvenes se unieran, fue increíble, la gente estaba encontrando otras maneras de manifestarse”.

Todos comenzaron su liderazgo desde temprana edad, pospusieron sus estudios e hicieron de sus experiencias, ayudando a los demás, su verdadera universidad.