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| 6/13/1988 12:00:00 AM

LA HISTORIA OFICIAL

Críticas a Bernardo Bertolucci por su version de la vida de Pu Yi, emperador de la China a los tres años.

LA HISTORIA OFICIAL, Sección Gente, edición 315, Jun 13 1988 LA HISTORIA OFICIAL
Los rumores habían comenzado cuatro años atrás, cuando se supo que el director comunista italiano Bernardo Bertolucci, había recibido en principio el pleno respaldo de las autoridades de Pekín para filmar una costosa película sobre el drama de uno de los personajes más extraños y solitarios que hubiera podido toparse jamás: Henry Aisin-Gioro Pu Yi, el último vástago de la diezmada dinastía Manchú y quien permaneció prisionero entre los muros de la Ciudad Prohibida durante doce años.

Los rumores afirmaban que, cansado de los abusos de los prepotentes "mogules" y productores norteamericanos, el italiano estaba dispuesto a aceptar cualquier exigencia de los chinos, con tal de poder filmar una historia apasionante ahi mismo, en el corazón de la tragedia que muchos chinos siguen recordando todavía.

Ahora, cuando "El último emperador" sigue apareciendo en cuanta revista o periódico se publica en el mundo y la foto del director con su cosecha de Oscares es ya un lugar común, los rumores se han convertido en duras acusaciones contra Bertolucci a quien se sindica de haber aceptado, sin chistar, la versión oficial sobre los hechos relacionados con Pu Yi, quien a los tres años ya era emperador de la China y más tarde, durante catorce años, emperador de Manchukuo, el Estado títere creado por los japoneses en 1931. Después, en 1950, este hombre tímido y delgado sería "reeducado" durante nueve años en uno de los campos de trabajo organizados por los comunistas chinos para los llamados "criminales de guerra".
Los últimos siete años de su vida los pasaría como jardinero en un parque de Pekin.

Son estos acontecimientos y la interpretación de los mismos que aparecen en su película, los que colocan a Bertolucci como un simple traductor de los deseos oficiales de los chinos especialmente ante uno de los hechos más terribles de la historia contemporánea, los que tienen que ver con la remodelación síquica, física y política de los individuos que se oponían al régimen comunista chino, remodelación que en la película y según testigos que sobrevivieron a esos campos reeducativos, es presentada bajo una mirada romántica que nada tiene que ver con la salvaje realidad. Y ese es sólo uno de los puntos de reclamo a Bertolucci.

Algunos de los críticos que ponen en tela de juicio la independencia de criterio del director, citan la situación palpable que se respira en China cuando llegan visitantes del extranjero. Para éstos prevalece la imagen que el gobierno insiste en vender ante los extraños, la de una tierra amable, cordial y sonriente donde los problemas son enfrentados con humor e imaginación, mientras los guias de turismo se encargan, como en otros países comunistas, de enseñar sólo los aspectos más positivos. Esa dicen los críticos de la película, es la imagen que Bertolucci recibió durante sus numerosos viajes y esa, la imagen que destila la película.

Uno de los testimonios que más han calado en la opinión, en torno a la veracidad de la película, es el proporcionado por el periodista y escritor Lucien Bodard nacido en China y quien durante varios años ejerció el periodismo en ese pais: en un número reciente de Encounter reconstruyó su entrevista con Pu Yi, donde éste mostraba los estragos que sobre su cerebro y su conducta habían logrado los "reeducadores" comunistas. Durante todo el diálogo con Bodard, el ex emperador se mostró humilde y arrepentido, y lo que era peor, temeroso de la reacción de sus captores pálido, sudoroso y sin el mínimo respeto hacia su persona, convertido en una marioneta que recitaba consignas oficiales mientras reconocía sus faltas y se mostraba arrepentido por todo cuanto había cometido. Pu Yi le dijo al periodista que sólo la justicia del pueblo lo podría liberar de su terrible pasado y que se sentiría feliz tanto si las masas le perdonaban sus errores como si exigían su condena a muerte.

La imagen del reeducado y feliz emperador en la película de Bertolucci y la que captó Bodard en 1956, son bien diferentes. Mientras Bodard quedaba impresionado con el espectáculo de ese hombre muerto de miedo ante sus captores, el director italiano enseña ese proceso como una experiencia romántica y aleccionadora. Como si se tratara de una muestra de propaganda china desplegada ante los ojos occidentales.

Otra incongruencia menor pero significativa en "El último emperador" tiene que ver con el oficio de jardinero al cual llega Pu Yi en sus últimos años de vida: durante la temporada maoísta en China, los jardines y las flores eran mirados como perversiones burguesas que no podían ser permitidas, ni siquiera a un "reeducado" como este anciano prematuro.

Por supuesto, sin la aprobación del guión, la película no hubiera podido realizarse, al menos dentro de China, en los sitios históricos y esto, la autenticidad al menos física, era lo que buscaban el productor Jeremy Thomas y el director. Y es que a pesar de la apertura de los últimos años, China no es precisamente el país donde una película que muestre un punto de vista contrario al régimen, pueda realizarse. El guión elaborado por Bertolucci y su cuñado Mark Peploe se basó en los dos tomos de memorias de Pu Yi, memorias autorizadas por los comunistas chinos o sea, la versión oficial de hechos y personajes que siguen siendo llamativos. Sin embargo hay algunas diferencias entre los libros y la película, como el suicidio frustrado de los primeros minutos de proyección, ubicado en 1950 cuando los soviéticos lo entregan a los chinos. Para el historiador norteamericano John K. Fairbank, esas escenas son muy dramáticas y efectistas pero nada tienen de históricas, de auténticas y Pu Yi jamás tuvo el coraje de intentar un acto desesperado como ese.
Según otros críticos, la desconfianza que producen esas memorias escritas bajo presión, se extiende a un guión elaborado con esas fuentes inexactas.

Otra de las incongruencias halladas por los críticos en la película tiene que ver con la veracidad de la "reeducación" lograda en los prisioneros políticos. Algunos de los pocos sobrevivientes afirman que esa supuesta "reeducación" nunca existió y que los detenidos, por tener comida y techo asegurados, aceptaban recitar las consignas oficiales impuestas y daban la impresión de haber cambiado ideológica y síquicamente pero en el fondo lo único que hacían era pelear por no morirse de hambre en campos de trabajo que no eran limpios ni organizados como el que aparece en la pelicula, sino enormes y atestadas pocil gas. Pu Yi debió entender que peligraba si no montaba la comedia de su "reeducación" y aceptó todas las imposiciones, por lo que aparece como un héroe en la pelicula de Bertolucci, en una especie de retribución póstuma a su dignidad pisoteada. --

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