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| 4/7/2003 12:00:00 AM

Regreso a la vida

Esta es la historia de un milagro. Después de permanecer 20 días en coma, perder parte de la memoria y con un pronóstico de salud nada alentador, un sobreviviente de la bomba de El Nogal empieza a reconstruir su historia.

A diferencia de la mayoría de los colombianos, Juan Carlos Ujueta no se acuerda de nada de lo que sucedió el 7 de febrero en el club El Nogal. Ni siquiera ha visto los periódicos ni las noticias que hablan del tema. Sin embargo ese día su vida cambió de manera dramática: la bomba le quitó parte de sus recuerdos, de su salud y, lo más duro, a Alejandro, su hermano menor y su mejor amigo.

Aunque esta semana ya se cumplen dos meses del atentado para Juan Carlos el tiempo se detuvo. En ese lapso estuvo 20 días inconsciente, permaneció un mes en cuidados intensivos y sólo hace 15 días lo dieron de alta cuando mostró mejoría en su habla y movimientos. A sus 22 años, ha sido como volver a empezar porque para él cada día es una lucha por recuperar algo de lo que era su vida: comenzar a recordar a familiares, viejos amigos e incluso los conocimientos adquiridos durante 10 semestres de ingeniería electrónica. Es aprender nuevamente a caminar, a escribir, a hablar y a expresar emociones; a tocar guitarra cuando antes del atentado tenía su propio grupo de música y había grabado un CD. Nada, por sencillo que parezca, le resulta fácil. Y sin embargo su recuperación es un milagro.

Aquel fatídico viernes Juan Carlos había llegado a las 4 de la tarde al club para tomar su habitual clase de ajedrez mientras Claudia, su novia desde hace tres años, lo acompañaba. A las 7:30 llamó por teléfono a su hermano para que se uniera al plan de comer algo en la cafetería y luego jugar bolos. Después de la llamada Alejandro se levantó de la cama en la que veía televisión con sus padres y se alistó, no sin antes tratar de convencerlos para que fueran con él. Con el vigor que lo caracterizaba salió del apartamento, ubicado a menos de tres cuadras de El Nogal. Minutos más tarde Marta y Francisco Ujueta escucharon la explosión. "Fue sólo un golpe seco, como cuando alguien estalla una bolsa plástica y por eso no sospechamos nada", recuerda Marta. Sin embargo el sonido de las sirenas los alertó. Al bajar hasta la portería se enteraron de lo sucedido y ambos se derrumbaron.

Esa noche, desesperados por no saber nada de sus hijos y no verlos salir de entre las ruinas humeantes del club, iniciaron con amigos y vecinos una búsqueda frenética por las clínicas de Bogotá. "Al Hospital Militar fuimos tres veces pero siempre nos decían que sólo había un NN de unos 46 años. Nunca sospechamos que pudiera ser nuestro hijo", cuenta Marta. Al día siguiente, cuando aún no tenían noticias de ninguno de los dos, una amiga de la familia volvió al hospital, donde la información todavía era la misma. Sin nada que perder ella solicitó que le permitieran ver a aquel hombre no identificado. En la camilla, a pesar de la severa hinchazón del rostro, de las heridas y los golpes reconoció a Juan Carlos. Encontrar a uno de sus hijos con vida les devolvió la esperanza y más cuando, de acuerdo con los médicos, su condición era estable. Pero al poco tiempo recibieron el primer gran golpe: Alejandro había muerto y con él se fue la alegría que durante 20 años le regaló a su familia.

Pese a la tragedia no hubo tiempo para quedarse llorando al hijo perdido: tenían otro por quién luchar que se debatía entre la vida y la muerte. Los neurólogos diagnosticaron entre otras complicaciones edema cerebral y lesión en las neuronas "Aunque fueron discretos con nosotros para evitarnos el sufrimiento, los médicos no creían que Juan Carlos sobreviviera. Además existía la posibilidad de que quedara en estado vegetal. Parecía que estuviera muerto: sólo respiraba con respirador artificial y tenía las manos engarrotadas. Aun así nos decían que le habláramos, que tal vez podía escucharnos", explica Francisco. Sus amigos hicieron caso del consejo y le grabaron casetes con su música favorita, desde rock hasta boleros, pero no notaban ningún cambio.

Diez días después del incidente ocurrió el primer milagro: dos horas antes de practicarle una traqueotomía Juan Carlos respiró por sí mismo y no fue necesaria la cirugía. El 19 de febrero abrió por primera vez los ojos, un acontecimiento que fue tan emocionante como doloroso. "Tenía la mirada perdida y sólo entendí lo que pasaba cuando una enfermera me dijo: 'Sí, abrió los ojos, pero aún no ha despertado", recuerda Claudia, quien para ese momento ya se estaba recuperando de las fracturas que le dejó la explosión. Gracias a estos avances los especialistas tomaron la decisión de iniciar una terapia con cámara hiperbárica, un aparato cuya función es oxigenar las células. Los resultados empezaron a notarse poco a poco. Los médicos advirtieron que el joven estaba saliendo de su estado de inconsciencia: "El doctor tocaba su mano y le decía: 'Juan, muéstrame dos dedos', y con dificultad él lo hacía", cuenta Marta.

Día a día siguieron los progresos, desde mover sus extremidades hasta pronunciar una que otra palabra y reconocer a algunas personas, tanto que empezó a preguntar por Alejandro. Por eso hace dos semanas los médicos consideraron que para Juan Carlos sería más estimulante abandonar el hospital y cambiar de ambiente, no sin antes contarle que su hermano había muerto. "No lloró porque le cuesta manifestar sus emociones pero la noticia le afectó tanto que su comportamiento se tornó agresivo, algo que sólo se puede curar con amor", explica Francisco.

Así ha sido. En los últimos días Juan Carlos, en compañía de sus padres y su novia, no ha dejado de recibir terapias físicas, de respiración y de fonoaudiología, entre otras, gracias a lo cual empezó a controlar sus esfínteres, a caminar apoyado en alguien y a hablar con mayor fluidez. "Todavía me pasa que a veces cuando quiero decir algo no puedo", comenta Juan Carlos, con poca dificultad, tal vez reconociendo que su lucha apenas comienza. Además su memoria aún es dispersa. Así como recuerda cosas de su infancia puede olvidar un acontecimiento más reciente, algo de lo que puede dar fe Claudia: "Creo que me recordaba pero no sabía que éramos novios hacía tanto tiempo". Por eso Claudia se ha encargado de contarle la historia de tres años de relación mientras él la escucha atento como si se tratara de un cuento.

Para que esta historia tenga un final feliz se necesita un gran esfuerzo pero los progresos conseguidos hasta hoy son la promesa de que así será. "Sé que no le podemos poner ni metas ni límites, asegura Marta y continúa: Si antes disfrutaba escuchar a mi hijo cantar y tocar su guitarra hoy me emociona saber que es capaz de caminar. Es imposible saber hasta dónde llegará". La semana pasada Juan Carlos sorprendió a toda su familia. Para animarlo uno de sus tíos sacó la guitarra y empezó a tocar una canción que ambos conocían. Juan Carlos empezó a tararearla. Luego se dejó llevar por un impulso repentino, tomó la guitarra y por primera vez después de dos meses volvió a rasgar las cuerdas como en los viejos tiempos.

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