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ESPECIAL: Tenasucá, un aula ambiental incrustada en el bosque de niebla de Tena

Por: Jhon Barros

Esta reserva natural, que hace parte de la mística laguna de Pedro Palo, es un hervidero de biodiversidad que maravilla a estudiantes, académicos y amantes de la naturaleza. En sus 42 hectáreas hay más de 200 especies de aves, al igual que tres ciempiés nuevos para la ciencia.


* Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana.

Los ojos que vieron el primer amanecer. Así llamaban los muiscas a una laguna de aguas verdosas de 21,5 hectáreas ubicada en las montañas del municipio de Tena en Cundinamarca, un terruño boscoso bañado por una espesa niebla donde solo se escucha una sinfonía del canto de las aves y las ranas.

Cuenta la leyenda que el cuerpo lagunar, nombrado por los indígenas como Tenasucá, fue un epicentro de rituales sagrados a dioses como Bachué, Chiminigagua, Chíe y Sué, quienes recibían ofrendas doradas con formas de serpientes, peces, renacuajos y pisingos que eran depositadas en el fondo de la laguna. 

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El lugar también marcaba el final del dominio del imperio muisca, un pueblo pacífico y anfibio que gobernaba en toda la sabana de Bogotá, y el inicio del territorio de los panches, indígenas guerreros, bélicos y expertos en la cacería, dueños de las tierras cálidas de la cuenca baja del río Funza.

Pedro Palo fue uno de los lugares sagrados de los muiscas en la cuenca del río Bogotá, al que llamaban Funza. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz. 

En la época de la conquista, los españoles quedaron maravillados con la belleza de Tenasucá y los supuestos tesoros ocultos que escondían sus frías aguas. Los relatos de antaño cuentan que los europeos capturaron a uno de los muiscas para que revelara dónde estaban escondidas las piezas doradas.

El indígena, al que nombraron Pedro, fue encerrado en una de las cuevas de las montañas aledañas, pero ni los castigos a los que fue sometido lo hicieron delatar la tradición de su pueblo. Un día, el muisca desapareció de su prisión y al poco tiempo fue hallado caminando sobre un inmenso palo que flotaba sobre el espejo de agua. 

Desde ese momento, el lugar sagrado fue conocido como la laguna de Pedro Palo, un ecosistema repleto por el bosque de niebla donde el sabio José Celestino Mutis empezó la Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada y descubrió especies que jamás había visto como los árboles de la quina.

Las aguas de Pedro Palo o Tenasucá fueron sitios de pagamentos de los muiscas. Foto: Jhon Barros. 

Su nuevo nombre tomó más fuerza durante los años 1600, cuando en una de las expediciones de los jesuitas, el religioso Pedro perdió el equilibrio cuando navegaba en una canoa y cayó en las aguas bravías de la laguna. Su cuerpo nunca apareció, sólo fue encontrada su sotana enganchada en un palo ubicado en una de las orillas.

El declive y renacer

Durante siglos, un hechizo de protección de los muiscas protegió a Pedro Palo de sus verdugos. Los habitantes más antiguos de la vereda Catalamonte aseguran que la laguna rugía con fuerza cada vez que presentía el peligro por parte de los humanos y que si alguien se atrevía a bañarse en sus aguas, se los comía vivos.

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Su agonía inició en 1910, cuando varios de los predios aledaños al cuerpo lagunar fueron comprados por colonos a los jesuitas, para convertir sus bosques de niebla en extensos pastizales para el ganado o parcelas con cultivos. Las aguas verdosas empezaron a recibir los químicos de las actividades agropecuarias. 

Pedro Palo sufrió de deforestación y contaminación de sus aguas durante el inicio del siglo XX. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

En 1990, la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) declaró 125 hectáreas de la zona, incluida la laguna, como una reserva forestal protectora-productora, una medida que no fue efectiva. Los turistas llegaron a acampar alrededor de Pedro Palo, lo que dio paso a las basuras, fogatas, paseos de olla y el desorden. 

El caos del turismo desmesurado llevó a la CAR a cerrar la laguna definitivamente al público en 1998 y le ordenó a los dueños de las fincas a sembrar árboles nativos alrededor del espejo de agua. Desde esa época, Roberto Sáenz, un bogotano que había conocido la magia de Pedro Palo desde que era pequeño, decidió dedicar su vida a proteger al lugar ancestral de los muiscas.

Los dueños de las tierras que rodean a Pedro Palo son primos míos, zonas que mi bisabuelo compró en 1913 y después fueron heredadas a los familiares. Luego de empaparme de la historia del lugar, y al ver que habían intereses de muchas entidades en convertir la zona en un parque, en 2004, junto a mi hermano, que era director de un Parque Nacional, concluimos que la mejor opción para proteger a la laguna era consolidar reservas naturales de la sociedad civil”, comenta Roberto, hoy con 57 años.

Roberto Saénz es el guardián de la laguna de Pedro Palo, una lucha en la que lleva más de dos décadas. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Así nacieron ocho reservas naturales: Poza Mansa, Tenasucá, La Cabaña, La Finca, Hostal, Kilimanjaro, La Granja y Altos de Pedro Palo. Sáenz es dueño de Tenasucá, un terruño vedoso de 42 hectáreas desde donde se aprecia la belleza inmaculada de la laguna.

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Roberto empezó a reverdecer las zonas que fueron afectadas por la mano del hombre. Participó en la creación de varios corredores biológicos con el Instituto Humboldt, construyó un vivero de árboles nativos con el apoyo de la CAR e hizo parte de la formulación y desarrollo del plan de manejo ambiental de la laguna.

Roberto vive con su esposa Victoria, ocho perros y dos gatos en una casa de madera construida en la reserva. Foto: Jhon Barros.

Este bogotano, padre de dos hijos y graduado como ingeniero de sistemas y especialista en bioestadística, se percató que para seguir con la defensa de la laguna debía asentarse del todo en su reserva. Por eso construyó una casa en madera de eucalipto, donde vive desde hace más de cuatro años.

Pero no quería vivir como un ermitaño aislado de toda la sociedad. “Además de velar que nadie perturbe a la laguna, mi intención era consolidar un lugar para hacer turismo natural, investigación científica y dar marcha a un proyecto de agroecología, que consiste en cultivar sosteniblemente en una huerta para consumir o vender los productos orgánicos libres de fertilizantes y pesticidas”. 

Varias especies de mamíferos habitan en los bosques de esta reserva de Tena. Foto: Reserva Natural Tenasucá.

Laboratorio vivo

La ciencia ha cumplido un rol fundamental en la protección del terruño muisca que vio el primer amanecer. Los trabajos de biólogos y otros investigadores, que empezaron a consolidarse desde los años 80, han arrojado certeros datos sobre el hervidero biodiverso que albergan las montañas de Tena.  

“La investigación ha estado presente en la laguna desde hace mucho tiempo. El pionero fue el sabio Mutis hace más de 200 años, cuando vino a estas montañas a caracterizar la quina. En las zonas aledañas a la laguna fue donde arrancó esa maravillosa expedición botánica”, expresó Sáenz.

Roberto empezó a reverdecer las zonas afectadas por el ganado con especies nativas del bosque alto andino. Foto: Jhon Barros.

Durante la década de los 80, Pedro Palo fue visitada por un grupo de estudiantes de la Universidad Nacional, conformado por Orlando Vargas, Jaime Ramírez y Mariela Torres. “Hoy en día, Vargas es uno de los mayores expertos en restauración ecológica del país. Ese grupo marcó el inicio de muchos trabajos dedicados a caracterizar la zona de la laguna”. 

Luego empezaron a llegar más científicos que querían estudiar los murciélagos, las aves y los diferentes aspectos de la biología del lugar. “En 1993, la laguna fue visitada por el investigador Thomas Van der Hammen, quien hizo un estudio del polen o palinología de la zona”, recuerda el dueño de Tenasucá. 

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Desde finales de los años 90, cuando la CAR puso fin al turismo depredador en la laguna, Sáenz ha visto un marcado renacer en la investigación científica. “Cuando trabajábamos en los corredores biológicos, que incluía siembra de árboles y zonas aisladas con cercas vivas para unir los bosques con el Distrito de Manejo Integrado Salto de Tequendama - Cerro Manjuy, empezamos a conocer ecólogos y personas que vibraban con la investigación”.

Roberto busca conectar los diferentes relictos de bosque a través de corredores biológicos. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Con los árboles nativos que son propagados en el vivero, los dueños de las ocho reservas naturales se dieron a la tarea de reverdecer las zonas afectadas por las actividades agropecuarias, logrando a la fecha cubrir el 70 por ciento de los predios con bosque. La meta a futuro es alcanzar el 90 por ciento.

“En ese ejercicio de siembra de árboles también hemos contado con el apoyo de diversos expertos, quienes nos inculcaron que esos bosques plantados deben tener estructura, composición y funcionamiento, de modo que le dan un hábitat y refugio a las especies”, indica el ingeniero con alma ambiental.

Esas investigaciones han arrojado datos sorprendentes sobre la biodiversidad de Pedro Palo, como 345 especies de aves, 204 de plantas, 35 de mamíferos y 10 de murciélagos. Las cámaras trampa instaladas en medio del bosque han captado osos perezosos, ñeques, lapas, cusumbos, osos de anteojos, cuchas, zarigüeyas, musarañas y tigrillos carmelitos.

La magia silvestre de la reserva Tenasucá y la laguna de Pedro Palo incluye varias especies endémicas. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

El nicho de la ciencia

La reserva natural Tenasucá, además de ser una de las más conservadas y repletas de verde en el territorio, se está consolidando en un aula viva para la ciencia y un sitio para conectarse con la biodiversidad. Casi todas las semanas, Roberto recibe a decenas de biólogos, ambientalistas y estudiantes, incluso provenientes de otras partes del planeta.

“Para tener una mejor relación con la naturaleza hay que investigar. Eso fue lo que me motivó a abrirle las puertas de la reserva a los expertos y estudiantes, quienes hacen sus diversos estudios en las zonas boscosas y nos socializan los resultados”, menciona Sáenz.

La reserva es visitada todas las semanas por académicos, científicos y estudiantes que quieren hacer sus trabajos allí. Foto: Jhon Barros. 

Además de estudiar la biodiversidad del terreno, los expertos aprenden sobre la vida de la laguna y miran cuál es la respuesta de los bosques al disturbio que genera el hombres, es decir el antrópico. “Con la Universidad de Exeter de Inglaterra generamos tres parcelas permanentes de bosque joven, intermedio y maduro, donde tomamos medidas y cuadrículas. Esta investigación durará más o menos cuatro años”, apuntó Sáenz.

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El dueño de la reserva Tenasucá, que vive en una acogedora casa de madera con su esposa Victoria, ocho perros criollos y dos gatos, todos con nombres de plantas como quinua y amaranto, recuerda otras investigaciones en su terruño boscoso, como la relación de las aves con las plantas asociadas a los humedales. 

Las más de 40 hectáreas de la reserva Tenasucá albergan un hervidero de biodiversidad que hoy en día es estudiado. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz. 

“Otro estudio fue el de unos investigadores que instalaron perchas para que las aves se posaran y diseminaran las semillas, una restauración ecológica basada en la avifauna. El año pasado vinieron varios expertos de la Universidad de Leicester en Inglaterra”.

Estudiantes de universidades públicas como la Nacional y la Distrital, tienen en Tenasucá una opción para adelantar sus tesis de grado o diversas investigaciones. “Incluso personas de la facultad de arquitectura de la Javeriana vienen a preguntar sobre la gobernanza que se tiene en estos lugares en cuanto a la ley de ordenamiento territorial. Basan su investigación en la figura de reservas de la sociedad civil y la relación que tenemos con la CAR”.

Hongos de diversos colores abundan por los terrenos de Tenasucá. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Para Sáenz, estas alianzas con la ciencia permiten mostrar la magia de la biodiversidad de la reserva y la laguna, trabajos que a su vez han arrojado un centro de documentación conformado por las diversas investigaciones realizadas en Tenasucá. “La investigación es un turismo científico de bajo impacto que solo busca proteger la naturaleza”.

Otra investigación en la reserva, que aún no está publicada, es una estimación de la profundidad de la laguna, un mito que ha pasado de generación en generación en las veredas de Tena. Algunos hablan de más de 700 metros de hondo, otros de apenas 30, creencias que aún no llegan a ser corroboradas. 

Tres especies de aves endémicas han sido identificadas en Tenasucá. Fotos: Reserva Natural Tenasucá.

Lo que sí se sabe es que Pedro Palo es bastante bravía con el que intenta bañarse en sus aguas. En los años en que permaneció abierta al público, siete personas murieron ahogadas por atreverse a nadar en su cuerpo lagunar, posiblemente por los altos de alcohol o por fuertes calambres.

La Universidad de Exeter hizo un mapa que esperamos vea la luz muy pronto, el cual pondrá fin a los rumores de su profundidad. Unos dicen que no tiene fondo y el agua sale a un sitio cercano a la iglesia de Tena. Todo ese desconocimiento hace que se generen mitos y leyendas. Todo indica que su fondo real es de 27 metros, su formación suma 40.000 años y hay indicios de presencia humana de 4.000 años atrás”, expresó Sáenz.

El fondo de Pedro Palo aún es todo un misterio. Foto: Jhon Barros.

De puertas abiertas

Tenasucá no es exclusiva para los científicos. Los amantes de la naturaleza pueden visitarla y aprender sobre el legado de los muiscas, la biodiversidad extrema de la laguna y la lucha de los dueños de sus reservas, todo bajo el compromiso de no alterar la tranquilidad natural del lugar.

“Pedro Palo llama mucho la atención a turistas y personas que quieren usarla como un sitio de veraneo y recreación. Pero su énfasis no es ese, sino la conservación. La mejor forma para conservarla es tratarla como un sitio de enseñanza, un laboratorio vivo que nos permita conocer y reconocer más de las cosas que no hemos descubierto en la naturaleza, y que nos conectan desde nuestro interior con los ecosistemas”.

Los amantes de la naturaleza pueden visitar la reserva con el compromiso de no alterar los ecosistemas. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Sáenz pretende generar cambios en la visión de los ciudadanos. “Este es un ejercicio que nos permite abordar el acceso a la naturaleza como una llegada desde el conocimiento y la parte interior de cada persona. Acá apoyamos y promovemos esos procesos interiores y no hablamos de ecosistemas sino socioecosistemas”.

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El ingreso al espejo de agua está totalmente prohibido, una medida que para Sáenz no significa que nadie pueda visitar la región y empaparse con su historia. “En Tenasucá la gente puede tener un contacto consigo mismo a través de la naturaleza, algo que depende de procesos personales. En la reserva, las personas encuentran un espacio para su reencuentro, que puede ser observando aves, meditando o aprendiendo sobre la historia de los sagrado y los pagamentos de los muiscas”.

Aún hay muchas plantas y animales por estudiar en la reserva y en la laguna. Foto: Jhon Barros.

Nuevas especies

Hace más de un año, Sebastián Galvis, estudiante de biología de la Universidad Nacional, empezó a trabajar en uno de sus grandes sueños: estudiar la diversidad de miriápodos asociados a los bosques de niebla, es decir las especies de ciempiés y milpiés que interactúan con el suelo y ayudan a mantener estos ecosistemas. 

Nadie se había puesto en la tarea de averiguar profundamente sobre estos organismos. Por ejemplo, los milpiés ayudan a descomponer la hojarasca cuando pasa a través de sus sistema digestivo, mientras que los ciempiés son netamente cazadores que controlan los organismos que pueden ser plagas. Ambos mantienen el suelo rico en nutrientes, lo oxigenan y le brindan una buena salud al bosque”.

La biodiversidad que habita en el suelo es la gran pasión para este estudiante de biología. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Este joven estudiante tenía pensado darle riendas a su proyecto en una reserva cerca del Salto de Tequendama, pero frenó la actividad porque el sitio estaba afectado por la ganadería. “Los resultados serían muy sesgados debido al daño del ecosistema, por lo cual empecé a buscar otros lugares. Un compañero de la universidad me habló de Tenasucá y me contacté con Roberto, quien me dio vía libre para arrancar con la investigación”.

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Las noches serían sus horas de trabajo, ya que estos organismos aparecen con mayor frecuencia bajo la luz de la luna. “Lo primero que me sorprendió fue ver el buen estado de conservación de los bosques de la reserva. Luego quedé maravillado con la amplia diversidad de miriápodos que no son tan visibles en otros ecosistemas”. 

Sebastián tiene un ojo de águila. Encuentra los ciempiés entre la hojarasca. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Esculcando entre la densa hojarasca, debajo de las piedras y en el interior de los troncos de los árboles caídos, Galvis empezó su búsqueda de la biodiversidad que pocos admiran: la que se esconde en el suelo. “Ya había hecho una revisión muy amplia de la bibliografía para saber cómo se colectan, dónde buscarlos y en qué microhabitats están”.

El estudiante de biología implementó cuatro métodos de muestreo específicos para este tipo de fauna, como abrir huecos en la tierra y montar baldes con un líquido preservante para que los animales caigan. “Otros métodos fueron buscarlos con las manos en el suelo y abriendo troncos en descomposición, o varias trampas para procesar volúmenes grandes de hojarasca a través de filtros”.

Los resultados hablan por sí solos. Según Galvis, en Colombia hay reportes de 40 especies de ciempiés, de las cuales 25 fueron identificadas en la reserva natural Tenasucá. Sumado a esto, este joven bogotano descubrió tres nuevas especies de ciempiés para la ciencia, es decir desconocidas para los científicos.

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Encontrar estas tres especies de ciempiés fue cuestión del azar. Con Roberto destinamos largas horas para identificar los organismos que no corresponden morfológicamente a lo que ya conocíamos. Estos ciempiés ingresaron a la colección biológica de la Universidad Nacional, donde los analizamos con microscopio y buscamos en bibliografía para analizar sus características únicas. Este es un trabajo muy detectivesco, por decirlo así”.

Sebastián lleva identificadas tres nuevas especies de ciempiés para la ciencia en la reserva Tenasucá. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Actualmente, Galvis describe detalladamente una de las tres especies, de la que más pudo recolectar organismos en el bosque, la cual será bautizada como Newportia tenasucá, en honor a la reserva natural de Tena donde fue identificada. “Las otras dos especies necesitan más información para su descripción, por lo cual seguiremos haciendo muestreos en campo para encontrar más organismos”.

La taxonomía de los ciempiés es muy variable. Unos tienen espinas, zarcos y varían en su tamaño, color y longitud. “Lo que hace especial a Newportia tenasucá es que vive específicamente en los suelos de los ecosistemas de alta montaña. Es bastante pequeña, con uno o dos centímetros de largo, una coloración amarilla pardusca, y es venenosa, ciega y con antenas. Todo indica que es una especie endémica de la región”, apunta Galvis.

Newportia tenasucá es una de las tres nuevas especies de ciempiés encontradas en Pedro Palo. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

El trabajo de campo en Tenasucá contó con el apoyo de los expertos de los laboratorios de la Universidad Nacional, quienes le ayudaron a Galvis a instalar las trampas y buscar a los animales. “Esa búsqueda es de noche, ya que los ciempiés y milpiés tienen su mayor actividad entre las seis de la tarde y las dos de la mañana. Roberto nos ayudó a seleccionar los sitios para ubicar las parcelas de muestreos”.

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Galvis seguirá inspeccionando la reserva para buscar esa biodiversidad oculta, una pasión que inició desde pequeño. “Siempre me ha llamado la atención lo desconocido y lo difícil de investigar. En Colombia, los ciempiés y milpiés han sido un grupo abandonado de los que poco se conoce”.

Identificar a los ciempiés y milpiés no es tarea fácil. Permanecen ocultos bajo la tierra. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Imperio de aves

Roberto Sáenz no necesita despertador. Todos los días, antes de que los rayos del sol empiecen a debilitar la espesa bruma mañanera, el canto de las aves lo hace parar de la cama, un concierto que se torna más intenso con el correr de las manecillas del reloj.

En las 125 hectáreas de reserva forestal protectora-productora Pedro Palo ya fueron identificadas 345 especies de aves, pero este bogotano quería saber cuántas de ellas hacían presencia en los bosques de Tenasucá, información con la que pretende elaborar una guía de aves para los pajareros que la visiten.

Nicolás Rozo es el pajarero encargado de identificar las aves de Tenasucá. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Hace un año, Sáenz se topó con Nicolás Rozo, un estudiante de biología de la Universidad Distrital que hace parte del grupo de investigación de alta montaña, joven que le cogió la caña para identificar el reino de las aves que habita en la reserva.

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“Me llamó mucho la atención porque Tena hace parte de la falla del bosque del Tequendama, uno de los sitios más diversos en aves en el país. Con Roberto decidimos realizar por lo menos una salida de campo cada mes, tanto en temporada de lluvias como seca, para expedicionar las más de 40 hectáreas de la reserva”.

En Tenasucá han sido identificadas más de 200 especies de aves, algunas endémicas de la región. Fotos: Nicolás Acevedo Ortiz.

Las pajareadas arrancan antes del amanecer, una jornada que en algunas ocasiones se extiende hasta avanzadas horas de la noche. El canto de las aves es el principal indicador que utiliza Nicolás para encontrar a las aves, las cuales busca con gran precisión entre los árboles del bosque alto andino de la reserva. Cada hallazgo lo anota en su bitácora de campo.

“En el año que llevo pajareando por Tenasucá he podido identificar más de 200 especies de aves, como el tucancito esmeralda, cuco ardilla, cardenal pico de plata, varias tángaras, carpintero payaso, zambullidor, cormorán, polluela o rascón, martín pescador, cucarachero, reinita canadiense, azulejo, sirirí, jilguero, garrapatero, pava de monte, guardacaminos, guaco, águila cuaresmera y muchas especies de colibríes”.

Los hallazgos de la avifauna en la reserva darán paso a la creación de una guía de aves. Fotos. Nicolás Acevedo Ortiz.

Aunque cada ave representa una alegría especial para este futuro biólogo, tres especies le hicieron palpitar con fuerza el corazón, ya que son endémicas y no se encuentran en ninguna otra parte del planeta: el inca negro, colibrí frente azul y dacnis turquesa.

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“También hemos visto al gorrión bigotudo, un ave casi endémica, y 26 especies de aves migratorias que utilizan la reserva como zona de paso o descanso en sus movimientos migratorios. Estas cifras suben cada vez que pajareamos por Tenasucá, lo que nos demuestra que indiscutiblemente es un punto de alta biodiversidad”.

Hay días en los que Nicolás alcanza a observar más de 100 aves en Tenasucá. Fotos: Nicolás Acevedo Ortiz.

La guía de aves de Tenasucá, que tendrá versión física y digital, contará con el apoyo de otros estudiantes y expertos. “No sólo será un insumo de consulta para los ornitólogos y grandes conocedores, sino para que la gente de la región se apropie de su territorio a través de las aves que puede observar en la zona”.

Para Nicolás, esa gran variedad de aves en Tenasucá tiene una simple explicación: la gran cantidad de bosque que sobrevive. “Sin bosque no hay aves, ya que ellas solo van a residir en lugares repletos de árboles donde encuentren alimento y refugio. Por ejemplo, muchas especies tienen relaciones específicas con ciertas plantas, como los colibríes. Por el alimento que obtienen las aves de la vegetación, ellas lo retribuyen dispersando las semillas”.

Otros estudiantes de la Universidad Distrital realizarán una caracterización de los líquenes, hepáticas y briófitas en la reserva, un nuevo insumo para establecer el estado de salud de los ecosistemas. “Hay mucho por investigar. También queremos estudiar con mayor profundidad las plantas, escarabajos, luciérnagas y libélulas”, anota Sáenz.

Los frutos de los árboles nativos atraen a las aves. Por eso la reserva es un herviderio de avifauna. Foto: Jhon Barros.

El rol de la mujer

En la laguna de Pedro Palo o Tenasucá ha predominado la energía masculina, representada en el color oro. Sin embargo, varios indígenas descendientes de los muiscas le han contado a Roberto Sáenz que el cuerpo de agua está reclamando la energía femenina, característica del color esmeralda.

“Todas las leyendas de Pedro Palo tienen al hombre como protagonista, al igual que su proceso de colonización y los dueños de las ocho reservas naturales. No se trata ahora de venir a imponer lo femenino en el territorio, sino que venga de manera armonizada a complementar lo que hay en el sentido espiritual”.

La laguna de Pedro Palo pide la participación de la mujer. Foto: Jhon Barros.

Según Roberto, en la laguna hace presencia una abuela sagrada que es protegida por un ser mitológico hermano de otro dios que habita en la laguna de Guatavita. “Esos seres son dragones espirituales que cuidan y velan por los ecosistemas. Son ellos quienes los blindan de la mano del hombre, una vulnerabilidad que no ha llegado a su fin”.

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Ese rescate del papel de la mujer en la laguna será liderado por Victoria Molina, una fiosterapeuta, docente de la Universidad del Rosario y la esposa de Roberto, quien durante la cuarentena decidió radicarse del todo en la reserva Tenasucá para acompañar a su gran amor.

“Hay una tradición muy masculina en la región. Los dueños y los campesinos son hombres solos, incluso Roberto llegó a vivir acá solo a la reserva. Por eso nos trazamos un proyecto para las mujeres, que por acá son muy pocas, el cual se basará en el respeto, entender nuestro cuerpo y rescatar la cultura muisca”.

Roberto ahora cuenta con una gran aliada para seguir defendiendo la laguna: su esposa Victoria. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

El nuevo proyecto de esta pareja empezará de ceros, ya que no hay información sobre la población femenina. “El primer paso será esa investigación, pero siendo respetuosos de lo que hay y lo que necesita la comunidad. Vamos a escuchar a las mujeres para ver qué sienten y cómo se perciben, una actividad que podríamos hacer en unas onces con chocolate todos los miércoles”, dice Victoria.

Ese trabajo también incluirá a las niñas y jóvenes de la vereda Catalamonte, que cada vez son más escasas. “La mirada de la mujer desde la intuición y la forma de concebir al mundo y a la naturaleza, es muy distinta a la de los hombres. Nosotras tenemos esa capacidad intuitiva de escuchar más allá de la razón y de las cosas que son evidentes. El ideal es que las mujeres de toda la región se nos unan”.

Los muiscas que visitan la laguna dejan flores y homenajes en esta piedra, que para ellos es sagrada. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz. 

Según Victoria, la participación femenina también arrojará nuevos insumos para seguir protegiendo a la laguna de Pedro Palo y la reserva. “En las visitas que nos han hecho los muiscas, ellos nos han recalcado que es necesario que la mujer haga presencia en la zona. Eso me motiva mucho más para hacer cosas bonitas en sintonía con la naturaleza y este paraíso en el que tengo el privilegio de vivir”.

Roberto concluye que la investigación y todos los proyectos sobre la biodiversidad y la cultura presente en Pedro Palo, son el mejor mecanismo para blindarla de las visiones de los mandatarios de turno, varios de los cuales han querido convertir la laguna en un parque recreacional para los deportes náuticos y el camping.

“Pedro Palo y la reserva Tenasucá deben consolidarse como un lugar de investigación y aprendizaje a través de la ciencia ciudadana, lo que permitirá que lleguen cada vez más jóvenes para que entiendan que este tipo de lugares son sagrados y los debemos conservar. Debemos consolidar una fuerte red de aliados para que ningún interés pueda llegar a tocar la laguna”.


Varios alcaldes y gobernantes han querido que Pedro Palo sea un parque para los deportes naúticos, algo que Roberto no permitirá. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

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