OPINIÓN

Mauricio Carradini

La inteligencia militar y el atentado a la Policía Nacional

La realidad de este atentado es que el daño estaba hecho mucho antes de la explosión. Una camioneta con esa carga explosiva ya era un golpe terrorista en sí mismo que había dado el ELN desde que la ingresó a la ciudad.
22 de enero de 2019 a las 3:53 a. m.

Altos mandos militares, junto con el Ministerio de Defensa, metieron a las Fuerzas Militares en un juego político peligroso para participar de la propaganda de la paz. Una cosa era preparar conceptualmente a las FFMM para el posconflicto, y otra distinta era empezar a cambiar la doctrina y a desmontar parte de la capacidad operativa contra grupos irregulares. Por ello, con el cambio de gobierno, desde este espacio se llamaba a hacer un corte de cuentas claro en el sector defensa y seguridad y se enunciaba el reto que se presentaría cuando el ELN recrudeciera sus acciones terroristas para presionar en la negociación.

Para acompañar al gobierno en su paz estable y duradera, en 2016 se anunció la transformación del Ejército de una fuerza contrainsurgente a una fuerza multimisión. Los cambios se han dado a nivel de doctrina, instrucción, procesos, estructuras y organización. En un escenario de presupuesto limitado, disminución de personal y cambio en la misión, es imposible pensar que cambios en los batallones de contraguerrilla, la brigadas móviles, la Fuerza de Despliegue Rápido (FUDRA) y en la inteligencia militar, son solo de nombre y cosméticos y no han tenido un impacto en la capacidad de reacción a amenazas no convencionales y en la operación frente a actores armados dentro del territorio nacional.

La realidad de este atentado es que el daño estaba hecho mucho antes de la explosión. Una camioneta con esa carga explosiva ya era un golpe terrorista en sí mismo que había dado el ELN desde que la ingresó a la ciudad. El terrorismo se mide  por la capacidad de sorprender y hacer daño acompañado de la incertidumbre acerca de la magnitud y ocasión del siguiente ataque.

La culpa de este, y de cualquier ataque terrorista, la tienen los terroristas mismos, pero Colombia es un país reconocido por su éxito en el combate de este fenómeno. No solo se ha tenido éxito históricamente sino que se exporta conocimiento y experiencia a nivel gubernamental y privado.

Independientemente de que la investigación revele algunas fallas en la seguridad de la escuela y si no había protocolos o no se cumplieron, la bomba hubiera podido explotar a la entrada con similares resultados.

No falló la inteligencia de la policía al no saber de esos explosivos –con base en la experiencia colombiana, cabe preguntarse si hay más ya guardados dentro de la ciudad-, ni la inteligencia del ejército al no reportar desde las zonas de operación. No puede fallar algo que no existe. El combate al terrorismo tiene su mejor herramienta en la prevención, y está ligado al trabajo de inteligencia. Durante los últimos años se ha desmontado la capacidad operativa de la inteligencia militar, se han eliminado estructuras y se han terminado programas de redes y agentes.

Después de décadas de aprendizaje y experiencia, si las instituciones estuvieran en sintonía con la realidad del país, el ejército o la infantería de marina sabrían que por una frontera entraron 150 kilogramos de explosivos, o que faltan en una zona minera. Habría retenes en las carreteras, la policía tendría controles en las entradas y estaría en alerta dentro de las ciudades y se elevaría el nivel de riesgo en las instalaciones del Estado. Así se hizo decenas de veces año tras año y los resultados generales están en la estadísticas de disminución de ataques terroristas en las últimas décadas y los resultados específicos están escondidos en pequeñas noticias sobre detenciones de delincuentes e incautación de explosivos –porque los atentados frustrados no son primera plana. En esta ocasión, todo indica que nadie sabía nada de esa bomba.

No hay que hacer referencia a información reservada para encontrar elementos que explican la vulnerabilidad que este atentado ha revelado. Por ejemplo, como gran paso en la lucha contra la corrupción, en abril pasado el ministro de Defensa del momento anunciaba la eliminación del Comando Conjunto de Inteligencia de las FFMM y de la Regional de Inteligencia Militar. ¿Acaso a alguien se le ocurrió eliminar el Ministerio de Transporte por la corrupción de Odebrecht?

Entonces, después de acompañar a las familias que hoy sufren por sus muertos y heridos, lo que debe ocupar al país es si después de los cambios para "la paz" las instituciones se encuentran organizadas, preparadas y equipadas de la mejor manera para enfrentar el reto que hoy plantea el ELN y su tradicional irracionalidad en la dinámica de terrorismo y negociación.

O en español más sencillo: ¿Seguimos gastando recursos en oficinas y generales para el posconflicto, o enfrentamos los problemas que tenemos pendientes?