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| 6/12/1995 12:00:00 AM

LA NUEVA FRANCIA

Tras un tiunfo relativamente apretado, el nuevo presidente francés Jacques Chirac se enfrenta al reto de su vida: hacer olvidar 14 años de socialismo.

LA NUEVA FRANCIA LA NUEVA FRANCIA
CON LA VICTORIA ESTRECHA DE JACQUES Chirac terminaron las que fueron probablemente las elecciones más sui generis desde 1958, el año en que fue creada la V República Francesa. Chirac, líder del partido gaullista Unión para la República -RPR- obtuvo el 52,6 por ciento de los votos, contra 47,4 para Lionel Jospin, representante del Partido Socialista del presidente saliente François Mitterrand. De esa forma, el resultado se convirtió en el verdadero final de toda una era en la historia de la política francesa del siglo XX, pues el anciano y enfermo Mitterrand estuvo en el poder 14 años.
Un factor para que estos comicios hayan sido tan especiales es que el recién elegido Presidente llegó al poder en una verdadera carrera de obstáculos, cada uno capaz de hacer languidecer sus esperanzas de llegar al Elíseo.
El primero fue protagonizado por el primer ministro de Mitterrand , el también gaullista Edouard Balladur, antiguo amigo personal de Chirac. Luego del éxito gaullista en las elecciones parlamentarias de 1993, Chirac decidió quedarse como alcalde de París y designar a Balladur para que 'cohabitara' con Mitterrand en el cargo de Primer Ministro y de paso despejara su propia vía hacia las elecciones presidenciales. No contaba con que Balladur, entusiasmado por su popularidad en el cargo, se lanzaría a la presidencia por su propia cuenta. Pero Balladur pasó de problema a bendición al terminar de tercero en la primera vuelta y volcar sus votos para la segunda vuelta en Chirac, tal como lo había prometido.
El segundo obstáculo, que parecía insalvable, era la posibilidad de que el socialista Jacques Delors, superpopular ex presidente de la Comisión Europea, se presentara a las elecciones, y se desvaneció por sí solo. Delors, quien era considerado único líder posible del Partido Socialista y seguro ganador de las elecciones en caso de que se presentara, declaró en diciembre que no sería candidato.
La gran sorpresa vendría en la curva final, cuando se produjo el resultado que nadie esperaba del socialista Lionel Jospin, quien pasó a la segunda vuelta delante de Chirac, a tiempo que el líder de la extrema derecha, JeanMarie Le Pen, ponía su cuota de sorpresa con el 15 por ciento de los votos. A pesar de todo esto, si se examina la repartición del poder en las diferentes instituciones del país, Chirac dispone, teóricamente, de una situación confortable para gobernar.
En efecto, Jacques Chirac se impuso con una diferencia mayor a la que obtuvieron los ex presidentes Valery Giscard d'Estaing en 1974 y Mitterrand en 1981, lo cual le da una buena tajada de legitimidad. Además su partido, Unión para la República, posee, en la práctica, las llaves del Elíseo, el palacio presidencial, de Malignon, el palacio del Primer Ministro, y de la Asamblea Nacional. Esta se vio invadida por los partidos de derecha cuando las elecciones legislativas de 1993 le dieron al conservatismo francés 80 por ciento de los escaños, en lo que fue la desaprobación total del manejo de la crisis por el gobierno socialista de Mitterrand.

NEGOCIAR Y GOBERNAR
Sin embargo, la situación política francesa, reflejada en los sobresaltos y los resultados de las elecciones, obligan a Chirac a tener en cuenta a todas las familias políticas francesas y a negociar constantemente su apoyo. Para lograrlo, el nuevo presidente tendrá que nombrar a un primer ministro que satisfaga a la vez a los miembros de su propio partido y a los seguidores de Edouard Balladur. Los candidatos más opcionados son dos miembros del RPR: Alain Juppé, futuro líder del partido y actual ministro de Relaciones Exteriores, quien se desempeñó de manera brillante durante las negociaciones del Acuerdo General de Aranceles y Tarifas -Gatt-, y Philippe Séguin, presidente de la Asamblea. Chirac tendrá además que arreglárselas con una Asamblea que aunque mayoritariamente conservadora, no proviene integralmente de su propio partido.
Lo lógico después de unas elecciones presidenciales es que el Presidente disuelva la Asamblea, para así asegurarse la mayoría de su partido, pero en esta ocasión Chirac ha declarado que no la disolverá pues correría el riesgo de que el 47 por ciento en favor de Jospin se convierta en 47 por ciento de escaños socialistas en la Asamblea. Adicionalmente Chirac tendrá que enfrentarse a un país que sale lentamente de la crisis, y que vuelve a adoptar el reflejo de exigir y de reivindicar sus derechos. Lo que se avecina es lo que en Francia se llama tradicionalmente la 'tercera vuelta social', que después de la segunda vuelta electoral le permite al pueblo, a través de huelgas y de manifestaciones durante los primeros meses de gobierno, matizar la victoria de su nuevo Presidente y exigirle resultados en campos específicos. Por todo esto, el nuevo Presidente dispone de un crédito de imagen y de un estado de gracia que probablemente no duren más que unas pocas semanas.

AGENDA APRETADA
El cambio de mando se hará a más tardar el 20 de mayo, y desde ese momento Chirac tendrá una agenda muy cargada, pues no sólo deberá cumplir con las citas y conferencias internacionales tales como la reunión del G-7 el 15 de junio en Halifax, Canadá, o la Conferencia Europea de Cannes el 26 y 27 de junio de la cual depende la revisión de la Unión Europea en 1996, sino que tendrá que honrar con sus promesas de acción y de cambio. En efecto, si bien el discurso del cambio le permitió ganar las elecciones, lo pone hoy en una situación difícil pues el pueblo francés espera que cumpla sus promesas rápido y de manera efectiva.
El tema más caliente de todos es el del desempleo (que ha llegado a niveles del 12,2 por ciento), contra el cual Jacques Chirac tejió buena parte de su campaña. Sin embargo, este es un campo minado, pues las herramientas económicas que tiene Chirac son muy limitadas y los resultados de cualquier medida que tome serán a mediano y a largo plazo. Chirac se comprometió a bajar ciertos impuestos y subsidios para dinamizar una economía que crece a un ritmo de 2,6 por ciento por año, bajo para el mundo desarrollado, y a aumentar el crédito. Su política económica está orientada hacia lograr que el dinero vuelva a ser productivo y no puramente especulativo, con el fin de crear empleos. Sin embargo, Chirac se verá obligado a mantener las tasas de interés en el nivel actual, abandonando así la posibilidad de darles créditos a los inversionistas a más bajo costo, pues cualquier baja en las tasas de interés haría que el franco se desmoronase, lo cual sería terrible para la Unión Europea. En efecto, la construcción europea y la unión monetaria de 1999 requieren que un cierto número de países conservar su moneda dentro de márgenes establecidos por el Sistema Monetario Europeo en 1979 y mantengan la inflación y el déficit en niveles difíciles de alcanzar hoy en día. Francia y Alemania son los dos pilares fundamentales de este movimiento, y si la primera deja de dar el ejemplo y apoyar a Europa, es muy posible que la Unión Monetaria no sea una realidad ni en 1999 ni en los años siguientes.
Existen otros cuatro temas calientes en la agenda presidencial que deberán ser tratados de manera urgente. Primero: la muerte de 36 soldados franceses en la guerra en la ex Yugoslavia ha sembrado la duda en los franceses de saber si su país debe retirar a sus 4.200 cascos azules, el mayor contingente de la ONU en la zona, de una guerra en la cual la ONU ha mostrado su ineficacia, o seguir apagando con vasos de agua un incendio que todos temen se extienda a otros países de Europa. Segundo, Francia debe adoptar una política clara y firme frente al problema del integrismo musulmán en Argelia, y aunque Chirac ha hablado de apoyar firmemente a esa mayoría del pueblo argelino que cree en la democracia pero que ha perdido el poder y el derecho de hablar, nadie sabe exactamente qué política será adoptada por el nuevo Presidente. Otro problema que deberá resolver Chirac es el de los ensayos nucleares en la isla de Mururoa, abandonados unilateralmente en 1992 pero que Chirac quiere readoptar con el argumento de que los simulacros por computador no son todavía lo suficientemente realistas, y Francia no puede renunciar gratuitamente a un arma estratégica de esa importancia. Finalmente, Chirac deberá ocuparse de los problemas internos franceses, tales como la crisis del sistema educativo, el déficit de la seguridad social y los remedios y la prevención del sida, en un país que cuenta con alrededor de 200.000 seropositivos y 40.000 enfermos.
Jacques Chirac, 'El Bulldozer conservador', tendrá que honrar el apodo que el presidente Georges Pompidou le había puesto hace 25 años para llevar a cabo de manera rápida y efectiva todos los proyectos de los cuales prometió ocuparse si quiere mantener un nivel de popularidad y de maniobrabilidad aceptable. Irónicamente para alguien que se presentó tres veces a las elecciones presidenciales y que ganó con dificultad la última, lo difícil comienza ahora.

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