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Médico muerto por coronavirus - Foto: Esteban Vega

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Los desolados sepelios de los primeros médicos que el coronavirus mató

Reportaje gráfico. Los doctores Carlos Nieto y William Gutiérrez murieron el mismo día. Son las primeras vidas que la pandemia cobra al personal de salud del país. Sus funerales fueron estremecedoramente tristes.

Cuando alguien muere a cuenta del coronavirus su cuerpo perdura como un agente contagioso. Eso significa que la familia doliente no puede conmemorar un funeral tradicional para enfrentar la pena y empezar a asimilar el duelo. Se impone entonces, como medida de prevención, un sepelio expedito en que el cadáver debe ser cremado pronto, sin ceremonias, velaciones o abrazos entre familiares y amigos.

Así fueron las breves exequias de Carlos Fabián Nieto Rojas y William Gutiérrez Lombana, los dos médicos que fallecieron contagiados por covid-19 en unidades de cuidado intensivo de Bogotá. Son héroes, símbolo de grandeza y valentía.

Los doctores fallecieron el mismo día –sábado 11 de abril–y figuran como las primeras víctimas fatales que el covid-19 le cobra al personal médico de Colombia. Los lamentables decesos se produjeron en un momento en que se registran escenas de desconsideración por parte de indolentes contra el personal de sanidad. Al respecto, el país debe reflexionar. Es momento de apoyar como nunca a quienes están en la primera línea de batalla, jugándose la vida, en el empeño de auxiliar a los contagiados.

La primera noticia que el país conoció fue la del deceso del joven doctor Carlos Nieto, de 33 años. Era oriundo de Villavicencio, médico general con especialización en cuidados intensivos, y desde hace un año trabajaba como intensivista en esa área de la Clínica Colombia Colsanitas. El doctor Nieto dejó a su esposa y dos hijos pequeños, Nicolás de 1 año y Samanta de 3. 

“Él siempre estaba dispuesto a ayudar. Era una persona entregada a su profesión. Amaba su profesión”, recalcó su mamá, Sandra Rojas en entrevista con SEMANA. El doctor fue hospitalizado el 28 de marzo en la misma clínica donde trabajaba. Dos días después su condición se agravó y tuvo que recibir soporte de ventilación mecánica. El 1 de abril se estableció que estaba contagiado de coronavirus y estuvo diez días en la sala de crisis hasta el fatal desenlace.

La carroza fúnebre salió a través de un callejón de aplausos. Médicos, enfermeros y demás personal de la clínica despidieron al colega y amigo. El vehículo funerario –por disposición de las autoridades de sanidad– debe tener ciertas características de compartimentación, y en la cabina delantera solo puede ir el conductor. Una cinta, en la parte posterior y laterales de la carroza decía: “Aquí va un héroe. Dr. Carlos Fabián Nieto Rojas”.

Un poco más tarde, a las 7:30 de la noche, una escena similar se dio en la puerta del Hospital Militar donde falleció el doctor William Gutiérrez. El médico era coronel retirado y médico cirujano. Tenía 59 años, era cucuteño y tenía problemas de diabetes, algo que complicó su cuadro clínico tras ser diagnosticado como positivo para covid-19. El doctor Gutiérrez ejercía como coordinador de la unidad de cuidados intensivos del Policlínico del Olaya y como anestesiólogo en la UCI de la Clínica Los Nogales.

Aún no son claras en ningún caso las circunstancias en que los doctores resultaron contagiados. Pero en el gremio médico se considera de bulto que la explicación está en la alta exposición al virus por sus labores. Las exequias de ambos tuvieron lugar en Jardines de Paz, un camposanto ubicado al extremo norte de Bogotá. Y en ambos casos todo fue breve y estremecedoramente doloroso, con apenas un par de familiares. No es una excepción. Desde hace un mes prácticamente todos los cementerios del país cerraron sus puertas para el público y solo se puede tramitar un permiso que habilita el ingreso del féretro y un par de dolientes para realizar el entierro en corto tiempo.

Cuando se presentan decesos por coronavirus no se practican necropsias, el cuerpo debe ser aislado inmediatamente, evitando al máximo la manipulación. Está prohibido su traslado de una ciudad a otra y se debe optar por la cremación inmediata, no la inhumación. El cuerpo debe ser puesto en tres bolsas y depositado dentro del cajón el cual de inmediato es sellado. Ni siquiera está permitido que la familia vea a su ser querido fallecido. Son medidas duras en función de evitar el contagio.

Por todas esas razones, morir en los tiempos del coronavirus conlleva un desconsuelo adicional al del fallecimiento como tal. Implica morir en soledad. El deceso de una persona sin la posibilidad de estar rodeado de sus seres queridos aumenta el impacto psicológico de los deudos. “En algunos casos esto puede complicar el duelo. El estar cerca y al menos tener contacto visual con quien fallece es algo que ayuda al doliente a confrontar la realidad de la muerte y propicia el proceso de aceptación”, explica Dennys del Rocío García, experta en psicología clínica de Universidad Javeriana. 

La madre y el padre del doctor Nieto fueron transportados de Villavicencio a Bogotá en helicóptero. Al sepelio del doctor Gutiérrez acudió su hermano Salvador Gutiérrez y la esposa de este, Nely Cardozo. Nadie más fue autorizado. Ambos estuvieron a 15 metros del ataúd: un perímetro del cementerio estaba aislado con cinta amarilla y la inscripción “No pase”. Desde ese punto la prensa registró el ingreso a la sala de cremación. El cofre venía cubierto con la bandera de Colombia, y fue cargado por seis operadores que tenían traje de aislamiento completo, además de guantes y máscaras de máxima seguridad. 

El hermano y la cuñada del doctor Gutiérrez, también llevaban mascarilla y guantes. Y traje de luto. Segundos antes de que llegara el féretro Salvador le pidió a la prensa no grabar video “por respeto a este momento duro para nuestra familia”, dijo, al tiempo que admitió hacer fotografías a fin de que el país conozca este dolor y redoble los esfuerzos de prevención frente al coronavirus. Cuando el ataúd fue ingresado a la sala de cremación el hermano del médico lanzó una letanía a manera de despedida y sin fuerzas cayó de rodillas sobre el césped. Fue el desolado adiós final.