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| 11/23/2002 12:00:00 AM

Palos de ciego

Con la libertad del hermano de 'Andrés París' se vuelve a poner en evidencia que el país tiene graves problemas de inteligencia. ¿Se puede ganar así la guerra?

La decision de la justicia de dejar la semana pasada en libertad a Javier Enrique Carvajalino, hermano del líder guerrillero de las Farc 'Andrés París', puso nuevamente en evidencia las graves torpezas de la inteligencia colombiana.

Un fiscal especializado de Bogotá determinó que Carvajalino, quien laboraba como abogado en la Personería capitalina desde 1987, no tuvo nada que ver, como ya lo sospechaban muchos, con un supuesto atentado que se preparaba contra la Casa de Nariño. El entonces director del DAS, coronel Germán Jaramillo, había denunciado el 24 de julio que Carvajalino planeaba estrellar un avión Fokker contra el palacio presidencial el día de la posesión de Alvaro Uribe Vélez y con base en su información la Fiscalía ordenó arrestarlo.

El jueves, tras haber estado detenido por más de tres meses, Carvajalino volvió a su vida normal. Pero el daño en su honra estaba hecho.

Esta equivocación se suma a muchas otras y pone sobre el tapete la importancia de mejorar los servicios de inteligencia del país si Uribe quiere realmente inclinar la guerra a favor del Estado. Será una tarea larga porque son muchos los problemas.

La inteligencia, según la definen los expertos, es información procesada que le sirve al Presidente y a las Fuerzas Armadas para tomar decisiones, prevenir golpes de la guerrilla y de los paras y ubicar a los insurgentes para arrestarlos o atacar sus retaguardias.

En Colombia -según varios analistas consultados por SEMANA- hay problemas en las tres etapas del ciclo de inteligencia: en la captación de información, en su análisis y en la utilización de los datos.

Tanto el DAS, la Armada, la Fuerza Aérea y el Ejército como la Policía tienen sus propios agentes de inteligencia, que se infiltran en los grupos armados, pagan informantes o hacen seguimientos con base en los cuales elaboran informes confidenciales que envían a los analistas de las direcciones de inteligencia de cada fuerza.

Un detective del DAS, por ejemplo, envía a un analista en Bogotá un informe en el que reporta que las Farc movieron una cuadrilla de guerrilleros en Vistahermosa, Meta, para secuestrar a una persona.

El analista de Bogotá, cuyo 'blanco' -así le dicen en el argot de inteligencia a los objetivos de estudio- es el bloque oriental de las Farc, tiene que leer este informe y cruzar esa información con los recortes de prensa que le pasan todos los días, con los boletines diarios que le envían las otras agencias de inteligencia y con otras fuentes, si las tiene.

Con base en toda esta información el analista anticipa una acción más grande del bloque guerrillero o alimenta a la brigada del Ejército correspondiente para que planeen un operativo. Con toda la información que remiten los analistas, idealmente el D-2 del comando general de las Fuerzas Militares debería suministrarle inteligencia estratégica al Presidente: decirle dónde están los del secretariado de las Farc, cuánta plata tienen y cómo la mueven, qué están planeando y a qué obedece esa calma chicha.

Pero en la realidad los organismos de inteligencia no saben a ciencia cierta nada de lo anterior. "El aparato de inteligencia ni siquiera logró determinar en los tres años que duró la zona de distensión qué armamento estratégico tenían las Farc, dice un experto del sector. Cuando entraron al Caguán los militares no estaban seguros de que la guerrilla no tenía misiles para atacar los aviones".

La falla en ese caso es que no contaban con inteligencia humana, es decir, con ojos y oídos en la zona. Ese es el papel que el gobierno aspira que cumplan el millón de informantes. El problema, según los expertos, es que paralelamente el gobierno no ha creado una infraestructura de analistas para procesar esa cantidad de datos con la suficiente rapidez para que sirvan. "Una de las cosas más críticas en inteligencia es que la información caduca a una velocidad pasmosa, afirma Román D. Ortiz, experto español en seguridad. Entre que alguien denuncia a un tipo sospechoso y llega a la agencia capaz de actuar el sujeto pudo haber desaparecido".

Los agentes que recolectan la información carecen de una formación lo suficientemente rigurosa como para que sepan qué preguntarle al informante. Durante el proceso de paz, por ejemplo, un oficial de la División del Ejército en Villavicencio reportó que en la zona de distensión estaban circulando billetes iraquíes y que incluso con ellos se estaban comprando fincas. A la dirección nacional de inteligencia del Ejército le pareció esta información muy sospechosa por las conexiones terroristas en ese país y pidió mayor información. Un año después el militar sólo atinó a decir que se le había perdido el informante que había suministrado el dato.

La mayoría de analistas también presentan estas deficiencias en la formación. Aunque hay una escuela de inteligencia no existe una carrera en esa área. Los que hacen el curso de inteligencia luego son destinados a otras labores y no hay continuidad en los cargos. Es más, con contadas excepciones, los militares y civiles que llegan como directores de inteligencia no tienen trayectoria en esa área.

A esta deficiente formación de los analistas se suma el fuerte sesgo ideológico que por lo general tienen. "A veces ponen demasiado por encima de sus análisis el odio que le tienen a su enemigo, dice un funcionario civil que trabajó de cerca con ellos. Es un error, porque lo que sirve es que aprendan a pensar como el enemigo, no a odiarlo".

Es posible que el caso de Carvajalino haya sido producto de esto. También el análisis del caso del collar-bomba, consideran varios analistas, seguramente estuvo permeado por el rechazo que tenían los organismos de seguridad al proceso de paz con las Farc. Y ni hablar de los escándalos que ha habido en el pasado porque los servicios de inteligencia, en vez de dedicarse a investigar las actividades de los armados, escudriñan actividades de personas que no representan un riesgo para la seguridad nacional, como los periodistas, los sindicalistas, los miembros de las ONG y hasta funcionarios de organismos internacionales.

Por último, está el problema de la coordinación entre las distintas agencias de inteligencia. Si bien hay consenso en que no es saludable concentrar toda la información en una sola agencia, por los riesgos de que surja un Vladimiro Montesinos, sí hace falta una distribución de competencias entre las agencias para que en cambio de ocultarse información entre sí, como tienden a hacerlo hoy en día, se especialicen en áreas y no dupliquen esfuerzos. "Para eso basta que el Presidente le diga a cada agencia qué información es la que requiere de cada uno", afirma Laude Fernández, experto en inteligencia.

Pero más importante, quizá, que todo lo anterior, es que la dirigencia política, del presidente Uribe para abajo, entiendan que la inteligencia es fundamental en el manejo del conflicto. Que le definan una agenda precisa a los organismos de inteligencia y, sobre todo, que la tengan en cuenta para tomar decisiones más estratégicas y a largo plazo. Sólo así los éxitos serán más contundentes y se evitarán movidas poco inteligentes, como arrestar a personas como Carvajalino.

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