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A sangre fría

Por: José Monsalve

Como en la novela de Truman Capote, la historia del crimen de la mujer descuartizada en Ibagué, que tiene al coronel de la Policía de esa ciudad en la mira, es digna de una película de Hollywood. Crónica de una investigación criminal.

A las 8 de la mañana del pasado 9 de septiembre, José Elbert Parra conoció el horror. Cuando caminaba en inmediaciones de la hacienda San Isidro, en el kilómetro 5 de la vía Ibagué-Alvarado, en Tolima, el campesino encontró una bolsa negra abandonada en medio del pastizal. Se agachó para revisar el contenido y entonces lo vio de frente. Era la cabeza de un ser humano. Tenía cabello largo, la dentadura que se asomaba, los ojos desorbitados y el rostro irreconocible: totalmente lacerado con cortes verticales, horizontales y transversales. La cara era un dibujo tachado con violencia.

Tan pronto el campesino recuperó el aliento dio aviso del macabro hallazgo a las autoridades. A la zona llegó una comisión de investigadores de la Fiscalía de Ibagué. Acordonaron el sector, hicieron el levantamiento e iniciaron un barrido de varios kilómetros a la redonda. Así fue como dieron, esa misma mañana, con otra bolsa negra en la que había un brazo y una mano con los pulpejos de los dedos cortados. "Cuando detallamos que a la víctima le habían cortado las huellas dactilares para que no fuera identificada, entendimos el mensaje: nos están retando", dice uno de los investigadores del caso.

El director seccional de la Fiscalía, Germán Augusto Villegas, y el jefe del CTI de Ibagué, Juan Carlos Pinzón, también lo entendieron así. Ese mismo día crearon un grupo multidisciplinario con los más experimentados investigadores a su disposición y dieron las primeras instrucciones.

A un grupo de la Policía judicial se le ordenó ampliar el radio de búsqueda para dar con todas las partes desmembradas en el menor tiempo posible. Los investigadores en terreno ubicaron todos los restos de la víctima en cuatro días. En total localizaron seis bolsas negras con las extremidades y una con las prendas, en un radio de 20 kilómetros.

Hallaron el tórax bastante descompuesto, con los senos cercenados y sin las costillas tres y cuatro del costado izquierdo, dos piezas claves, pues los médicos forenses toman de ahí la muestra pura de ADN para identificar a la víctima. No había duda de que el asesino sabía lo que hacía y que trató de evitar a toda costa que se estableciera la identidad de su víctima. Los medios locales empezaban a hablar del crimen más salvaje y sofisticado que se haya conocido en Tolima.

El rostro
Entre tanto, en los laboratorios de criminalística de Ibagué, varios expertos forenses hacían un trabajo de arquitectura milimétrica con la cabeza hallada. Tras un peritaje meticuloso concluyeron que la víctima había sufrido 58 cortes con bisturí en la cara para evitar que la identificaran.

Con un pegante especial soldaron milímetro a milímetro cada uno de esos cortes. Tardaron 10 días. Luego, maquillaron delicadamente el rostro y lo retrataron. Llevaron la imagen a un computador con un software especial que les permitió retocar detalles como lunares y líneas de expresión. Al final obtuvieron una imagen similar a lo que habría sido el rostro de la víctima. Ahora contaban con una carta valiosa para lograr su identificación. Hicieron, además, una reconstrucción similar a los pulpejos cercenados, y así recuperaron varias huellas.

Con el análisis de las extremidades en conjunto, las prendas y los diversos reportes técnicos y científicos, el grupo de investigadores (detectives, médicos forenses, lofoscopistas, morfólogos) obtuvo otras importantes conclusiones sobre la escena del crimen. La víctima era una mujer trigueña, joven, con una estatura de 1,55 a 1,65 metros y un peso aproximado de 60 kilos. Su muerte ocurrió 12 horas antes del hallazgo de la cabeza decapitada, es decir, el 8 de septiembre entre las 7 y las 8 de la noche. Varios moretones en los brazos desmembrados indicaban un posible forcejeo minutos antes de consumarse el crimen.

La mujer fue golpeada cuatro veces consecutivas en la parte posterior del cráneo con un objeto romo "el cual impacta la cabeza en reposo", según puntualiza el análisis forense. Con la víctima inconsciente "y aún con vida" el criminal procedió a cortarle con un bisturí los dedos de las manos y la cara. Los investigadores calculan que la mujer murió por el shock cráneoencefálico, cuando el asesino le estaba cortando el octavo dedo. Luego de esto, el criminal la descuartizó con cortes precisos en el nivel de las articulaciones.

Pero también lograron un perfil preliminar del asesino. Un acto de estas características sólo pudo haber sido cometido por un victimario de contextura robusta, musculatura de varón adulto y con un carácter de pulsaciones violentas. Diestro. Alguien que tenía una relación directa con la víctima y que además contó con un vehículo cubierto en el que transportó hasta las afueras de Ibagué el cadáver despedazado sin llamar la atención.

Pero todos estos elementos de poco o nada servirían si no se lograba establecer quién era la víctima. Sin resolver esa incógnita era prácticamente imposible avanzar.

Los investigadores lo sabían mejor que nadie y por eso hicieron un gran esfuerzo para lograr reconstruir el rostro. Corrieron con suerte de haber hallado la cabeza pronto. Si esta hubiese llegado al laboratorio 36 horas después del crimen, la reconstrucción facial habría sido imposible por la avanzada descomposición de los tejidos.

Con la imagen de la reconstrucción facial los investigadores iniciaron otro barrido, ahora del Sistema de Información en Red de desaparecidos y cadáveres. El Sirdec es una moderna plataforma tecnológica en el que está unificada la información de miles de casos de N. N. y desaparecidos de todo el país. El sistema es alimentado por Medicina Legal y funcionarios de la Policía judicial autorizados para subir allí toda la información que reciben cuando alguien denuncia la desaparición de una persona.

Por sentido común analizaron primero los casos de la capital de Tolima. No había ninguno que concordara. Decidieron abrir el abanico a todo el departamento. Tampoco encontraron nada. Procedieron entonces a revisar los casos de desaparecidos en el resto del país y hallaron varios cotejos inquietantes. Pero uno en particular que había sido denunciado en Cartagena. Jalaron esa pista y tras varios días de verificaciones, establecieron que el cuerpo descuartizado correspondía a Érika Cecilia Yeneris Gutiérrez, de 32 años, reportada por su madre como desaparecida en Ibagué.

Esposa de un oficial
La sorpresa de los investigadores fue mayor cuando ingresaron el nombre de la víctima en bases de datos de entidades del Estado. Érika aparecía como esposa del coronel de la Policía Joaquín Enrique Aldana, comandante operativo de Tolima, quien no había denunciado la desaparición. Estaban casados hacía 12 años y tenían dos hijas menores. Las sorpresas apenas comenzaban.

El puntillazo más desconcertante se dio cuando la Fiscalía citó al coronel para notificarle que el cuerpo hallado un par de semanas atrás era el de su esposa. Ni se inmutó. Con absoluta frialdad escuchó la información, luego simplemente salió de la Fiscalía y fue directamente a la comandancia en donde tramitó vacaciones urgentes. Dijo que necesitaba solucionar un problema que había surgido con su esposa.

El desconcierto de los investigadores por la actitud del coronel era algo que la familia de Érika venía percibiendo desde semanas atrás. El 6 de septiembre fue la última vez que Érika se comunicó con su madre, Enit Gutiérrez, en Cartagena, donde ésta vive. Érika la llamó desde Ibagué para contarle que le había enviado una encomienda. Acostumbraban a hablar regularmente, por lo menos día de por medio. El 10 de septiembre, cuando Enit recibió la encomienda, se preocupó porque desde que su hija la despachó no habían vuelto a hablar.

Enit empezó a llamar con insistencia a su hija, pero su celular estaba apagado. Marcó a la casa una y otra vez hasta que en una oportunidad le contestó la empleada del servicio, quien le dijo que no habían visto a Érika en los últimos días. Angustiada y con una mala corazonada, Enit llamó a su yerno para que le explicara qué pasaba. Éste, lejos de compartir la angustia, le dijo que Érika estaba de viaje en Medellín. Luego, que se había ido a trabajar a Costa Rica. Y en la última conversación el coronel le dijo que no haría nada, que Érika ya aparecería y que si querían buscarla, que lo hicieron ellos "que son la familia". Luego, simplemente no volvió a contestar.

Enit y varios de sus hijos, hermanos de Érika, iniciaron la búsqueda. Pusieron a circular un anuncio en Internet e instauraron la denuncia formal por desaparición. El DAS les confirmó que Érika no había salido del país como decía el coronel. Llevaban un par de semanas de angustia, sin ninguna noticia, cuando el grupo de investigadores de Ibagué los contactó. Al siguiente día, en esa sede de Medicina Legal, Enit reconoció las prendas de su hija. "Todo es muy extraño, el coronel Aldana no nos habla ni da ningún tipo de explicación. No fue al entierro y no nos deja ver a las niñas. Mi mamá está desconcertada y sólo clamamos justicia", le dijo a SEMANA Sander Yeneris, hermano de Érika.

Mientras la familia de Érika se ocupaba del entierro, los investigadores seguían trabajando para tratar de determinar el autor del brutal homicidio. Se plantearon una decena de hipótesis de autores de toda naturaleza. Desde un sicópata que pasó por Ibagué, la posibilidad de una retaliación de enemigos del coronel, estructuras mafiosas, un amante asesino, un montaje para culpar a Aldana y, por supuesto, la tesis de que el autor fuese el propio oficial. Justamente por esta consideración se invitó a varios agentes de la Dijín de la Policía para que participaran de la investigación como garantía de transparencia.

Con el grupo de investigación fortalecido se avanzó rápidamente y cada paso permitió ir eliminando una a una las distintas hipótesis, mientras se consolidaba la que señalaba al coronel Aldana como el posible asesino. Actualmente se han recaudado centenares de pruebas, muchas de las cuales apuntan al oficial.

Su abogado defensor ha insistido en que se trata de un montaje orquestado por poderosos enemigos que quieren acabar con la carrera del oficial. "El coronel Aldana es inocente, él amaba a su esposa", asegura. La controversia deberá ser dirimida por el juez que analice la totalidad del expediente. Dentro de este quizá el punto más interesante y determinante es qué ocurrió la noche del 8 de septiembre, cuando se cometió el atroz crimen. Hay dos versiones enfrentadas, una básicamente testimonial y la otra soportada en decenas de datos espeluznantes.

El coronel ha declarado sin mucho detalle que ese día permaneció en su casa recuperándose de una intervención médica. La residencia es una cómoda casa de tres niveles ubicada en el norte de Ibagué en donde vivía la pareja con sus dos hijas, visitados diariamente por una empleada que se ocupaba de los oficios desde la mañana hasta el comienzo de la tarde, cuando se iba. Aldana sostiene que a las 5 de la tarde su esposa Érika tomó un taxi y que no volvió a verla. La ausencia no le sorprendió porque mantenían una relación distante. Dice que ella viajaba constantemente. De esa forma explica por qué no hizo ningún denuncio ni encendió las alarmas. Según él, luego simplemente le provocó mudarse de casa y se fue con las niñas a vivir con su madre. Aldana es oriundo de Ibagué. Allí viven varios de sus hermanos, uno de ellos es juez y otro fiscal. Su padre fue un magistrado respetado y en general su familia es reconocida como una de las más prestantes de Tolima.

Para los investigadores lo que ocurrió el día del crimen es muy distinto y lo que creen que pasó es compatible con el perfil de Aldana. Recabando información en los departamentos por donde había pasado Aldana lograron determinar las características de su personalidad. Se trata de un hombre con un carácter bipolar: afable y caballeroso en los espacios sociales, y brusco en los entornos privados y laborales. En su currículo de ascenso en la Policía hay llamados de atención por quejas de mujeres que dijeron haber sido maltratadas por él. Es soberbio y desconfiado al extremo. Y experto en criminalística.

Los investigadores corroboraron que, efectivamente, Aldana estaba en su casa con su esposa y sus hijas el día del crimen. Sin embargo, no se pudo verificar que ella tomó un taxi. Érika, como esposa del oficial, contaba con escolta y chofer para sus desplazamientos. La inconsistencia los llevó a hacer una inspección en la casa. El inmueble estaba en arriendo luego de que Aldana se mudó. Esa circunstancia les permitió a los investigadores practicar varias pruebas reveladoras.

Los hallazgos
En el sótano, donde la familia tenía un estudio con el computador y la conexión a Internet, encontraron algunos rastros de fluidos humanos en las paredes. Con reactivos y luces forenses lograron determinar que las paredes, pintadas recientemente, ocultaban manchas de sangre lavadas. Localizaron a los obreros que pintaron la casa y estos contaron que Aldana les recomendó aplicar varias capas de pintura en determinadas partes. Establecieron así una ruta desde el estudio hasta un baño, allí rompieron el piso e introdujeron elementos en los recodos de los conductos de agua. Tomaron muestras que enviaron a laboratorios y obtuvieron respuestas positivas suficientes para documentar la ocurrencia de un hecho violento reciente allí.

Por otra parte, el grupo de investigación incautó varios computadores y dispositivos electrónicos en poder de Aldana. Analizaron uno por uno cientos de archivos. Ahí también hubo sorpresas. Hallaron un programa espía con el que el coronel vigilaba las comunicaciones que su esposa mantenía a través de Internet. Quedó claro que Érika tenía una relación íntima con un hombre de negocios que vive en Costa Rica. Hay múltiples 'chats' e incluso videos que lo confirman. Y el propio amante lo admitió más adelante. Los investigadores lo vincularon a la investigación y lo localizaron en el exterior. Este vino al país y pudo demostrar que el día del crimen no estaba en Colombia. Los forenses informáticos también encontraron comunicaciones que revelan infidelidad por parte de Aldana con una amante, y una de sus obsesiones en la web: observar sexo entre hombres.

Todas estas prueba técnicas -en poder del juez de garantías que ordenó la captura del coronel- le permiten plantear a la Fiscalía que Joaquín Enrique Aldana asesinó a su esposa Érika. El episodio violento se habría desencadenado en el sótano de su casa, posiblemente cuando quedó en evidencia la infidelidad de alguno comenzando la noche del 8 de septiembre. Allí, Érika recibió los cuatro contundentes golpes en la cabeza. El agresor la manipuló usando guantes para no dejar huellas. La llevó al baño en estado de inconsciencia y cuando le estaba cortando los pulpejos, Érika murió. Luego el asesino la descuartizó en la ducha y le extrajo dos costillas. Esperó a que los miembros se desangraran y cauterizó los cortes con agua oxigenada para evitar que la sangre goteara al transportarlos. Embaló el cuerpo en siete bolsas negras, una de las cuales contenía las prendas que Érika usaba esa noche. Toda la dantesca escena ocurría mientras en los cuartos de arriba dormían las dos hijitas de la pareja, de 6 y 11 años, posiblemente dopadas.

Un carro Renault Logan de color plateado, que se encuentra en cadena de custodia es, para los investigadores, el vehículo en el que se transportó el cadáver hasta las afueras de Ibagué. A pesar de que el vehículo, cuyo propietario es Aldana, estaba "más pulcro que cuando salió del concesionario", los forenses lo inspeccionaron de cabo a rabo y encontraron en el baúl pistas concordantes con el crimen. Otros elementos hallados en un lote que da detrás de la casa donde se habría cometido el crimen sugieren que al regresar, Aldana limpió las paredes. Y a los pocos días se mudó sin que el contrato de arrendamiento del inmueble se venciera.

A todo ello se suma que desde el 26 de noviembre, cuando se le libró orden de captura, el coronel es prófugo de la justicia. Su defensa ha dicho que permanecerá como reo ausente hasta tanto se den las garantías para juzgarlo imparcialmente y se le garantice su integridad personal. Para ello exigen la veeduría de organismos internacionales. La Policía respondió ofreciendo una recompensa de 100 millones de pesos para quien aporte información que conduzca a su captura.

Al cierre de esta edición Aldana permanecía prófugo. Aunque ya se tramitó la parte más dispendiosa del proceso, aún faltan varias etapas antes de ir a juicio. Cuando llegue ese momento, el juez al que le corresponda el proceso dirá la última palabra. En caso de que a Aldana se le halle culpable, el coronel enfrentará una pena cercana a los 40 años de cárcel como responsable de un crimen cometido a sangre fría.