Bastaría que las sobrecogedoras imágenes de la invasión a Ucrania, que por estos días vemos en la televisión, fueran presentadas en blanco y negro para que tuviéramos la impresión de que son viejas películas de la Segunda Guerra Mundial. No es así, por desgracia. El orden planetario que en 1945 emergió de las ruinas de Europa y Japón está afrontando una amenaza estructural.
La dinámica de los acontecimientos que ocurrieron al comienzo de aquella conflagración es muy semejante a la actual. Alemania, que había anexado a Austria desde marzo de 1938, planteó una reivindicación semejante con relación a la región de los Sudetes en Checoeslovaquia. Adujo que esas incorporaciones eran necesarias para proteger la mayoría de sus habitantes que eran de lengua germánica; el dato era cierto, la pretensión inadmisible. Con el fin de aplacar a Hitler, Italia, Reino Unido y Francia accedieron a la mutilación checoeslovaca, sin que el gobierno de ese país ni siquiera fuera escuchado. De nada sirvió la convalidación de semejante abuso. Meses después Alemania invadió todo el país, y, en 1939, a Polonia, agresión que dio comienzo a esa guerra horripilante.
El conato de subordinar a Ucrania cuenta con varios antecedentes que le permitieron a Putin pensar que podía proceder sin temor a represalias graves. Chechenia, de mayoría musulmana, una de las pocas repúblicas soviéticas que no quiso unirse a la Federación Rusa, fue aplastada en 1999 con la fuerza de las armas. Aprovechando la debilidad de Ucrania como consecuencia de factores políticos internos, Rusia se tomó, en 2014, Crimea con el respaldo de una parte de la población. Georgia y Bielorrusia, países vecinos de Ucrania, son aliados de Moscú. El primero, doblegado por medios militares; el segundo, por las buenas.
Aunque con momentos de tensión -tales como la crisis de los misiles en Cuba en 1962 y la expansión de la Otan después de la era soviética- la teoría del patio trasero de cada uno, en el que el otro no se entromete, ha sido una constante en las relaciones de la posguerra entre Estados Unidos y Rusia. Ese modelo ha entrado, de nuevo, en crisis. “Si ustedes se meten con Ucrania, nosotros podríamos hacer lo mismo con Colombia”, podría ser el mensaje implícito.
Al margen de las semejanzas de personalidad, que son evidentes, entre Hitler y Putin, a este como aquel lo caracteriza una convicción profunda: que todos los pueblos que compartan raza, lengua y cultura deben formar parte de un único Estado. Por eso su capacidad de maniobra es tan reducido; en búsqueda de ese ideal nacionalista ha estado dispuesto a pagar un precio elevado. Es, como el dirigente nazi, un gobernante dotado de poderes absolutos: habiendo llegado al poder por medios electorales, vació de contenido las instituciones democráticas para mantenerse en el poder de manera indefinida e ilimitada, igual que los zares y los dirigentes de la era comunista. Al comenzar la guerra en 1939, Alemania, Italia y Japón integraban una alianza de países totalitarios. Han cambiado los actores, pero su perfil es el mismo. Rusia y China no son democracias; Turquía y la India están perdiendo sus credenciales. Las tendencias autoritarias de Amlo y Bolsonaro son evidentes. El futuro de Estados Unidos, cuna de la democracia moderna, suscita preocupaciones. (De Colombia, por hoy, no hablemos).
Las diferencias entre aquella época y la actual son también notables. Estados Unidos era la única potencia nuclear; pudo usar esa tecnología para avasallar a Japón sin tener que afrontar una réplica semejante. No existía un foro universal -Naciones Unidas- el cual, a pesar de sus limitaciones, permite a los países dialogar incluso en medio de la tormenta. En un mundo globalizado como el de hoy la imposición de sanciones económicas contra Estados, funcionarios, empresas e individuos, puede ser más eficiente que cualquier acción armada. Sin disparar un tiro, los ataques cibernéticos son idóneos para paralizar los sistemas financieros, fiscales y de gestión de la energía a miles de kilómetros de distancia. China es hoy una potencia capaz de ejercer un importante papel como mediador en el conflicto ucraniano. Contamos en la actualidad con una institución -la Corte Penal Internacional- dotada de competencia para juzgar los crímenes de guerra al margen de las jurisdicciones penales nacionales.
Con motivo de la disolución de la Unión Soviética, en los actos constitutivos de la Federación Rusa la soberanía de Ucrania quedó establecida mediante instrumentos jurídicos vinculantes. Esa condición fue ratificada en 1994 en el memorando de Budapest que garantizaba a Ucrania la integridad de su territorio a cambio de la entrega a la naciente federación de su arsenal nuclear. No hay duda, entonces, de que Rusia ha agredido a un país soberano sin que medie provocación alguna.
Sin embargo, de allí no se desprende que baste reprochar a Rusia su conducta para que la guerra concluya. Ojalá. Como los costos en términos humanos y militares son enormes para todos los actores directos, y los económicos para el mundo en su conjunto, podría ser que se abra el espacio para una solución negociada. Sus puntos de partida tendrían que ser el reconocimiento de la soberanía de Ucrania, así esta tenga que dar garantías adicionales a las minorías rusoparlantes que habitan su territorio. Estados Unidos y la Unión Europea tendrían que comprometerse a que la Otan no recibirá nuevos miembros. Rusia procuraría consolidar los privilegios necesarios para su acceso al mar Negro, y, por esa vía, hacia aguas abiertas internacionales. A cambio, reversaría su reconocimiento como Estados independientes a las regiones ucranianas que así lo pretenden.
Briznas poéticas. De la gran poetisa rumana Ana Blandiana: El mar lucha consigo mismo, / se abalanza, se estrella contra la costa. / Rompe y se da la vuelta. / Se golpea a sí mismo y se deshace. / ¿Qué se está reprochando? / ¿qué grita? / ¿Qué espuma echa por la boca?
