opinión

JORGE HUMBERTO BOTERO
Jorge Humberto Botero, columnista - Foto: Guillermo Torres

Dice Aristóteles

Cerrado el ciclo electoral, viene otro: la configuración del gobierno y la oposición.


Por: Jorge Humberto Botero

El radicalismo que caracteriza al presidente electo se modula por efecto de dos factores poderosos: carece, en el punto de partida, de mayorías parlamentarias; el resultado de las urnas revela un país dividido por mitades. De allí la moderación de su discurso, que se dio de manera gradual a lo largo de la campaña, y se ratificó, con palabras que sonaron sinceras, en su discurso del día de elecciones. Su invitación a un pacto nacional con sus adversarios, vale decir, es loable y cuenta con dos precedentes importantes: el Frente Nacional que, en 1957, nos permitió superar una sangrienta guerra civil, y la convocatoria de la Asamblea Constituyente de 1991, facilitada por la incorporación a la vida civil de la guerrilla M-19, en la que Petro militó.

El pacto nacional seguramente será acotado a lo esencial: respetar la Constitución y no intentar reformarla por medios diferentes a los que ella misma contempla. Este compromiso básico implica renunciar a cualquier anhelo de reelección, convocar una constituyente para instaurar un modelo socialista tipo Cuba o Venezuela, u obtener acceso ilimitado a los recursos de emisión monetaria. Esto solo sería un gran aporte para comenzar a reducir la desconfianza que varias de sus propuestas generan.

Quizás haya otros temas que serían bienvenidos, pero que son difíciles de acordar: una nueva política antidrogas; otra ambiental fundamentada en el cumplimiento estricto de los compromisos en cuanto a la transición energética, pero sin pretender anticipar sus cronogramas, y la designación de una comisión plural de alto nivel para proponer reformas institucionales indispensables. Por ejemplo, sobre la elección y el funcionamiento del Congreso, y sobre la mejora sustancial de los órganos de control.

Además de ese pacto de convivencia democrática, probablemente habrá otro en torno a la gobernabilidad, el cual buscaría, en primer lugar, consolidar el apoyo de los partidos a las ambiciosas reformas que Petro ha planteado. Y, en segundo, definir las condiciones para que esos aliados participen en el gobierno; lo cual es por completo normal y puede hacerse sin que haya corrupción. No serán ejercicios fáciles, en algunos casos porque sus iniciativas ponen en riesgo la estabilidad económica, según los sectores que perdieron las elecciones, pero que son indispensables en el sentir del Pacto Histórico.

Preocupa la visión que el nuevo gobierno pueda tener con relación a las políticas para corregir la desigualdad, que ciertamente es elevada, aunque en modo alguno debe propenderse por la igualdad absoluta -que todos tengamos lo mismo-, propósito que no es ni posible ni deseable. Todos queremos que no haya pobres; sin embargo, eliminar a los ricos, como lo hizo la Unión Soviética, no redujo la pobreza: la incrementó. No puede ignorarse que el crecimiento económico es un elemento fundamental para sacar a la gente de la pobreza, que es la principal fuente de desigualdad.

También inquieta que para afrontar la elevada inflación que padecemos (del orden del 8 % anual) se caiga en la tentación de establecer controles de precios, tal como lo han hecho Argentina y Venezuela con resultados catastróficos. Seguir esos malos precedentes daría un golpe enorme al proceso de reactivación de la economía que estamos experimentando. Otros son los caminos: mantener los subsidios a los sectores pobres de la población mientras cede la calentura. Y dejar que el Banco de la República cumpla su cometido fundamental de controlar la dinámica de los precios.

No serán estos ejercicios fáciles. El Pacto Histórico no es un mero rótulo electoral para promover la candidatura de Petro. Concurren en su interior fuerzas diferentes, entre ellas la que se aglutina alrededor de Francia Márquez. Situada a la izquierda del Presidente, y respaldada por un caudal electoral importante, será una piedra en el zapato. Podrá suceder lo mismo que ha sucedido varias veces desde los albores de la República. Recordemos que Bolívar y Santander, nuestros primeros presidente y vicepresidente, se profesaban una honda antipatía.

Notable que Petro asigne especial importancia a la participación de Álvaro Uribe en las conversaciones que vienen. Piensa, con buen criterio, que es su legítimo interlocutor, tal como lo fueron, a mediados del siglo pasado, Laureano Gómez y Alberto Lleras para negociar la paz y poner fin a la dictadura de Rojas Pinilla. A pesar del deterioro de su popularidad y del fracaso de su candidato en las urnas, mucho puede aportar al país en estas complejas circunstancias. Ojalá el intento funcione.

César Gaviria es otro actor importante. Tiene un legado que cuidar: la propia Constitución y el paquete de reformas que adelantó durante su gobierno. Controla, con algunas dificultades, la bancada liberal en el Congreso, de la cual depende que Petro tenga las mayorías para lograr la aprobación de sus iniciativas. Hasta ahora ha dicho que no será oposición: esto no significa que necesariamente el liberalismo será parte de la bancada del gobierno. Podría declararse independiente para acordar, caso por caso, qué proyectos respalda y bajo qué condiciones. Germán Vargas tiene un peso político importante y, al igual que su abuelo, el expresidente Carlos Lleras, tiene un riguroso conocimiento de los problemas nacionales. Sería un interlocutor muy valioso en esas conversaciones.

Haría bien el presidente Petro acogiendo esta recomendación de Aristóteles: buscar el término medio cuando deba adoptar medidas que, generando beneficios, tengan efectos colaterales dañinos. En su Ética a Nicómaco escribe el discípulo de Platón: “... hemos de observar que está en la naturaleza de las cosas el destruirse por defecto o por exceso, como lo observamos en el caso de la robustez y la salud…; así el exceso y la falta de ejercicio destruyen la robustez; igualmente, cuando comemos o bebemos en exceso, o insuficientemente, dañamos la salud”. Del mismo modo -añado- acontece en todas las tareas de la vida, incluida la muy intrincada de gobernar.

Briznas poéticas. Escribe el poeta Horacio en el siglo I a. C: “No pretendas saber, pues no está permitido, / el fin que a ti y a mí, /…nos tienen asignados los dioses. / … No seas loca, filtra tus vinos / y adapta al breve espacio de tu vida / una esperanza larga. /… Vive el día de hoy. Captúralo. / No te fíes del incierto mañana”.