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"Cuatro siglos después, en nuestras conversaciones públicas y privadas, y en nuestros textos literarios, seguimos sin hablar de la menstruación": Carolina Sanín.
"Cuatro siglos después, en nuestras conversaciones públicas y privadas, y en nuestros textos literarios, seguimos sin hablar de la menstruación": Carolina Sanín. - Foto:

El encantamiento: Carolina Sanín sobre la menstruación

“No podía seguir sin hablar de mis objeciones a ciertas feministas que, actuando con buenos motivos contra la estigmatización del condicionamiento físico de la mujer, han optado por decir que la variación del animo de las mujeres durante la menstruación es un mito machista”.

Por: Revista Arcadia

Este artículo forma parte de la edición 165 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

En el centro de la Mancha, en el centro de la segunda parte del Quijote, está la cueva de Montesinos, que es el vientre de la caballería y de la magia, el núcleo del amor y el fondo de la consciencia. Allá baja don Quijote, atado por una soga (que remite al cordón umbilical), y allá, sustraído al tiempo sublunar y junto a la raíz de los tiempos, tiene un sueño que es vigilia y ficción y realidad, y en el que encuentra el deseo de su corazón: descubre que lo esperan unos personajes encantados para que dé noticia de ellos y a lo mejor los desencante y sea, en haciéndolo, quien él quiere y puede ser. Entre los encantados está el caballero Durandarte, sin corazón y vivo en la muerte, que solo puede suspirar y repetir inmóvil un manojo de líneas, y está la dama Belerma, su amada, que carga entre las manos el corazón seco y lastimado de su amante. Parte del encantamiento consiste en que hace mucho tiempo –“muchos meses y aun años”– que Belerma no tiene la menstruación. Cuatro siglos después, en nuestras conversaciones públicas y privadas, y en nuestros textos literarios, seguimos sin hablar de la menstruación, aunque Miguel de Cervantes, la mejor versión de nosotros, la mencionó en el útero de la tierra, de nuestra literatura y de su libro –que él, por demás, llenó de mujeres libres e independientes, de personajes que se convertían a otros modos de vida y a otros caminos, y de todo tipo de tránsitos y travestimientos–.

Yo había menstruado durante más de diez años antes de darme cuenta de que la profunda, avasalladora desazón (ahora pienso que sería mejor llamarla desacompasamiento) que sufría de vez en cuando –y que me constituía, como me constituían también otros estados de ánimo y otras disposiciones– tenía lugar en el día veinte o veintiuno de mi ciclo menstrual (aún ahora, al escribir por primera vez la frase “mi ciclo menstrual”, me sobrecoge el pudor; me siento a la vez obscena y cursi). Con los años, la desazón periódica se hizo más profunda. Durante unos días se me perdían las cosas, limpiaba la casa compulsivamente, tenía un gran apetito sexual, no paraba de comer, me salían llagas en la lengua, se me olvidaba cómo hablar en otra lengua que no fuera la materna, estaba triste y furiosa, me dolía todo el cuerpo, sufría de pesadillas vívidas que a veces me proponían respuestas, tenía más arrojo y menos elocuencia que en otros momentos y, al tiempo que me sentía presa del volumen del mundo, tenía la impresión de ser la excluida espectadora y víctima de su teatro de crueldades. En esos días yo adquiría un carácter que era medeico en la superficie y quizás era meditativo en el fondo (recientemente he aprendido, por Pascal Quignard, sobre las implicaciones del parentesco entre las dos palabras). Sentía una gran necesidad de destrucción y tenía un gran poder de destrucción. Podía ver, antes que la imagen de las cosas y los seres, la sombra de las cosas y los seres. Me apremiaba la urgencia de la separación, conocía la desesperación y me abocaba a la tragedia. Veía con garras en los ojos.

A la disforia seguía la euforia. En el primer día de la expulsión de la sangre mensual, los colores apagaban las sombras. Necesitaba escuchar música. Me estremecía de dicha el brillo de los objetos del tiempo. Según el día del ciclo hormonal, he criticado o celebrado. Según la luna, he escrito sobre cosas distintas y de modos distintos. En la alternancia entre unos momentos y otros, de vuelta en vuelta, he construido y he destruido, he sido varias, y varias han estado bien.

Hablé de esto por primera vez en público el otro día, cuando participé en un episodio del podcast feminista Womansplaining, de la escritora Gloria Susana Esquivel. Grabábamos en vivo en la comuna 13 de Medellín y, quizá por estar en un lugar cuyo nombre hacía eco de los de Medea, la medicina y la meditación, me pareció que no podía seguir sin hablar de la menstruación; de mis objeciones a ciertas feministas que, actuando con buenos motivos contra la estigmatización del condicionamiento físico de la mujer, han optado por decir que la variación del ánimo de las mujeres durante la menstruación es un mito machista.

Hay mujeres que dicen que no experimentan ninguna transformación durante el mes femenino: sea. Otras muchas, en cambio, sí la experimentamos. Y yo creo que en la exploración de esa transformación (que me hace recordar “la infinita variedad”, frase con la que Shakespeare describe a Cleopatra) hay un saber necesario para que las mujeres y los hombres entendamos y atendamos el mundo y a nosotros mismos.

Tengo amigas que han pasado toda su juventud sin menstruar, impedidas por la píldora anticonceptiva (ese invento que, con exacta ironía, ha dado cierta libertad a las mujeres contra el precio de que ellas no conozcan la sangre de su matriz salvo en el cuerpo de su hijo). Conozco también a mujeres que sienten asco por su flujo menstrual. No han respirado su olor animal, metálico y postrero, ni se han quedado mirando su pez de tinta oscura, que nada por un instante mientras se deslíe en el agua clara. No han visto el espectáculo angustiante del pene que se retira ensangrentado de la vagina en el amor. No han contemplado el portento de sangrar profusamente sin herida y sin morir. No han sido conscientes de que conocen otro calendario, distinto del calendario del sol, acompasado no solo con la luna, sino con el fondo de la tierra, que es donde están los muertos, la necesidad y las raíces.

Tengo dos propuestas para que consideremos a través de ellas el poder femenino de la menstruación. Una: meditar sobre el significado de que Medea, adoradora de la lunar Hécate, haya sido transportada hacia la libertad por el carro de su abuelo el sol, después de haber mediado y remediado, y de haber amado tanto y cometido tantas impiedades. La otra: imaginar cómo entraríamos con mi señor don Quijote por aquella grieta en medio de la Mancha, para desencantar a Belerma desmenstruada y eximirla de tener que cargar en eterna procesión el corazón “de carne momia” del pobre caballero Durandarte.

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