Con la llegada de la candidatura presidencial de Alejandro Gaviria, el abanico de los candidatos de la izquierda de Juan Manuel Santos quedó listo. Como buen estratega, Santos sabe que le tiene que prender una vela a varios “santos” que le garanticen tener una bocanada de oxígeno entre 2022 y 2026, ya que el síndrome de abstinencia de mermelada ha sido extenso (aunque han podido contar con la mano amiga de la Alcaldía de Bogotá).
El gran sacrificado del abanico será Sergio Fajardo, quien fue utilizado como ‘gregario’, término en el mundo del ciclismo que denota al corredor que sacrifica su esfuerzo en aras del beneficio de otro. En este caso, a Fajardo lo pusieron a correr a ver qué tanto avanzaba, y una vez medidas las fuerzas le llegó la hora de emprender la retirada, y la estocada final llegó con la acusación de la Fiscalía ante la Corte Suprema de Justicia por cuenta de presuntas irregularidades en una contratación, justo el mismo día que Gaviria anunció su candidatura. ¿Qué pensará Ángela María Holguín?
Otras aspiraciones de los precandidatos de la Coalición de la Esperanza que se verán afectadas son la de Juan Manuel Galán y la de Jorge Enrique Robledo, que también sirvieron para plantar las semillas de la narrativa que Alejandro Gaviria cosechará como, por ejemplo, que “Colombia tiene futuro”, “Es la hora del cambio”, “Juntos podemos” y, por supuesto, el trillado “Hay esperanza”.
Todo el país sabía que Gaviria sería candidato presidencial. Por eso es curioso que la Universidad de los Andes haya permitido que la magnánima posición de rector fuera utilizada como plataforma política. Las universidades deben ser centros de conocimiento y no el semillero de ideologías políticas y mucho menos del ‘santismo’. No se vale usar a la academia como escampadero para madurar estrategias electorales y conseguir votantes.
Sin lugar a dudas, Gaviria es el candidato perfecto para el establishment. Nació, se crio, educó, creció y se reprodujo en el establecimiento. Es el político perfecto disfrazado de semitecnócrata, que le sirve a la clase política, a los politiqueros santistas y al electorado de la centroizquierda. Se venderá como la opción que promete cambiar todo para, en efecto, no cambiar nada.
Fue el ministro de Salud de Juan Manuel Santos durante sus dos Gobiernos, en los que logró ganar la batalla para regular el precio de los medicamentos. Pero aún tiene muchas explicaciones pendientes por cuenta de Saludcoop y de la creación de Medimás. Y ni qué decir de su oposición para utilizar el glifosato y su efecto en el crecimiento desmedido de las hectáreas cultivadas durante el Gobierno de Santos y el proceso de La Habana con las Farc.
La estrategia de Gaviria fue hacerse de rogar. En repetidas oportunidades, negó que sería candidato presidencial, por eso, su anuncio no causó sorpresa, pero en la opinión pública generó desconcierto. La gente se preguntó al mejor estilo de la Chimoltrufia de El chavo del ocho: “¿Para qué te digo que no, si sí?”.
Si Sergio Fajardo le tenía susto a la llegada de Gaviria, Gustavo Petro tenía pavor. No en vano, por eso lo buscó, pero se encontró con una puerta cerrada. Eso explica que las bodegas petristas hayan enfilado sus cañones para, sin piedad, señalar a Gaviria como un neoliberal supuestamente cercano al uribismo.
César Gaviria lo buscó también y en algún momento se pensó que su candidatura sería por los lados del Partido Liberal. Al rector-candidato le cayó de perlas que al Nuevo Liberalismo le devolvieran la personería jurídica, y a los hermanos Galán también les sirve jugar con una ficha ganadora en su debut presidencial como partido político. Es que los Galán también son santistas de corazón.
Gaviria es un semitecnócrata con piel de filósofo. Goza de prestigio entre los intelectuales, y en la comunidad académica conecta con la juventud. Es profesor, escritor, ingeniero y economista. Se venderá como un outsider, hecho a pulso, pero la realidad es que conoce las mieles del poder y sus beneficios. No en vano, en su matrimonio, su esposa también ha ocupado altos cargos en el Estado al ser nombrada codirectora del Banco de la República mientras él era ministro de Salud. Una pareja de puro establishment.
Alejandro Gaviria es un “progresista” de la centroizquierda en toda la extensión de la palabra. Pero es un completo enigma, ya que su cargo más importante fue el Ministerio de Salud, así que sus alcances, en realidad, son desconocidos. ¿Ese ministerio le alcanzará para ser buen presidente? Está a favor del aborto, la eutanasia, y al lado de Martín Santos promueve regular el uso de la marihuana recreativa en adultos. En el extremo de su progresismo se encuentra su declarado ateísmo, una creencia que merece respeto. Pero ¿le funcionará en el país del Sagrado Corazón?
Para ganar la presidencia se necesitan votos y estructura política. ¿Los tendrá Gaviria?
Aunque pinta como el candidato perfecto, uno de sus principales problemas es que, además de que no lo conoce casi nadie, su personalidad tampoco es cautivadora. En otras palabras, no conecta con la gente. Cuesta trabajo imaginarse a Gaviria en la plaza pública, porque hacer campaña presidencial es mucho más que hablar bonito, filosofar y escribir poemas. Una cosa es ser rector de Los Andes y otra muy distinta es salir a enfrentar en la jungla política a la leonera de candidatos presidenciales y sus barras bravas, las reales y las virtuales. ¿Logrará ser un buen candidato? La verdad, tengo mis dudas.