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Opinión

  • | 2006/11/11 00:00

    El sofisma terrorista

    Álvaro Forero cuestiona la tesis del asesor presidencial José Obdulio Gaviria sobre el terrorismo y asegura que el verdadero sofisma es la Doctrina Uribe, que sostiene que sin guerra no hay paraíso.

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José Obdulio Gaviria escribió un libro titulado Sofismas del terrorismo en Colombia, para alegar que en Colombia no hay conflicto sino terrorismo, y desplazar el análisis de los fines del conflicto a sus métodos, al despolitizarlo y convertirlo en un asunto de seguridad ciudadana.
 
El verdadero sofisma terrorista, al revés de lo que plantea el asesor presidencial, puede ser la Doctrina Uribe, que sostiene que sin guerra no hay paraíso. Que a la guerrilla no le interesa una salida política al conflicto, y que hay que doblegarla militarmente a cualquier costo, por ser terrorista. La Doctrina recogió tan hábilmente la frustración de los colombianos, que ha construido un consenso como no había conocido Colombia en décadas. Un consenso que le ha permitido al Presidente imponer con facilidad la agenda presidencial más conservadora de los últimos 50 años, compuesta por políticas que, con excepción de la de orden público, son impopulares.

La Doctrina Uribe es un sofisma porque se basa en un argumento aparente, que cabalgando sobre el monstruo del terrorismo, busca colocar como prioridad nacional la confianza, en reemplazo de la paz. Lo que equivale a sedar el dolor del paciente a punta de fuegos artificiales, sin reconocer que la sensación de falso bienestar que producen los calmantes, en realidad sólo esconde la enfermedad, y la agrava.

El argumento esencial del sofisma, la inexistencia de conflicto en Colombia, lleva meses cayéndose de su peso, a manos del mismo gobierno que le ofrece constituyente a las Farc e insiste en que el paramilitarismo es un delito político, lo que contradice la naturaleza terrorista del problema. Ridiculizada en medios académicos, diplomáticos y periodísticos, el 20 de octubre pasado la tesis demostró que continúa fascinando la imaginación popular. La acusación a la guerrilla de falta de motivación política es, por lo menos, parcialmente falsa, porque desconoce más de 40 años de guerra por parte de una organización que dirige todos sus actos, incluidos el producido del narcotráfico y el secuestro, a combatir militarmente al Estado, a diferencia de los paramilitares, a quienes el gobierno pretende reconocer estatus político.

El otro principio de la Doctrina Uribe es que la paz con las Farc no es posible. La realidad es que en los intentos de negociación realizados en el pasado, la ausencia de voluntad para ceder en temas críticos ha sido tan evidente en la guerrilla como en el Estado, lo que no significa que éste no tenga voluntad de paz. El argumento puede obedecer más al deseo del gobierno de desembarazarse de la obligación de construir un consenso nacional sobre los sacrificios que requiere la paz, que fuerce militar y políticamente a las Farc a negociar. Un consenso que sería rentable para un gobierno moderado, pero imposible para uno como el de Uribe, que se apoya en una coalición a quien la paz restaría mucho poder, compuesta por Estados Unidos, los militares y los clientelistas.

El sofisma terrorista encierra un secreto político perverso que, a diferencia de la paz, la confianza que genera popularidad y crecimiento económico, no requiere de resultados. Que para generarla a raudales, basta la percepción de firmeza contra la guerrilla. Esta visión, aparentemente pragmática, sólo ve por el ojo del crecimiento económico. Pero en realidad es ciega, porque la paz es irreemplazable como salida a la tragedia nacional. Sin ella no habrá fin a los grandes problemas del país, con la excepción del crecimiento económico que, por concentrado, poco resuelve del círculo vicioso nacional.

La pregunta es si el sofisma sobre el cual reposa la gobernabilidad del Presidente le conviene al país en el futuro. La bomba desafiante de las Farc y el populismo armado con que respondió el Presidente desvirtuaron de un tajo la tesis aceptada de que la mano dura acercaría la paz. El incidente demostró que las Farc están lejos de pedir clemencia, y que Uribe es prisionero de una doctrina militarista que no admite esfuerzos de paz, porque éstos debilitan la venerada confianza, un monstruo insaciable de bala y apariencias. La Doctrina Uribe pudo haber ayudado al país a salir de la crisis de cambio de siglo, pero como toda reacción emotiva, fue excesiva, y hoy, está rebatida por su incapacidad para asestarle siquiera un golpe de inflexión al conflicto. Uribe recurre a ella porque su segundo gobierno carece de mandato, y como todo caudillo, sólo confía en su populismo.

La Doctrina Uribe mantiene la vitalidad política del Presidente, como el retrato la de Dorian Grey, pero lo marchita para la historia, pues ésta recuerda a los pacificadores, no a los amansadores. Ni a los sofistas, que de sembrar verdades aparentes, cosechan tempestades. Como George W. Bush, el faro doctrinario del uribismo.



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