Home

Opinión

Artículo

Alberto Donadio  Columna

Opinión

Grandes colombianos: Federico Medem

No resistía ver en los aeropuertos los llaveros de cuero de ejemplares recién nacidos de babillas. La naturaleza para él era un santuario.

Alberto Donadio
20 de abril de 2024

Lo vi por última vez en abril de 1984, hace 40 años, en una habitación de la Clínica de Marly en Bogotá. Murió unos días después. Cuando lo conocí 12 años antes, el profesor Federico Medem era director de la Estación de Biología Tropical Roberto Franco, de la Universidad Nacional, en Villavicencio. Fue herpetólogo, especialista en reptiles, y dentro de la herpetología era especialista mundial en caimanes. En el río Apaporis descubrió una subespecie de la babilla, hoy llamada Caiman sclerops apaporiensis Medem. Escribió Los crocodylia de Sur América. Era alemán, aunque nació en Riga, Letonia.

Estudió biología en el Instituto Max Planck de Berlín. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en la estación zoológica en Nápoles. Allá fue detenido por la Gestapo; él participó en la resistencia. Contaba que se salvó de una muerte segura, pues durante el interrogatorio le permitieron fumar y así pudo dominar los nervios. Fumó toda la vida. Cuando nos sentábamos a conversar frente a su casa, no podían faltar el cigarrillo y el tinto con leche condensada. En las expediciones al monte no se llevaba azúcar porque se mojaba por los aguaceros y, además, no había leche. La solución eran las laticas de leche condensada. Se quedó con la costumbre de beber así el café.

Después de la guerra no tenía empleo ni plata, como millones de europeos. Quería marcharse al Asia a estudiar los tigres de Borneo. Él no era biólogo de cátedra, ni de escritorio ni de laboratorio, era un naturalista. Estaba en Suiza sin saber qué hacer cuando un coronel norteamericano le dijo que un país llamado Colombia estaba contratando biólogos. Se acercó al consulado colombiano en Ginebra y le confirmaron que era cierto. Los buscaba Mario Laserna, que acababa de fundar la Universidad de los Andes. Cuando llegó a Bogotá, lo pusieron de profesor de educación física.

A la primera ocasión renunció y se unió a la expedición que en 1949 organizó el Museo Británico a la sierra de La Macarena. Luego recorrió toda Colombia, la Orinoquia, la Amazonia, el Chocó, las cuencas del Magdalena y del Cauca. En los años sesenta trabajó en la CVM con sede en Cartagena. La Corporación del Valle del Magdalena fue la antecesora del Inderena. En 1955 el profesor Medem –todos lo llamamos así aunque nunca dictó clase– alertó por primera vez sobre la extinción de las babillas en un artículo que publicó en Economía Colombiana, la revista de la Contraloría. Se titulaba ‘Los caimanes: un recurso natural en peligro’. Lo peor estaba por venir. En los años sesenta y setenta se incrementó la cacería de estas especies. Se exportaban anualmente centenares de miles de cueros de babillas. La colombianísima babilla desapareció.

Nos conocimos en 1972. Yo investigaba el saqueo de la fauna silvestre y él era el conservacionista que conocía las especies perseguidas. Me invitó a Villavicencio. Viajé en el platón de la camioneta del instituto Roberto Franco. Fue el primero de muchos viajes. En vacaciones de la universidad me iba a Villavo a organizarle la correspondencia. De esa alianza entre el eminente naturalista que tenía 60 años y por la noche leía los 11 volúmenes de la historia de la civilización escritos por Will y Ariel Durant y el estudiante de Derecho de 19 años surgió la Unidad Investigativa de El Tiempo. Aunque años después la UI se dedicó a denuncias de corrupción, al inicio nos ocupamos de desenmascarar a los contrabandistas que acabaron con la fauna autóctona de Colombia, no solo los dueños de las muchas curtiembres, sino también el cónsul honorario de los Estados Unidos en Leticia, Mike Tsalickis, un aventurero que exportaba monos, manatíes y otras especies vivas y años después fue condenado por transportar cocaína en listones de madera. El profesor Medem no había nacido en Colombia, pero le dolía el exterminio de las especies que él había estudiado más que a cualquier colombiano. No resistía ver en los aeropuertos los llaveros de cuero de ejemplares recién nacidos de babillas. La naturaleza para él era un santuario.

El profesor Medem, que estaba desposado con la ciencia, se casó tarde con una joven antioqueña muy bonita, Flor Ángela Cortés, que había ido de vacaciones a Cartagena. Tuvieron una hija, Dina María Medem Cortés.

A los 19 años uno no sabe qué va a ser en la vida. El encuentro con el profesor Medem me indicó el sendero. Él era muy cordial y conversador, pero siendo alemán no era expresivo y mucho menos sentimental. Sin exteriorizarlo, me trataba paternalmente y así lo he seguido recordando y añorando.