OPINIÓN

Wilson Vega

Innovación de verdad

Hace poco les hablaba de cómo el ‘show’ de carros voladores de Elon Musk, si bien espectacular, tiene más de ‘marketing’ que de tecnología de consumo.
30 de octubre de 2026 a las 11:07 a. m.

La mayoría de las personas asume que el tóner de una impresora láser es simplemente tinta en polvo. Resulta que no. El tóner está compuesto principalmente por microplásticos mezclados con negro de carbón y óxido de hierro. Cada vez que una impresora láser entra en funcionamiento, necesita alcanzar temperaturas sumamente elevadas (alrededor de 180 grados o más) para fundir ese polvo de plástico y presionarlo directamente sobre la fibra del papel.

Es un proceso demandante en energía que genera más microplásticos de lo que nos atrevemos a contemplar. Datos de la industria calculan que la carga plástica derivada del consumo global de tóner equivale a 246.000 millones de pitillos, 20.000 millones de bolsas de un solo uso o 5.000 millones de botellas descartables cada año.

Pero, además, los cartuchos de tóner —esenciales en la impresión empresarial moderna— también pueden tener un impacto ambiental significativo. Si no se les da el manejo adecuado desde la fabricación hasta la eliminación, estos productos pueden contribuir al consumo de recursos y al desperdicio.

Con más de 375 millones de unidades desechadas anualmente en vertederos, el problema es de talla mayor. Estos cartuchos están compuestos por plásticos de grado industrial que requieren hasta 1.000 años para descomponerse y su polvo residual contiene negro de carbono y microplásticos que corren el riesgo de lixiviar sustancias tóxicas al suelo y las aguas subterráneas. Y a todo esto se suma la energía que se usa para poner a funcionar las impresoras en primer lugar.

A iniciativas públicas, como la del Concejo Municipal de Los Ángeles, que restringió los cartuchos de impresora de un solo uso que carezcan de programas obligatorios de recarga o devolución, se suma la innovación de fabricantes como Epson, que propone equipos empresariales de inyección de tinta que no utilizan tóner plástico y aplican la tinta sin calor. Famosamente, ese fabricante japonés abandonó por completo la impresión láser y la fabricación y comercialización mundial de esas referencias.

Reemplazar las unidades láser de incontables oficinas, en las que el tóner campea hace décadas, por plataformas de inyección de tinta de alto rendimiento con depósitos continuos es una idea ambiciosa con efectos ambientales potenciales medibles y deseables. Bajo este marco, la selección de parques de impresión pasa de ser un gasto operativo a un indicador de logro en la auditoría de huella de carbono de cualquier empresa.

Todo esto me obliga a hacer una confesión y dos reflexiones. La confesión es que, a pesar de mis años y de cubrir tecnología en medios nacionales hace la mayor parte de dos décadas, hasta hace muy poco no sabía nada de esto. Mi genuina sorpresa con el tema del plástico en el tóner me hace pensar cuánto más me falta saber y cuán peligroso puede ser no entender cómo funciona —cómo funciona de verdad— la tecnología que usamos a diario. Yo, que por años he usado una impresora láser en casa, me estrello de frente con la realidad de que, al final del día, cada hoja impresa lleva consigo una huella que va mucho más allá del papel.

La otra reflexión es sobre la innovación. Hace poco les hablaba de cómo el show de carros voladores de Elon Musk, si bien espectacular, tiene más de marketing que de tecnología de consumo. En otras palabras: lo que se mostró en ese muy publicitado evento no es innovación que vaya a llegar al consumidor y, si lo hiciera, solo beneficiaría a una fracción ridículamente minúscula de la base de usuarios de Tesla. En las antípodas de ese show está una multinacional japonesa que decide que la clave de innovar en su renglón no reside solo en imprimir más rápido, sino en hacerlo sin dejar una marca indeleble en los ecosistemas. Avanzar hacia espacios de trabajo verdaderamente sostenibles exige coherencia entre las metas ambientales que declaramos y las herramientas con las que operamos a diario. Desplazar el plástico y el calor ineficiente de nuestras rutinas es, en última instancia, una declaración de principios sobre la clase de futuro que estamos dispuestos a imprimir.