OPINIÓN

Carolina Arbeláez

La reconstrucción del alma

Es una invitación a cuidar el corazón y la salud mental de quienes en este momento lo necesitan.
16 de agosto de 2026 a las 5:37 p. m.

Este 10 de agosto, a las 7:34 de la mañana, un terremoto de magnitud 7.4 con epicentro en el Chocó nos zarandeó y nos recordó lo vulnerables y frágiles que somos ante la naturaleza. El sismo deja cientos de muertos, miles de heridos, decenas de miles de familias afectadas, viviendas destruidas y comunidades enteras que, de un momento a otro, lo perdieron todo.

El dolor para muchos es irreparable. Hay niños, madres, padres y ancianos que no volverán a ver a sus seres queridos. Varias historias de esta tragedia están en mi memoria: la de Amparo, que murió abrazada protegiendo a su nieta Violeta; la de Lenny, quien falleció abrazada a su perro Salomón y logró salvarlo; o la de la familia Saavedra Caicedo, donde Sofía e Isabella perdieron la vida, solo sobrevivió Ana María, una de las trillizas, Jairo y Vicky (sus padres) fueron encontrados abrazados entre los escombros.

Frente a esta tragedia, Colombia ha mostrado, una vez más, lo mejor y lo peor de sí misma.

Lo peor es la mezquindad política. Lamentablemente, mientras muchas familias continúan buscando a sus seres queridos entre los escombros, algunos convirtieron el dolor ajeno en escenario de confrontación, de oportunismo, usando el terremoto para polarizar, hacer política o conseguir likes; la verdad es que uno no sabe qué es lo que llevan en el alma quienes son capaces de sacar provecho de una tragedia como esta.

Pero yo me quedo con lo mejor: la impresionante solidaridad de todos los que, sin pensarlo, se volcaron a ayudar. Socorristas, Cruz Roja, ciudadanos, empresarios, organizaciones… Qué gran tarea también la del nuevo Gobierno, alcaldes, gobernadores y primeras damas, que se pusieron al frente. Rápidamente se habilitaron centros de acopio desde donde se están entregando ayudas humanitarias para los territorios más afectados. Ana Lucía Pineda, primera dama de la nación, ha liderado un impresionante trabajo de donación con el movimiento de tigresas de la patria. En Bogotá, hemos sido testigos de la labor de la primera dama Carolina Deik, quien junto con la Cruz Roja, no ha parado de recibir, clasificar y despachar ayudas. Desde Bogotá se han enviado más de 500 toneladas: un hecho de solidaridad histórico.

También destaco la respuesta del sector empresarial. En el Congreso de la Andi se recaudaron más de 201.000 millones de pesos, demostrando que el empresariado es parte esencial de la solidaridad con quienes lo perdieron todo. Una vez más queda claro que los empresarios son actores fundamentales del progreso y que con ellos vamos a poder salir adelante.

A todos los que han atendido el llamado, gracias. A las empresas de logística que están facilitando camiones para movilizar las ayudas humanitarias, gracias. Muchas organizaciones internacionales se han sumado con convicción a esta tarea de ayudar. Es el caso de COAMED, la asociación de médicos colombianos en Florida liderada por Gabriel Pérez y Sara Pérez, que ha movilizado insumos médicos y está abriendo canales de donación desde Estados Unidos. Tuve la oportunidad de acompañar en Cali la entrega de esas ayudas a un campamento de rescatistas y equipo médico. No hay palabras para describir lo que se siente allí. Colombia es solidaria. Lo hemos demostrado una y otra vez: en el terremoto del Eje Cafetero, en las inundaciones, en las emergencias humanitarias. La gente se organiza, comparte lo poco que tiene y se hace presente. Esa es nuestra esencia. La que nos define más allá de cualquier diferencia.

Pero la solidaridad no puede quedarse solo en el impulso de los primeros días. Lo que viene es largo y exigente: la reconstrucción de viviendas, la recuperación de la infraestructura, el acompañamiento psicológico a las víctimas y el apoyo a los pequeños comerciantes. Las donaciones iniciales son vitales, pero insuficientes si no se logra la permanencia. El Estado y el sector privado deben trabajar de la mano, porque los recursos no alcanzan. La corrupción del gobierno anterior, que se robó 2 billones de la UNGRD, pasará factura a todos los que hoy necesitan ayuda.

Ser solidarios es entender que pertenecemos a una misma comunidad. Es entender que el dolor del Chocó, de Risaralda, del Valle o de Caldas es también nuestro dolor. Y es prepararnos para lo que viene, porque la emergencia sigue y aquí no termina.

Hoy, más que nunca, Colombia necesita empatía real. Necesita recordar que, cuando nos unimos, somos capaces de levantar lo que la naturaleza derriba. Que la verdadera grandeza de un pueblo no se mide por la magnitud del desastre que enfrenta, sino por la altura con que se responde.

Este momento nos ha puesto a todos a prueba, en un solo propósito. No se trata solo de levantar una vivienda. Se trata de acompañar a quienes lo perdieron todo: la familia, el techo, la seguridad, el futuro que creían seguro.

Se trata de entender que un país no se reconstruye únicamente con ladrillo y cemento. Porque la herida más profunda es la que queda debajo de los escombros con la muerte de un ser querido y esa solo se sana con el compromiso de no dejar a nadie solo en su tragedia.

Es una invitación a cuidar el corazón y la salud mental de quienes en este momento lo necesitan. Quince psicólogos llegaron al Chocó con la ayuda de la Universidad de La Sabana y Asocapitales. Con gestos como este, es como vamos a lograr reconstruir el alma.