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Opinión

  • | 2018/06/16 19:00

    The art of the deal

    Lo que firmó Kim Jong-un en singapur, leyéndolo, no es lo mismo que Donald Trump creyó firmar, sin leerlo.

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Muchos le aplauden aquí a Donald Trump, y él mismo se aplaude, su triunfo en la reunión de Singapur con el norcoreano Kim Jong-un, como si fuera un avance hacia la desnuclearización del mundo, o por lo menos de la península de Corea. Y a Kim allá, en su Corea del Norte, le aplauden su propio triunfo, como

si fuera un avance distinto: el reconocimiento de Corea del Norte como socio del exclusivo club de las potencias nucleares. Me parece que tienen razón los aduladores de Kim, y están equivocados los aduladores de Trump. El presidente de los Estados Unidos, que hasta hace pocos meses amenazaba con aniquilar a Corea del Norte y se burlaba de su tirano llamándolo “hombrecillo cohete”, ha cedido ante la amenaza del cohete, y al hombrecillo ahora lo saluda como “honorable presidente” y lo trata como a un igual. Y no ha obtenido nada a cambio.

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Dice Trump que sí: que Kim renuncia a su armamento nuclear a cambio de su apretón de manos y su sonrisa en Singapur. Pero se nota entonces que no ha leído Trump el texto del acuerdo que firmaron los dos. Un documento de página y media en el que en ningún momento se habla de abandonar las cabezas atómicas y los cohetes intercontinentales capaces de transportarlas, ya fabricados y suficientemente probados por Corea del Norte; sino solamente de que los norcoreanos ‘trabajarán’ en pro de la desnuclearización de las dos Coreas. Lo que Kim entiende por ‘desnuclearización’ no consiste en renunciar a su capacidad de aniquilar las ciudades de la costa oeste de los Estados Unidos, en el caso de ser atacado por ellos: la capacidad, para Corea del Norte, de morir matando. Sino solamente en dejar de mostrar que puede hacerlo.

¿De verdad creen el presidente y sus brillantes consejeros que, gracias al talento cambalachero de Trump, a su “arte del negocio” (art of the deal) Kim va a prestarse de buena gana a correr la suerte que su adversario le ofrece, que es la que corrieron los difuntos dictadores de Libia, Muamar Gadafi, y de Irak, Sadam Huseín, que consistió en morir sin poder matar? ¿Creen que Kim va a querer desarmarse para a continuación ser ahorcado o asesinado a patadas como lo fueron esos dos? ¿De verdad creen que alguien cree que la palabra de Trump, el mismo presidente que en su año y medio de administración ha renegado de todos los acuerdos y pactos solemnemente contraídos por los Estados Unidos, y en particular el firmado con Irán sobre el mismo tema de las armas atómicas, creen que alguien puede creer que esa palabra tantas veces rota tiene algún valor? Si algo sabe Kim, y debiera saber Trump que Kim sabe, es que su única garantía de supervivencia son sus armas atómicas. No va a cambiarlas por la promesa de que lo inviten a visitar la Casa Blanca.

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Lo que firmó Kim Jong-un en Singapur, leyéndolo, no es lo mismo que lo que Donald Trump creyó firmar, sin leerlo. Kim firmó un documento por el cual los Estados Unidos lo reconocen como nuevo socio del club de las potencias atómicas, al cual pertenecen ya (en orden de aparición) los Estados Unidos, la Unión Soviética (cuya heredera es Rusia), el Reino Unido, la China, Francia, la India y Pakistán, y en secreto, a escondidas, Israel. Irán se comprometió hace un par de años a quedarse por fuera de ese privilegiado grupo, abandonando sus ensayos nucleares a cambio de ofertas económicas de Estados Unidos, Rusia y Europa Occidental. Pero hace unas semanas Trump rompió ese acuerdo.

Y el único compromiso que obliga a esos socios es el del Tratado de No Proliferación Nuclear, que no se refiere a ellos mismos sino a todos los demás países del mundo, y se resume en que ninguno de ellos debe tratar de entrar al exclusivo club: en eso consiste la “no proliferación”. Pero a los socios, y Corea del Norte ya entró forzando la puerta, solo los obliga a no usar sus armas atómicas por el momento, y a no seguirlas ensayando. Porque ya las han ensayado lo bastante y no necesitan seguir ensayándolas. Así Corea del Norte deja ahora de hacerlo, como hace décadas lo hicieron los demás: sin destruirlas.

Es asombroso que eso sea presentado como una victoria del presidente de los Estados Unidos, cuando es una victoria del presidente de Corea del Norte.

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Hace año y medio escribí aquí que lo de Donald Trump era la representación en vivo de una novela publicada en 2004 por Philip Roth, La conjura contra América, en la que un presidente nazi llega al poder en los Estados Unidos. Lo de Trump ahora se parece además a otra obra de ficción, esta de 1959: El candidato manchú, de Richard Condon, que fue dos veces llevada al cine. Resulta que un joven oficial que combate en la guerra de Corea cae prisionero del enemigo, y los agentes secretos norcoreanos y chinos y soviéticos le “lavan el cerebro”, como se decía entonces, para ponerlo a su servicio, como un zombi, y hacer que cuando llegue a la presidencia traicione a su país. Trump parece ser ese

“presidente manchú”, que a la vez que se enfrenta con los aliados tradicionales de los Estados Unidos –el Canadá, los miembros del G-6, los socios de la Otan– aboga por los intereses de sus tradicionales adversarios: Rusia, China, y ahora Corea del Norte.

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