OPINIÓN

María Andrea Nieto

Ley Antichancleta

Colombia ha sido un país tremendamente violento con sus niños, en el campo y en las ciudades.
1 de abril de 2021, 4:00 a. m.

Durante una entrevista en la que la senadora Paloma Valencia, del Centro Democrático, explicaba los alcances de la ley que prohíbe el castigo físico a los niños y adolescentes en Colombia, su inseparable hijita Amapola, a quien el país entero ha conocido a través de las sesiones virtuales del Congreso, la increpó y le dijo: “¿Entonces por qué tú me pegas?”. De inmediato, las bodegas retardatarias se alborotaron en las redes sociales y usaron la expresión de la niña para hacerle matoneo a la intimidad de la crianza entre la mamá y la niña. A los “progresistas” solo les importan los niños cuando les conviene, su agenda es selectiva y los usan en su narrativa, calculando con estrategia el número de votos o de likes que puedan obtener.

Hace una semana, Colombia entró a un selecto grupo de 70 países en el mundo que prohíbe con una ley de la república el castigo físico a los niños, niñas y adolescentes. ¡Por fin una ley de avanzada en todo el sentido de la palabra!

Ojalá el país tenga más niños y niñas como Amapola en el futuro por efecto de esta ley. Un niño o niña, mientras más respetado se siente en su entorno, no teme cuestionar a sus papás. Por el contrario, cuando los niños son violentados y maltratados sienten miedo de alzar su voz y sufrir las consecuencias. La ley ha generado todo tipo de controversias, porque hay personas que consideran que los padres tienen derecho a educar a sus hijos como quieran, incluso con golpes. Eso es respetable y puede ser modificable a punta de pedagogía. Lo que está mal, muy mal, son aquellos que usan a los niños con fines politiqueros. Esos que indignados le reclaman al Gobierno por los derechos humanos de los niños cuando les conviene para sus causas electorales, pero que guardan silencio frente a otros hechos atroces. Lo digo con claridad, senadores como Roy Barreras o Iván Cepeda, que se rasgan las vestiduras cuando denuncian bombardeos a las estructuras criminales por parte del Ejército y en los que, por desgracia, han muerto niños (que a su vez han sido reclutados a la fuerza por esos criminales), pero que no condenan con el mismo ímpetu el reclutamiento forzado de niños que hizo la guerrilla de las Farc. Ni mucho menos la violación sistemática a las niñas y los abortos, avalados incluso por excomandantes que hoy ocupan, gracias a los delirios de una paz a la fuerza, una curul en el Congreso de la República.

Otro ejemplo que ilustra la agenda selectiva y conveniente de la defensa de los niños es el grupo de políticas “progresistas” encabezado por la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, su esposa y senadora Angélica Lozano, las representantes a la cámara Ángela María Robledo y María José Pizarro, quienes, ante el caso doloroso de la pequeña Sara Sofía Galván, fueron incapaces de poner en sus redes sociales un mensaje de solidaridad. ¡Y eso que son feministas!, ¿se imaginan si no lo fueran?

Volvamos a la ley. Prohibir el uso de la chancleta, las palmadas, los puños, pellizcos, cachetadas y correazos, no significa que el Estado se inmiscuya en la manera de educar a los niños. Pero sí es una herramienta para que los papás y mamás hagan clic y se conecten con mecanismos más efectivos en la educación de los hijos. Menos golpes y, por el contrario, más amor.

Las universidades más importantes del planeta han realizado estudios psicológicos que demuestran las secuelas que dejan en el largo plazo los golpes en la infancia. Entre ellas depresión, ansiedad, ser propensos a fumar, abusar del alcohol, las drogas e incluso comer en exceso. Pero también pueden causar enfermedades como el cáncer y la obesidad.

Lo cierto es que muchas generaciones fueron criadas con golpes y por eso normalizaron el maltrato. Pero la norma no significa que sea lo correcto. Ningún niño quiere que le peguen. Por eso la metodología de una crianza respetuosa implica que haya límites, contención, consistencia, exigencia y disciplina, sin maltrato físico. Ese es el punto.

Esa es una de las conquistas en términos de derechos humanos que hace falta lograr. La humanidad superó la esclavitud, el trabajo sin remuneración, dejamos de ver normal que un hombre le pegara a su esposa, que el jefe tuviera “derecho” de maltratar físicamente al subalterno, que los profesores les pegaran a sus estudiantes, incluso repudiamos el maltrato animal. Solo falta hacer clic en la intimidad del hogar.

Colombia ha sido un país tremendamente violento con sus niños, en el campo y en las ciudades. Con esta ley, la sociedad tiene muchas reflexiones por hacerse. Empezando, por ejemplo, por la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), porque si esta ley prohíbe la chancleta y los correazos, eso significa que reclutar menores, torturarlos, lavarles el cerebro, llenarlos de odio, someterlos a entrenamiento militar y obligarlos a matar debería ser castigado de manera ejemplar. ¿No les parece, señores magistrados de la JEP?

La guerrilla de las Farc fue, en la historia del país, el grupo que más violentó los derechos de los niños. Están en mora de ser juzgados, castigados y de pedir perdón de rodillas a varias generaciones de colombianos que dañaron de manera irremediable, ¡contra eso no hay ley antichancleta que valga!

Y senadora Valencia, gracias por demostrar que se puede ser coherente, ser mamá, criar y, al mismo tiempo, trabajar. Usted podría tener la ayuda de un tercero que se encargue de Amapola, pero la fuerza de su ejemplo es contundente y eso es lo que tanto les incomoda a los (las, les) “progres” de este país.