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Opinión

  • | 2018/12/01 18:00

    Me da miedo el fiscal

    Tire la primera piedra quien no haya sido grabado por su mejor amigo cuando lo alerta de los delitos que está descubriendo.

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A veces veo televisión sin volumen, especialmente en las noches, cuando me enfundo en la cama y me preparo para dormir: lo prendo como una silenciosa compañía mientras distraídamente ojeo un libro, o reviso el celular, o preparo los pepinillos para los párpados. De esa forma, pues, observé en la pantalla el alborozado júbilo de una serie de adultos que celebraban entre abrazos lo que parecía ser un triunfo sideral.

–Se cayó el fiscal –le comenté a mi mujer, mientras pedía que le subiera el volumen-: ¡Colombia celebra! ¡Se abre el capítulo de Odebrecht en Colombia!

Pero en nuestra epiléptica platanera caen primero los puentes construidos por el Grupo Aval que el fiscal de la Nación. Y los que parecían exultantes trabajadores de un extraño call center que se abrazaban entre sí resultaron ser, en realidad, funcionarios de la Nasa que celebraban el buen destino de la sonda InSight, enviada a Marte –el planeta ad hoc que reemplazará a la Tierra– para ir preparando un éxodo de humanos del futuro, encabezado por los bisnietos de los bebés de hoy, y José Galat.

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Como poco me interesa lo que suceda en ese futuro de mediano plazo en que será corriente la clonación humana, existirá la teletransportación y contratarán nuevos diseños para el metro de Bogotá, cambié de canal y llegué al tan anunciado debate del siglo, apenas comparable con la final del mundo entre River y Boca: de por sí imaginaba que tirarían piedras al bus en que ingresaban los senadores citantes, y el fiscal pediría los tres puntos de la victoria en el escritorio, sin jugarlo en la curul.

Observé, pues, el debate, pero ahora tengo miedo. Y por eso quiero pedirle públicamente al fiscal Martínez que no juzgue a mal cualquier opinión que haya podido observar en contra de él en el pasado: que me arrepiento de toda crítica emitida contra su prístina gestión, y lo considero un hombre probo, pacífico, independiente, del cual aspiro a ser gran amigo, amigo de siempre: de por sí ya compré un iPad para grabar nuestros encuentros amistosos, y dejar constancia de ellos, por si me sucede algo.

Tire la primera piedra quien no haya sido grabado por su mejor amigo cuando lo alerta de los delitos que está descubriendo.

El debate tuvo momentos de oro: la parte en que Ernesto Macías se equivocaba en una suma matemática elemental, quizás nervioso por recordar sus años como bachiller; la intervención del hasta entonces desconocido senador Zabaraín, a quien, con gran ligereza, algunos supusieron ebrio, como si los ebrios merecieran semejante comparación; el video distractor, pero impactante, que publicó Paloma Valencia en que Gustavo Petro guardaba inexplicables fajos de dinero en una bolsa. Es la única vez que Petro ha tenido algo de sencillo. ¿Por qué el senador humano andaba con arrumes de billete, en lugar de hacer retiros de un cajero del grupo de Aval, por ejemplo? ¿Qué pretendía hacer con ese dinero? ¿Comprarse un par de Ferragamo en el Black Friday?

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Hubo momentos memorables, digo, pero ninguno como la intervención del fiscal, gracias a la cual nos enteramos de que Dios le filtra audios; los vecinos de Rosales le informan cuáles camionetas circulan por el sector; conoce en qué se le van los días a la esposa de Luis Fernando Andrade, y está enterado de lo que sucede en el consejo de redacción de Noticias Uno: noticiero que, como bien lo sugirió, es el responsable de la muerte de Jorge Enrique Pizano, porque no publicó su entrevista antes, como el testigo quería.

Me evito problemas. Cierro, pues, filas en torno al doctor Martínez Neira. No permitiré que caiga velo alguno sobre la probidad de mi nuevo amigo de siempre, notable gendarme de la moral quien asistió al debate en el Congreso como ciudadano, lo llamaba Ernesto Yamhure a su teléfono privado como periodista, recibía denuncias de Jorge Enrique Pizano como amigo, dejaba de tramitarlas como abogado y se las callaba como fiscal: tire la primera piedra quien no haya sido grabado por su mejor amigo cuando lo alerta de los delitos que está descubriendo.

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Me desmarco, pues, de esa conspiración internacional de la que hacen parte Luis Alberto Moreno, el BID, la izquierda radical y las bribonas Cecilia Orozco y María Jimena Duzán, rebautizadas de ese modo por el primer investigador de la nación: el hombre que las puede meter presas. Caiga el rigor de la ley a quien cuestione al primer y único ejemplar del samper-pastranismo, del santos-uribismo que haya tenido Colombia. No quiero problemas. No quiero que pregunten a mis vecinos por las visitas que recibo, ni pidan audios a Dios sobre mis rezos privados. Antes de caer en la mira de la Fiscalía, prefiero exiliarme a Marte, como la sonda InSight: finalmente, a diferencia de Saturno –y de Abelardo de la Espriella– se trata de un planeta que carece de anillos; es rojo, como el logo del Grupo Aval; contiene agua congelada (aunque no se sabe de cuál sabor). Y es el único lugar del universo en que el fiscal Martínez carece de incompatibilidades. n

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