Contrario a lo que dice el adagio popular, en estas elecciones estoy convencido de que es mejor lo desconocido que lo malo a reconfirmar. ¿Cómo será el gobierno de Rodolfo Hernández? Eso es aún un enigma, pero de lo que sí tenemos certeza es lo que sería una presidencia de Gustavo Petro. De eso hay poco que adivinar.
Pero ¿cómo llegamos acá? Las elecciones del domingo pasado dejaron claro que Colombia quiere cambio. Los candidatos que pasaron a segunda vuelta, cada uno a su manera, representan una partida del estado actual de las cosas y sus tradicionales intérpretes. Los comicios nos muestran que, al menos por ahora, han quedado atrás los nombres tradicionales de la política y sus maneras de llegar al poder. Su resultado es la demostración de que la gente no quiere saber más de Uribe, Santos, Gaviria ni de los apellidos de los gamonales regionales de siempre.
La pandemia fue un acelerador de este exilio de los dinosaurios políticos. El covid, sus cierres, la incapacidad de los Gobiernos para responder ante los problemas masivos de salud, las muertes y las consecuencias económicas del confinamiento les mostró a los países que sus gobernantes no estaban preparados para responder a una crisis de tremenda magnitud. El cansancio generado llevó a que exista un rechazo mundial al llamado statu quo y sea ahora el advenimiento del cambio. Colombia no es la excepción.
En nuestro país, el cambio está representado por dos corrientes. La del eterno inconforme antisistema con visos autoritarios y reminiscente de Hugo Chávez, Gustavo Petro, y el típico populista latinoamericano de los setenta que ve como solución a todos los problemas la lucha anticorrupción, pero que poco o nada ha dicho hasta ahora para enfrentar cada uno de los retos que tiene la nación. Ese es Rodolfo Hernández.
¿Qué le pasó a Federico Gutiérrez? A todo lo anterior, se sumó el hecho de que hizo una pésima campaña. A pesar de tener de su lado a los empresarios y los gremios, tomó una sucesión de malas decisiones de personal, incluido el ingreso de Luis Felipe Henao, que lo terminaron aislando a él y congelando su campaña. No tuvieron estructura, discurso, plataforma ni alcance.
¿Puede ganar Rodolfo Hernández? Es lo que dicen las cifras. Según el Tracking Presidencial, que publicamos todos los días a las 6 a. m. en La FM, el ingeniero supera el 52 por ciento de las preferencias, mientras que Petro se mantiene en el 45 por ciento. Es decir, mientras que Rodolfo suma los que votaron por Fico, el exalcalde de Bogotá no logra avanzar más allá de su base.
Lo anterior nos lleva a concluir que Rodolfo es en realidad el centro. Lo digo porque los de derecha votaron por Fico y los de izquierda votaron por Petro. ¿Y los del centro? Ante la poca tracción que tuvo la campaña de Fajardo, a los que no les gustan los extremos encontraron escampadero bajo la motoneta del de Bucaramanga. Si las cosas siguen como están y continúan llegando representantes del camaleonismo voraz burocrático a la campaña del Pacto Histórico, la victoria será de Rodolfo Hernández.
Así las cosas, el verdadero enemigo de Hernández será la complacencia y la abstención. Está probado que Gustavo Petro tiene una militancia fiel que lo ha venido acompañando hace años y que suma 8 millones de personas. Si los que quieren un cambio de verdad no están comprometidos con buscarlo y se quedan en casa o salen de vacaciones el día de la segunda vuelta, Petro vencerá.
Sobre Hernández tengo que decir que sigue siendo un misterio cómo gobernará. Sin embargo, hay cosas que, a pesar de la incertidumbre que aún genera su discurso, son señales que me permiten respirar. Primero, en entrevistas radiales ha dejado claro que no tendría problema en dejar en su puesto a funcionarios de la actual administración en caso de que estén realizando un buen trabajo. Eso denota que se trata de un administrador práctico y no un mesías dogmático que está convencido de que se tiene que destruir todo para poder edificar.
También genera algo de esperanza su manera tradicional de abordar los temas complejos. Por tradicional me refiero los tintes de sabiduría popular conservadora que se despuntan de su retórica. Hay algo de valores, principios, familia y hogar en su manera de proceder.
Y, finalmente, no puedo dejar de celebrar que se trate de un hombre lejano a las élites bogotanas o de las grandes capitales del país. Se trata de un líder santandereano que ha vivido en su ciudad de frente los embates de la crisis con Venezuela, las consecuencias del narcotráfico, la inseguridad urbana, la migración y los retos económicos de la realidad regional y no de la burbuja que se vive a veces en la capital.
Hernández es un enigma y no tengo herramientas totales para respaldarlo, pero sí tengo claro qué significa Gustavo Petro y no creo que sea lo mejor para el país. Mejor cuatro años de incertidumbre que 30 de asegurada destrucción nacional.
