Definir la izquierda, la derecha y el centro ya no es solo un ejercicio académico: es una brújula que orienta proyectos de país y decisiones concretas. Entender sus diferencias permite ver por qué la contienda presidencial en Colombia es más que nombres; es una disputa de prioridades. Escuchar a los candidatos debatir sobre políticas concretas es la única forma de saber realmente quién es quién. El país sabe perfectamente que Cepeda está en la extrema izquierda, pero Paloma y Abelardo, arropados en la oposición, deben dejar claro dónde están realmente. Es hora de que cante el gallo. Me explico.
La izquierda parte de la premisa de que el Estado debe corregir desigualdades y regular la economía para evitar concentraciones de riqueza y poder. En lo económico, eso se traduce en más impuestos, fortalecimiento de lo público en salud y educación, y regulación del mercado, sin importar pésimos resultados ni experiencias anteriores. En lo social, implica políticas de acción afirmativa para grupos supuestamente excluidos y una concepción amplia de libertades civiles. Frente al conflicto armado, la izquierda suele privilegiar soluciones negociadas, así hubieran fracasado. En materia ambiental, apuesta por límites al extractivismo y por la protección de comunidades afectadas por megaproyectos, así el país base su economía en esas actividades. El cambio, así no funcione.
Iván Cepeda representa con claridad ese polo en la contienda: su trayectoria legislativa lo acerca a posiciones que ven en la JEP un instrumento central para la justicia transicional; en impuestos, aboga por cargar más a los contribuyentes existentes; en libertades y acción afirmativa, favorece avances para poblaciones étnicas, de género y rurales; y en ambiente, prioriza regulaciones más estrictas frente a proyectos extractivos sin promover actividades económicas que compensen.
La derecha, por el contrario, enfatiza la libertad económica, la iniciativa privada y el orden público. Promueve un Estado más limitado en lo económico, alivios tributarios, desregulación para atraer inversión y políticas que fortalezcan la seguridad y la propiedad privada. Socialmente, puede tender a posiciones conservadoras o a priorizar la estabilidad institucional. En negociaciones de paz, suele exigir garantías más duras para excombatientes y un énfasis en justicia reparadora, a menudo con menos concesiones. En ambiente, la derecha suele equilibrar regulación con la defensa de la inversión productiva.
Abelardo de la Espriella encarna esa apelación a la base de la derecha: su estrategia busca consolidar un electorado que prioriza seguridad, mano dura ante la criminalidad y estímulos a la inversión. Rechaza la JEP sin ambigüedad y, en materia tributaria, defiende alivios y estímulos; en libertades privilegiará el orden público; no propondrá negociaciones de paz condicionadas; y en acción afirmativa y ambiente mostrará una agenda más cauta y pragmática, orientada a no frenar la actividad empresarial. La pregunta es: ¿estos postulados tienen suficiente base?
El centro intenta articular un punto medio pragmático: combina mercados eficientes con redes de protección social, busca consensos y evita medidas ideológicas que fracturen la gobernabilidad. Los centristas privilegian la moderación fiscal, políticas públicas focalizadas y soluciones negociadas que funcionen en la práctica. En temas conflictivos, el centro suele apoyar la continuidad de los acuerdos cuando son viables y propondrá ajustes técnicos antes que rupturas políticas.
Paloma Valencia, según la dinámica descrita, se ubica hacia el centro por sus alianzas con partidos tradicionales y sectores uribistas que le dan maquinaria y visibilidad. Ella misma lo ha manifestado en su discurso, en el que enfatiza que su campaña es una en la que “entran todos”. Su estrategia es híbrida: ganar en el centro sin renunciar públicamente a la derecha. Pero la pregunta es: ¿se puede?
Las estrategias no son intercambiables: Abelardo apela a movilizar una base fiel; Paloma pretende ampliar su radio de acción haciéndose pasar por puente entre centro y derecha; Cepeda busca consolidar un bloque de izquierda que traduzca demandas sociales en políticas públicas. Sin embargo, los gestos y las alianzas no bastan para distinguirlos: sin confrontación pública y sin compromisos específicos, las etiquetas se vuelven marketing.
Por eso el debate público sobre seis temas nodales resulta decisivo: JEP, impuestos, libertades, negociaciones de paz, acción afirmativa y medioambiente. Esos asuntos no son simbólicos: definen quién paga el coste del desarrollo, qué límites se imponen al poder económico, cómo se busca la paz y quiénes son sujetos de protección estatal. Preguntarles a los candidatos y exigir respuestas concretas obliga a transformar eslóganes en compromisos verificables.
Es crucial que los colombianos sepamos quién es quién y para eso están las definiciones políticas que muchos convenientemente intentan evitar: la izquierda en América Latina fue enarbolada por personajes como Chávez, Maduro, Morales, Correa y Petro. Cepeda es hoy el abanderado de la profundización de esos postulados en Colombia. El centro ha tenido exponentes en la región como De la Rúa, Frei Ruiz-Tagle, Belaúnde Terry y Juan Manuel Santos. ¿Está Paloma ahí? Y en la derecha regional se han destacado recientemente Milei, Bukele y Kast. Abelardo intenta ocupar este espacio en el país.
La izquierda, el centro y la derecha representan diferentes respuestas a preguntas fundamentales sobre justicia, orden y desarrollo. Que quede claro: no son iguales, no da lo mismo. Hay diferencias fundamentales.
Exigirles a los candidatos debatir y comprometerse en esos seis frentes es, en la práctica, la mejor herramienta para que los votantes distingan proyectos de país y no simples campañas de marketing. Solo así la ciudadanía sabrá a qué apuesta responde cada uno: a la protección de mayorías históricas, a la defensa del mercado y el orden, o a una combinación pragmática que busque estabilidad y pacto.
La transparencia y la honestidad intelectual son necesarias para que luego no nos llevemos sorpresas ni seamos prisioneros de lo que no quisimos ver.
