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Opinión

  • | 2019/11/22 21:22

    Petro se salió con la suya

    Lo evidente, en todo caso, es que Petro y otros están decididos a conquistar en la calle lo que les negaron las urnas.

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Esta vez los vecinos se armaron con palos para defender sus hogares, aunque parte del pánico lo crearon las redes sociales. En el próximo paro estarán mejor organizados y más de uno llevará revólver. Se perdió la oportunidad de que el ciudadano confíe solo en la protección de la Policía. Bastante tienen con salvaguardarse ellos mismos de las bestias que los molían a patadas y pedradas. Aunque, según insinúan políticos radicales como Iván Cepeda, todo se trató de una vulgar puesta en escena de la derecha. Los tales vándalos no existen.

Por si faltara algo, el toque de queda en Bogotá generó más miedo y sensación de inseguridad. Es un error político echar el cerrojo a una capital de ocho millones de habitantes por la violencia de grupos de delincuentes sin armamento, medida extrema que no adoptaron ni en pleno terrorismo de Pablo Escobar.

Lo que quedó claro es la necesidad de militarizar la ciudad en cada paro nacional. Y que las alcaldías obliguen a establecer una única ruta de la marcha para limitar lo daños. No hay derecho a soportar una situación como la vivida.  

Lo frustrante, en todo caso, es que el gobierno tuvo tiempo de preparar una estrategia de seguridad urbana visto lo ocurrido en Ecuador y Chile. Estaban advertidos del grado de salvajismo que emplean las turbas y fallaron. El delirante allanamiento de la revista cultural Cartel Urbano anticipaba que no pisaban terreno seguro. La inteligencia fue un desastre.

Tampoco es admisible que les pillara por sorpresa el vandalismo de la Plaza Simón Bolívar, perfectamente organizado, cuando agonizaba la concentración del jueves. Asusta pensar que en pleno corazón del poder nacional, un grupo de delincuentes encapuchados fuesen capaces de poner en jaque a la autoridad.

Y no pretendamos solucionar solo con la fuerza el desafío de los vándalos. No basta con capturarlos, es un problema social profundo. Igual que supieron acercarse a las barras bravas y a otras tribus urbanas, tendrían que trabajar desde ya con esos jóvenes violentos fáciles de reclutar.    

Lo peor del caso es que no hay señal alguna de que los organizadores del paro tengan la intención de bajar la presión callejera. De haber salido triunfantes de la convocatoria, de pronto habrían concedido una tregua. Pero como no cumplieron las expectativas, se sacaron de la manga un rosario de nuevas marchas y cacerolazos para mantener viva una protesta que para ellos solo es política.

En parte la falta de éxito fue su culpa, empeñados en asfixiar Bogotá y obligar a casi todo el mundo a parar, aunque no queramos, porque así entienden la democracia. Por eso designaron una treintena de puntos de partida, con doce recorridos distintos, desde la mañana. En lugar de unir fuerzas, las dispersaron. 

Yo misma estaba convencida de que lograrían un impresionante caudal humano que acorralaría a Duque (Claudia, Galán y Hollman obtuvieron unos tres millones de votos). Pero ni siquiera se acercaron a la marcha de febrero del 2008 contra las FARC, convocada por un puñado de jóvenes sin sesgos políticos cuando las redes eran jurásicas: un millón de manifestantes y ni un solo brote de violencia.   

Lo evidente, en todo caso, es que Petro y otros están decididos a conquistar en la calle lo que les negaron las urnas. No aceptan que perdieron las elecciones y ganó una opción de centro derecha que votó economía de mercado. En la entrevista del viernes con Vicky Dávila, Petro insinuó que lidera la batalla sin afanes protagonistas. Será que prefiere azuzar el fuego de la violencia con sus trinos y declaraciones irresponsables. Pero nadie puede quejarse, estábamos advertidos. Nada más salir derrotado, anunció que lo suyo sería la calle.

No creo, sin embargo, que entre los manifestantes haya tanto petrista como el populista quisiera. Proceden de diferentes tendencias, si bien la mayoría sea de izquierda, y hay exigencias para todos los gustos, muchas justas y nobles.  

Lo que auguro es que al no existir liderazgos claros ni intención sincera por parte de algunas cabezas de alcanzar acuerdos, así como una variedad infinita de reivindicaciones, el intento del Presidente por apaciguar los ánimos con su propuesta de la Conversación Nacional, está condenado al más rotundo fracaso. Duque y su gobierno no resultan convincentes para la gente, ni siquiera para los suyos. Sin un gabinete atractivo no conquistará pueblo y sin mermelada, que olvide el apoyo de los partidos de su entorno.

Estos días circula un trino que puse en julio del 2018, un mes antes de la investidura. Perdonen que me cite: “La presidencia de Iván Duque será una pesadilla. Paros diarios de Petro, periodistas que fueron santistas presionando para que arregle en 4 años las embarradas del Nobel y haga lo que el otro prometió. Y acusación de crímenes que no son suyos. Que pereza.

Salud Hernández había escrito la columna ¿Es pecado criticar en privado?, pero dada la situación del paro y el toque de queda, presenta este nuevo texto a sus lectores. Lea la columna que aparece en la edición impresa: 


¿Es pecado criticar en privado?

Ahora resultan más graves las revelaciones obtenidas de forma ilegal que el histórico oso planetario de las fotos falsas en la ONU. 

El nuevo ministro de Defensa estará frotándose las manos, celebrando el papayazo que le brindó el delincuente que chuzó la famosa conversación privada. Expertos de inteligencia barajan la hipótesis, entre otras, de que grabaron desde el celular de uno de los dos, tras infectar el teléfono con un virus. Lo sorprendente es la escasa importancia que dan a que alguien tenga acceso ilícito a lo que hablen un embajador o un ministro. En otro país sería gravísimo.

No creo que Carlos Holmes Trujillo, el miembro del gabinete más cercano al presidente Duque, quiera tragarse el sapo de que Pacho Santos, rival en las primarias de hace unos años, lo tilde de incompetente y deje al descubierto que no es el dirigente eficaz que venden. Peor ahora, que está al frente del chicharrón de Defensa, donde desembarcó sin conocer lo más mínimo la Colombia de zonas rojas ni el universo castrense en un momento de recrudecimiento del conflicto en varias zonas del país. Porque nadie está inventando guerras, como algunos en Bogotá aseguran, por desgracia existen aunque desde algunas burbujas cachacas no las avisten.

Tampoco encuentro nada imprudente, oscuro o erróneo de  la reunión que no duró más de media hora, puesto que Blum viajaba, celebrada en un salón aislado de un hotel. El embajador se limitó a explicar a la ministra, en tono coloquial, el panorama que enfrentará en Estados Unidos y la manera de gestionar mejor las relaciones con la estrambótica Casa Blanca.

Era lógico, por tanto, que criticara la labor de Botero y Trujillo, que consideraba incompetente, para que su jefa comprendiera la necesidad de cambiar el rumbo.

¿Qué dijo que no fuera cierto? ¿Que el excanciller no tenía estrategia? ¿Que está haciendo política? Él mismo anunció en una conferencia que quería ser presidente. En cuanto a Botero, bastante moderados fueron los comentarios para el desastre de su gestión. No entiendo por qué debían endulzar las opiniones respecto a ambos si la única intención era suplir sus carencias.

Ahora resultan más graves las revelaciones obtenidas de forma ilegal que el histórico oso planetario de las fotos falsas en la ONU.

Por eso encontré sorprendente las diatribas de algunos colegas contra Pacho Santos y Blum por “la deslealtad” de criticar en una conversación, estrictamente privada, la labor de ministros con los que tuvo que lidiar. Creo que confunden fidelidad y lealtad con lambonería extrema.

El embajador sí cometió el pecado de no manifestar sus quejas ante Duque, así resultara molesto. Pero no sé qué tiene de malo comentarlas a quien debe llevar las riendas de la política exterior, es decir, lavar la ropa en casa para que después luzca limpia en público.

Una cosa más sobre el aspecto doméstico de la conversa. ¿Se imaginan las tramas sucias, las componendas, las traiciones, las repartijas de cargos que escucharíamos si uno de los interlocutores en lugar de ese embajador, que es cero politiquero, fuese su primo?  

Tampoco comprendo la importancia que le concedió el presidente. Ahora resultan  más graves las revelaciones obtenidas de forma ilegal que el histórico oso planetario de las fotos falsas en la ONU. Le sometieron al ridículo más espantoso, perdió fuerza la importante denuncia de la complicidad de Maduro con el ELN y, sin embargo, no tocó un pelo de los dos ministros responsables, solo cortaron la cabeza más débil.

En cuanto al Departamento de Estado, seguro que ni rechista, practican lo mismo, es parte de su misión, como WikiLeaks dejó al descubierto. Cosa distinta sería si Trump se molestara, ahí su situación sería insostenible. Pero ese mono loco es impredecible y puede traerle al fresco. Él mismo insultó a Tillerson, ex secretario de Estado: “Es más tonto que una piedra”.

Lo más grave del incidente es la grabación con un medio ilícito. Podrán alegar que se trata de funcionarios públicos sin derecho a privacidad alguna, ni para ir al baño. Lo mismo opinaron en el caso de Juan Pablo Bieri, grabado por una subalterna sin ética ni escrúpulos.

Creo que no dimensionan las consecuencias del absoluto desprecio a la privacidad, avalar que cualquiera pueda irrumpir en nuestras vidas con total impunidad. Cada día estamos más expuestos ante la mezcla de tecnología y personas de mente delincuencial e intereses inconfesables. Si no nos imponemos límites, empezando por los éticos, no habrá quien resista. Todos hablamos cosas que no quisiéramos ver difundidas.

Juan Manuel Santos instauró la norma de entrar a su oficina sin celulares en las reuniones de Palacio, porque no se podía fiar de nadie ni hacer público el manejo de su tarrito de mermelada. Y lo comprendo. Porque ni aún siendo decente y hablando con sinceridad de tu trabajo, con alguien de tu confianza, en un lugar discreto y solitario, estás a salvo. 

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Mientras la sinfonía de la protesta sigue en las calles, la conversación nacional en su primera semana entró en un paréntesis. ¿Cómo rectificar el rumbo?

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