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Opinión

  • | 1999/10/25 00:00

    POLVAREDAS

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Vaya polvareda _literalmente_ LA que armó D'Artagnan con su columna sobre el supuesto
affaire entre el presidente Pastrana y la bella María José Barraza. Pero, la verdad, era más que previsible.
Esos artículos de opinión, chismosos y libidinosamente sugestivos, que intentan explorar con linterna la vida
privada de los políticos son como un pedazo de carne fresca que se le bota a un nido de tiburones. Retomo
el tema no tanto por la carnada, sin duda atractiva, sino porque el debate sobre hasta dónde deben llegar los
medios de comunicación en informar sobre la intimidad de las figuras públicas, aunque trató saltar de la
cama, se enredó en las cobijas. Para nadie es un secreto que la política, los medios y las cobijas tienen un
denominador común: el poder. Pero si, como dice Kissinger, el poder es el mejor de los afrodisíacos, los
medios se han vuelto los más insoportables aguafiestas. De tal forma que mientras la política y el sexo se
atraen como dos imanes gigantescos por aquel magnetismo irresistible del poder, los medios _que también
se alimentan de esa peligrosa triangulación_ se encargan de destruir esa atracción fatal volviéndola
pública por razones económicas.Es una de las consecuencias de la globalización (¡helas!). Hoy, más que
ayer, la gente se entera de lo que hace el prójimo. Y bueno o malo, la órbita de la intimidad se ha visto
forzosamente reducida. En particular el núcleo privado de los personajes públicos a los que la era de la
información ha erigido en verdaderas figuras míticas. La vida de Lady Di, la Nefertiti digital,
transcurrió frente al indiscreto e incisivo lente de los paparazzi. Y el incidente de su trágica muerte ha
llevado a que actualmente se discuta en Francia una ley tan extrema como nociva que antepone el
derecho a la imagen individual sobre el derecho a la información. Extrema, porque no se puede meter en el
mismo costal a un ciudadano común que reclama porque su foto fue publicada en un diario sin su
consentimiento (haciendo pipí en la calle, supongamos) a que lo haga, por ejemplo, un ex presidente. Y
nociva porque es una clara forma de censura. Con dicha ley no se hubiera podido divulgar, por ejemplo, la
foto de Robert Kennedy agonizando en un hotel de Los Angeles o las imágenes de colombianos
llorando a los familiares que les arrebató la violencia. Pero la discusión va mucho más allá del derecho a la
imagen o al luto. Plantea también una fricción permanente entre los derechos a la honra y el buen nombre,
que son fundamentales para el libre desarrollo de la personalidad, y el derecho a la información, que es
cosustancial a la democracia. Por eso la pregunta de fondo es ¿hasta dónde llega la intimidad de las figuras
públicas y dónde comienza el derecho de la sociedad a estar bien y oportunamente informada? La línea es
más difícil de trazar de lo que parece. Uno pensaría que todo lo que ocurre dentro del hogar hace parte de la
intimidad, así sea un ministro. Pero no. Que lo diga el ex ministro de Defensa británico John Profumo, a
quien nadie le hubiera reprochado que se llevara a su casa a la cabaretera Christine Keller de no ser porque
ella era también amante de un agregado naval soviético en plena guerra fría. Los 'polvos' clandestinos de
Profumo, por muy íntimos que fueran, estaban poniendo a tambalear la seguridad nacional de Gran Bretaña.El
caso Profumo dejó una lección: cuando lo que sucede en la intimidad afecta el interés público se tienen que
abrir las compuertas que protegen los derechos individuales para entrar a defender los intereses colectivos.
Esto queda bastante claro en los casos de espionaje. ¿Pero qué pasa cuando los criterios pertenecen
estrictamente a la esfera de la moral? ¿Es legítimo, por ejemplo, denunciar públicamente a un presidente
por mujeriego, alcohólico o gay so pretexto de que la vida privada de los gobernantes tiene que ser un
ejemplo para el resto de la sociedad? Si los directores de periódicos de los años 30 hubieran comulgado con
esa línea editorial, quizá no hubieran dejado posesionar a Churchill (adicto al whisky) ni a Roosevelt (irredento
seductor clandestino). Y, quien quita, quizá hubieran exaltado la vida personal de Hitler, mucho más ejemplar
que la de sus encarnizados rivales de batalla. El meollo está en que lo que ocurra en la vida privada de los
gobernantes no perjudique el ejercicio de los asuntos públicos. No debe importar, por tanto, si nuestro
presidente es gay, agnóstico o fumó marihuana; si debe preocupar si padece de Alzheimer. Las
sociedades de fin de siglo ya no son tan sensibles frente al tema moral en la vida pública (como quedó
demostrado con la reacción de la opinión más puritana del mundo con las aventuras sexuales de Clinton) pero
sí lo son, y cada vez más, frente a la conducta ética de sus políticos.
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