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Ruidos contra la democracia

Afortunadamente, Colombia es una de las democracias más consolidadas, no solamente de América del Sur, sino del mundo.

Angelino Garzón
7 de marzo de 2024

Estamos viviendo extraños tiempos que nos enajenan de nosotros mismos y de los demás y que se basan en el ruido, la hipérbole, la desmesura de todo lo que tiene que ver con la política, apartándonos con frecuencia e interesadamente de la realidad y objetividad de los hechos.

El soporte de esa exageración de lo cotidiano es la palabra descalificadora, un lenguaje lacerante que trata de ignorar al de enfrente, al opositor, al diferente. Ese lenguaje del insulto utiliza vocablos, conceptos que tienen que ver más con las emociones que con las razones, lo que provoca estados instantáneos emocionales a flor de piel que se disipan y olvidan con otros que inmediatamente se crean, se fabrican. La emoción, por tanto, anula la razón e impide la reflexión individual y colectiva.

En estas estamos. Un supuesto discurso en el que lo negativo es la constante y la base para infundir miedo es el gran truco para acogotar las mentes, para impedirnos pensar y, de ese modo, ser reos de quienes están, a sabiendas, ejerciendo ese poder, el poder del ruido, de la noticia falsa y de la exageración, en beneficio propio y sin importar el daño ajeno. Como recientemente expliqué en otra columna, “los miedos atrapan los sueños”. He aquí un elemento que enfrentar para evitar una erosión seria de la democracia.

Los agoreros que propagan el apocalipsis, la debacle en los actos más elementales de la vida, los que exageran el desacierto y evitan alabanzas para el acierto, los que acuden a la defensa intransigente de ciertos valores que ellos mismos deciden, saben bien lo que hacen. Saben perfectamente que, bajo el estado del miedo, del sometimiento, de la confusión, pueden lograr más fácilmente sus propósitos e intereses: una tremenda y aniquiladora paradoja, puesto que, según ellos, lo que están tratando de conseguir son los más altos niveles de libertad. He aquí, pues, la gran mentira que esconde esa virtual (que no virtuosa) verdad. Como diría Tocqueville, pensador, jurista, político e historiador francés, una idea falsa, simple y bien explicada, tendrá más poder que una verdadera pero compleja y, por tanto, más trabajosa de explicar.

Afortunadamente, Colombia es una de las democracias más consolidadas, no solamente de América del Sur, sino del mundo. Ni exagero ni debemos olvidar esto frente a quienes pretenden con sus discursos de la exageración, la descalificación, la desinformación y el miedo meternos en un estado individual y colectivo de bloqueo que nos incapacite.

No es la primera vez que este fenómeno cíclico sucede y es igual de cierto que, cuando lo hace, siempre provoca dolor, inquietud y angustias en las sociedades. Debemos ser conscientes de ello y, sabiéndolo, debemos unirnos más que nunca, a pesar de nuestras diferencias para, cuanto antes, alejar esa especie de caballo del apocalipsis que ciertos interesados jinetes se empeñan en cabalgar consciente o inconscientemente.

Es curioso, amargamente curioso, que en Colombia, desde los más diversos sectores políticos y sociales, no estemos contribuyendo decididamente a una cultura de la solidaridad y del goce con los éxitos de otros, sino a la promoción de la cultura de los odios, de la polarización y no se abogue por desinflar discursos descalificadores, irreflexivos, que sólo añaden combustible e impiden la reconciliación en Colombia.

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