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Opinión

  • | 2018/02/24 22:27

    Si gana Petro me voy del país...

    Se nos viene la Colombia Humana: un remedo de la revolución chavista en la cual Hollman Morris hará las veces de Maduro y Gustavo Bolívar de Diosdado Cabello, aquel personajillo del régimen venezolano que tiene nombre de milagroso ungüento capilar.

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Mi mujer me encontró metiendo a la fuerza los últimos pares de zapatos en la maleta, mientras observaba el noticiero. Ya había empacado en un baúl media biblioteca, y en diversas cajas de cartón, la vajilla, los juguetes de las niñas, y aún mis enseres de belleza: ungüentos capilares, pelucas y dos fajas. Faltaban los zapatos. Y los apiñaba en una maleta, sin misericordia alguna, cuando mi mujer –retomo– llegó a la casa.

–¿Y eso? –me preguntó, asombrada.

–Es lo último que nos falta: los empaco y nos vamos…

–¿Y como a dónde o qué? –respondió, seria–: si yo no tengo vacaciones…

Y era cierto: aprovechando el extenso tiempo que le queda por delante al gobierno Justo, Moderno y Seguro de Juan Manuel Santos, mi mujer, con gran olfato estratégico, hizo su ingreso triunfal a la nómina del Estado hace un par de meses, a lo mejor para gozar de los altos índices de popularidad del actual mandato. Porque el presidente no está solo, que quede claro. Para demostrarlo, hace poco se tomó una fotografía en la cama presidencial rodeado de todas sus mascotas, a excepción de Gabriel Silva. Duerme con media docena de perros. A Tutina –supone uno– le toca acostarse en el suelo.

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–No nos vamos de vacaciones –le aclaré–: nos vamos del país; ¿no te das cuenta de que Petro puntea en las encuestas y esto se va a convertir en otra Venezuela?

–¿Y como a dónde tienes contemplado huir? –preguntó, desdeñosa.

–A dónde sea: aun a Venezuela.

Y así es. En cualquier momento se nos viene la Colombia Humana: un remedo de la revolución chavista en la cual Hollman Morris hará las veces de Maduro y Gustavo Bolívar de Diosdado Cabello, aquel personajillo del régimen venezolano que tiene nombre de milagroso ungüento capilar. He debido empacarlo en mis enseres de belleza.

–¡Empaca tus cosas! –le rogué–: salgamos corriendo, y mañana mandas un mail a tu estimado sucesor.

Parecía exagerar, pero no exageraba. No en vano, el periodista Luis Carlos Vélez advirtió en un trino que mucha gente está contemplando el exilio. Y yo no pienso ser menos que nadie.

¿Cómo será el gobierno del hijo del pueblo, del sexto mejor caudillo del mundo? ¿Qué micos colará en su constituyente? ¿Dará subsidios para canelazos? ¿Cuántas horas durarán los ministros en sus cargos antes de que renuncien por motivos personales? Y de otra parte: ¿dónde está el pollo de Uribe, por dios, para atajarlo? ¿Dónde está Uribe, siquiera, que ahora salta de escándalo en escándalo? En el último episodio, su voz quedó registrada en el teléfono de unos sospechosos a los que los organismos del Estado tenían interceptados; en aquella llamada legó a la posteridad su frase de prócer que relumbrará en los libros de historia del futuro al lado de “Si las armas os dieron la independencia, las leyes os darán la libertad” y “deber antes que vida”. Dijo:

–Esta llamada la están escuchando esos hijueputas…

Hablaba como si estuviera pidiendo un domicilio y le advirtieran que, para mejorar la calidad del servicio, lo iban a grabar.

Pero nadie había pedido domicilio. Y nadie parecía capaz de hacer contrapeso a Petro. Tampoco Humberto de la Calle, que revirtió la triste imagen que pretendían endilgarle por aparecer solitario ante una cerveza, con una campaña digital en que invitaba a tomarse una pola con él. Me apunto. Me tomo una pola con De la Calle. Y no solo una: me tomo varias, me tomo un petaco. Con De La Calle e incluso con Clarita López, ya qué diablos: solo se vive una vez. Quiero beber, beber y olvidar. El país no es viable. La cultura mafiosa lo absorbe. Hugo Aguilar cae por manejar un Porsche; el doctor Bojanini se estrella en su McLaren; Abelardo de la Espriella se toma fotos en su jet privado. El único gesto austero lo está propiciando el propio senador Uribe, que está rifando tres caballos de paso, sus tres huevitos. Cada uno vale ochenta millones. Ya compré mi boleta; si me los gano, los vendo –se los vendo a Uribe– y financio un estilo de vida sencillo, de líder socialista: me compro unos zapatos Ferragamo y una casa en Santa Ana de Chía, y me lanzo a la Presidencia para asustar a todo el mundo.

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O saco todo el dinero del país, por si sube Petro, como le comentaba a mi mujer:

–¡Si hasta la moneda virtual de Venezuela se llama como él! –clamé.

–No alcancé a hacer comida –me respondió sin prestarme la más mínima atención, como de costumbre, porque los funcionarios de este gobierno no oyen–: ¿pedimos un pollo?

–No, porque nos graban esos hachepés.

Mientras embutía el último par de Crocs en la maleta, en el noticiero informaban que en Soacha estaban saqueando los supermercados.

Y entonces comprendí que si huíamos a Venezuela, también corríamos el riesgo de que Venezuela se convirtiera en otra Colombia: con venezolanos que deben dormir en las plazas, como en Cúcuta; niños que se mueren de hambre, como en La Guajira, y saqueos en los supermercados, como en Soacha.
Y en ese momento decidí ahorrarme la fatiga, y desempaqué las maletas. El pollo llegó a la media hora. Me lo comí con una pola, en honor a De La Calle. O una agria, en honor a Clarita López. Y esa noche dormí en el suelo, en honor a Tutina.

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