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Jorge Enrique Vélez, columnista invitado
Jorge Enrique Vélez, columnista invitado - Foto: SEMANA

Un país sin campesinos

Según la encuesta de calidad de vida realizada por el Dane en 2019, solo el 32 % de los colombianos se identifica subjetivamente como campesina, de los cuales, el 35,1 % de los campesinos son mayores de 65 años.

Por: Jorge Enrique Vélez

Es bastante meritorio que existan varias propuestas del actual gobierno, relacionadas con el sector de la agricultura, para implementar en los próximos cuatro años. Estar o no de acuerdo con ellas es un tema, pero otro, fundamental a evaluar, es el de quiénes son los actores involucrados para llevarlas a cabo de manera satisfactoria.

Lastimosamente, la ministra de Agricultura, que es la cabeza de todas las propuestas, ha pensado en todo menos en el actor principal: el campesino.

Importante dar unas cifras para contextualizar al lector: según la encuesta de calidad de vida realizada por el Dane en 2019, solo el 32 % de los colombianos se identifica subjetivamente como campesina, de los cuales, el 35,1 % de los campesinos son mayores de 65 años. Resaltando, con gran preocupación, que apenas un poco más del 24 % de estos son menores de 25 años.

Con base en estos datos podemos evidenciar que nuestros campesinos están en proceso de envejecimiento, por lo cual es importante establecer una política efectiva para que los campesinos jóvenes, que abandonaron el campo, regresen a este.

Esta generación debe contar con garantías en materia de cobertura en educación, ya que, por ejemplo, para la población mayor de 65 años, casi el 60 % tiene básica primaria como máximo nivel educativo y apenas el 10,9 % de la población joven, menor de 25 años, cuenta con educación superior, que incluye técnica y tecnología.

Además de educación, se debe ampliar la cobertura en salud, en que la mayoría de las zonas rurales cuentan con escasos hospitales y se deben mejorar los salarios y garantizar unas condiciones laborales justas y apegadas a la ley.

Cuando observamos los programas liderados por la ministra de agricultura, casi monotemáticos, que giran en torno a la productividad de la tierra, me surgen un par de preguntas que quiero compartir con ustedes:

¿Creen que en Colombia hay la cantidad suficiente de campesinos jóvenes para que estos programas duren en el tiempo?

¿Creen ustedes que, con la falta de oportunidades y garantías, y con la poca calidad de vida en el campo, los jóvenes que migraron a las grandes ciudades, van a querer volver a la vida rural?

Hay un precepto muy atractivo en las políticas promovidas por el nuevo gobierno y es convertir a Colombia en una potencia mundial de alimentos. Se basa en beneficiar a toda la población, especialmente la rural, pero no hay una sola mención de cómo se hará, es decir, no se están tomando como punto de partida la base fundamental para hacerlo: el capital humano.

Pero no me puedo quedar dando un diagnóstico o criticando unas políticas sin dar algunas ideas que en Colombia, y en el mundo, son exitosas y han generado no solo desarrollo en el campo, sino un sentido de pertenencia a los jóvenes trabajadores de este, para -además de trabajarlo- hacerlo su profesión con resultados económicos importantes.

El primero es el de los Kibutzim. Hace más de un siglo, unas comunidades dentro de lo que hoy es el Estado de Israel se organizaron con el fin de que la colectividad logre su propio sustento, lo que implica, per se, el control de la agricultura y la productividad de la tierra.

Si bien los Kibutzim tienen un origen y un motivo de existencia basados en un contexto muy particular de los inicios del siglo XX, lo que hay que destacar y tomar como referencia son factores en los que, evidentemente, falla el campo colombiano: una política de empleo global, rotación de actividades para la formación integral de las personas que lo componen, salarios justos, condiciones de vida dignas y un potenciamiento a la calidad y al nivel educativo de sus trabajadores.

Pero no nos tenemos que ir tan lejos. En Colombia hay una experiencia exitosa que debería ser replicada y es la que lidera la Universidad de la Salle. Este proyecto es denominado Utopía.

Tuve la oportunidad de conocerlo hace algunos años y debería ser usado como referente por este y los próximos gobiernos. Su objetivo es generar oportunidades educativas y productivas para jóvenes campesinos, que, además, han sido víctimas de la violencia y la exclusión social.

Allí se dictan programas de alta calidad para jóvenes rurales, formándolos como ingenieros agrónomos e incentivándolos a ser líderes en su territorio para la transformación social y para la empresarización productiva del campo.

Dentro de sus logros más significativos están:

-Único campus universitario rural en el país, ubicado en Yopal.

-Todos los estudiantes son becados para matrícula, alimentación y alojamiento.

-Y el más importante es que sus estudiantes graduados regresan a sus zonas de origen para poner en marcha un proceso productivo.

El futuro del campo y su productividad solo será viable si las nuevas generaciones forman parte de él.