ÁNGEL PÉREZ

En la crisis es inmoral no privilegiar a los niños

Durante el tiempo que persista la crisis producida por el Covid-19, la primera gran preocupación de la sociedad y del Estado debería ser la protección y el cuidado de los niños y los adolescentes.

Ángel Pérez
20 de abril de 2020

Es de conocimiento general que en Colombia la mayoría de los niños son excluidos desde la cuna; lo más duro es aceptar que de acuerdo con la política social de este país, en el transcurso de su vida, para la inmensa mayoría de estos niños no ocurrirá nada excepcional que les ayude a cerrar la brecha social; al contrario, el sistema educativo, las políticas económicas y las crisis sociales o de la familia contribuirán a ampliar dicha brecha.

El Código de la Infancia y la Adolescencia define a los niños como las personas que tienen entre 0 y 12 años. De acuerdo con las proyecciones de población del DANE, en el año 2020 en el país viven 10.249.288 niños. De ellos, siguiendo los índices de pobreza multidimensional (19,6%) o de ingresos (27%), se puede afirmar que por lo menos 2.500.000 niños viven en condiciones de pobreza, situación que puede ser mayor, los hogares con menos ingresos tienen tasas de natalidad más altas y concentran la mayor cantidad de niños. El porcentaje de pobres se incrementa 2,9 veces en las zonas rurales, de tal forma que la pobreza multidimensional es del 14% en centros poblados y del 40% en las zonas rurales. 

De cualquier forma, resulta inmoral el hecho de que en nuestro país por cada 4 niños hay uno que vive en condiciones de pobreza, situación que en las zonas rurales y en los barrios deprimidos de las grandes ciudades, pasa a que por cada 4 niños 2 viven en condiciones de pobreza. 

Los gobiernos y quienes elaboran o asesoran las políticas públicas tienen evidencia, a través de diversos estudios, sobre cómo la pobreza puede provocar niños menos saludables, con efectos o daños cognitivos y emocionales; que la pobreza es un camino que abona decisiones al interior de la familia para aceptar y hasta promover la deserción de estos niños cuando sean adolescentes, hecho que empieza con el ausentismo escolar, los malos resultados educativos, la repitencia y el posterior abandono del colegio. 

También sabemos que estos adolescentes que se retiran de la escuela, entre los 13 y los 16 años, cuando sean adultos tendrán menos ingresos, mayor probabilidad de embarazo juvenil y podrán caer en la ilegalidad con más facilidad. Nada nuevo, verdad, por eso es inmoral ¿cómo aceptamos estas condiciones de pobreza de los niños y hacemos tan poco para cambiarlas? es más, con las decisiones de los adultos ampliamos la diferencia con la que nacen los niños pobres, basta observar los recursos y resultados de los sistemas educativos público y privado.

El problema con la tragedia producida por el Covid-19 es que los niños que viven en condiciones de pobreza se van a incrementar, en este momento, una buena parte de ellos están pasando a la pobreza extrema. Los gobiernos locales, departamentales y nacional deben aceptar que mientras dure la crisis, y más allá, estos niños no tendrán ni siquiera acceso a los nutrientes básicos; además, muchos de ellos permanecen en encierros inadmisibles; más de 3 niños y varios adultos enclaustrados en uno o dos cuartos, donde ellos no tienen voz y no pueden jugar; más de 2 millones de niños y adolescentes entre 4 y 16 años verán detenido su proceso educativo, por falta de un computador o de un teléfono o acceso a datos, un padre con hambre no gastará 3 mil pesos en cargar datos para su celular, con el propósito de recibir una guía o una indicación educativa para su hijo que con esmero y cuidado preparó un profesor.

Recordemos que, en condiciones normales, la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (2015) encontró que la desnutrición crónica en menores de 5 años o retraso en talla era del 10,8% y que 1 de cada 3 niños indígenas sufría desnutrición crónica, proporción tres veces mayor que el promedio nacional; además que el 17,4% de las adolescentes entre 15-19 años ya eran madres o están embarazadas. La crisis producida por la pandemia puede agravar esta situación de los niños y adolescentes del país. 

La tragedia del coronavirus nos ha puesto en diversos dilemas no imaginados por la humanidad, sobre ¿qué hacer? ¿cómo actuar? y ¿a quién priorizar? por ahora prima la discusión por la vida y la salud, eso está bien; en la última semana empezó el tema económico y sus enormes dificultades ¿cómo reactivar? En cambio, con los niños pareciera que ya existe un acuerdo: los niños serán los últimos, ellos para septiembre dicen los europeos, cuando, quizás, podrán retornar a sus escuelas. 

Los gobernantes territoriales y el presidente, así como los empresarios, banqueros y en general los adultos, deberían reconocer que los niños no tienen voz, los padres de familia más pobres tampoco, en el fondo los adultos luchan por sus intereses, por ejemplo, en Francia los adultos de más de 70 años protestaron frente al encierro con la denominada  “rebelión de las canas” y lograron que el Presidente de Francia reculará en la prolongación del confinamiento de los mayores.

Pregunto: durante la crisis y más allá ¿por qué no priorizar la atención y ayuda económica a las familias pobres que tengan niños entre 0 y 12 años? Estas familias deberían recibir un poco más y empezar con las familias rurales y las madres cabeza de hogar: Una política pública que surge de la crisis para garantizar que ningún niño tendrá hambre, nunca más, esta sería una acción humana con el mayor valor moral; además, nos permitiría cumplir con los acuerdos internacionales, los preceptos constitucionales y las leyes que sostienen que los niños gozan de derechos prioritarios. 

También, pregunto, durante la crisis por qué no pensamos en la vida de los niños, en las condiciones del encierro y en aquellos que sufren; por ejemplo ¿quiénes tienen problemas de salud o padecen hacinamiento? ¿cuándo se programará para que por grupos de edades u otra clasificación, los niños, con todos los elementos de protección, puedan salir, aunque sea una hora diaria, a los parques del barrio, a caminar o a ciclo-rutas programadas para tal fin. Acepto, no es fácil, pero los niños deben tener prioridad en las políticas públicas y en las decisiones de los adultos, más en tiempo de crisis.