ÁNGEL PÉREZ

La crisis desnuda el sin sentido humano

La crisis producida por el Covid-19 refuerza la sospecha que nuestra generación, si no somos capaces de dar un giro radical en favor del desarrollo humano, no será capaz de garantizar mejor calidad de vida a la generación siguiente.

Ángel Pérez
13 de abril de 2020

No hay duda que el sistema capitalista, entre los siglos XIX y XX,  fue fundamental para incrementar las productividades y la eficiencia de la economía, hecho que condujo a mejorar la calidad de vida de manera sucesiva, para la generación siguiente; sin embargo, en los últimos cuarenta años el sistema aunque no se detuvo en términos de innovación y productividad, si produjo un retroceso en los avances alcanzados para la vida de los seres humanos en términos de libertad, equidad y sobre todo en las oportunidades de progreso social. 

Este retroceso se debe a que los Estados fueron capturados para favorecer las reglas y los valores de los dueños del capital; los avances y progresos que permitieron la disminución de la pobreza, obnubilaron la discusión crítica sobre los peligros de la concentración de la riqueza; se impuso el populismo de derecha y sus valores antiéticos,  más vinculados a que la población cumpla sus deberes, así se estén muriendo de hambre, a que los ricos paguen menos impuestos y las clases medias participen con más recursos para financiar la política social; los pobres que se defiendan como puedan, es decir que acepten trabajos por horas, a destajo y en la informalidad, entre menos programas sociales existan mejor. 

En esencia los Estados y los gobiernos perdieron el objetivo central de luchar por equidad, por la distribución de la riqueza y de la protección de los que menos oportunidades tienen. En el siglo XXI se protege y se defienden los intereses de los poderosos, en defensa del gran capital, los impuestos para ellos disminuyeron en casi todos los países, lo peor es que lograron que eso sea bien visto y hasta cuente con apoyo popular, el mundo al revés.  

A nivel global, según el informe de Oxfam para el 2018, la mitad más pobre de la humanidad vio disminuir su riqueza en un 11%, en cambio los multimillonarios aumentaron su riqueza en un 12%. La concentración de la riqueza global es de tal dimensión que las 26 personas más ricas del mundo poseían 1,4 trillones de dólares, tanto como los 3.800 millones de personas más pobres. 

A propósito de los terribles efectos que ha tenido el Covid-19 en los Estados Unidos, un muy buen artículo del New York Times reveló tres datos que muestran como los avances sociales en Estados Unidos, el país top del sistema, se detuvieron y afectaron la calidad de vida de las personas y las libertades alcanzadas, hasta los años ochenta del siglo pasado, recordemos que las libertades constitucionales o normativas sin posibilidades reales para ejercerlas no existen. El primer dato señala que Estados Unidos concentró su riqueza, durante la última década, hasta llegar a que el uno por ciento de los hogares supera la riqueza combinada del ochenta por ciento de los hogares con menores ingresos; segundo, los estadounidenses nacidos en 1940 cuando cumplieron 30 años de edad, más del 90 por ciento de ellos recibían más ingresos que sus padres a la misma edad, situación muy diferente para los nacidos en 1980, cuando solo la mitad de quienes cumplieron 30 años ganaban más que sus padres; y tercero, un americano en la mitad de su edad ubicado en el más alto nivel de los estratos puede esperar vivir 13 años más que una persona en el más bajo de dichos estratos.

En Colombia la concentración de la riqueza es peor, además de tener uno de los Gini más altos de América Latina, Salomón Kalmanovitz, cita el estudio de Luis Jorge Garay y Jorge Espitia, La dinámica de las desigualdades en Colombia (2019), para señalar que ellos encontraron “índices de concentración que son difíciles de imaginar: un pequeño puñado de empresas concentran el 94 % del patrimonio de todas las contribuyentes y pocas personas concentran el 53 % de la riqueza”

En el mismo sentido, la nota macroeconómica No 9  de la facultad de Economía de la Universidad de los Andes destaca la altísima informalidad del mercado laboral de Colombia, por ejemplo, cuando se mide por la “pertenencia al régimen subsidiado de salud, cerca de 22.8 millones de personas pertenecen a hogares que dependen de actividades informales… y 7 de cada 10 trabajadores no contribuyen al sistema de seguridad social en salud ni en pensiones”, los más pobres no tiene ingresos para pagar su seguridad social.

La informalidad conlleva, la mayoría de las veces, a que la subsistencia y el bienestar de la familia se juega día a día, se trabaja y se gana para subsistir, acá no hay seguridad social, ni garantías de ningún tipo, en caso de que ocurran tragedias individuales, familiares o sociales, como la del coronavirus del 2019. Tragedias vinculadas a desempleo, problemas de salud y cierre de pequeñas unidades productivas o de comercio o servicios ocurren a diario, a nadie le importa, eso si estamos enterados del número de indigentes y de pobres vía DANE.  Acaso alguien se preocupa, en países como Colombia, por los traumas que de largo plazo sufren los hijos, cuando los padres pierden el trabajo y sus ingresos, piensen en los efectos en el desarrollo físico, en el proceso educativo y en lo emocional de los niños y adolescentes. 

Igual sucede en Estados Unidos, en el artículo citado del New York Times, se sostiene que millones de niños carecen de acceso confiable a internet, en el proceso de virtualidad educativa, el director de una escuela secundaria en Phoenix encontró a tres estudiantes acurrucados debajo de una manta afuera del edificio, en un día lluvioso, ellos usaban la red inalámbrica de la escuela para completar un trabajo escolar porque no se podían conectar desde sus hogares.

La crisis puede ser una oportunidad para que la humanidad vuelva a luchar, desde la democracia, para que los Estados regulen la economía y distribuyan la riqueza con equidad, que aceptemos que el crecimiento económico sin progreso social no tiene sentido humano y que al final dependemos del otro, o de los otros, para subsistir, por eso nos conviene que a todos nos vaya bien en la vida.