opinión

La gran lección que nos dio la covid–19

En el proceso de manejar este letal virus nos hemos encontrado, de una manera frontal, con la realidad de lo que se ha construido durante los recién cumplidos 200 años de vida republicana.

Por: Alfredo Ceballos Ramírez

Para prevenir el colapso de nuestra limitada capacidad hospitalaria y reducir el riesgo de tener una gran cantidad de contagiados sin atención médica, se optó por emprender unas acciones defensivas: una orden gubernamental de aislamiento social obligatorio y de suspensión de todas las actividades laborales y productivas que no fueran indispensables para mantener el suministro de alimentos y los servicios públicos y de salud, entre otros.

No se trata de la fácil posición de criticar a posteriori. Es cuestión de identificar algunas lecciones que deja el manejo de esta inesperada pandemia. Es conocido que en las épocas de crisis es cuando se revelan las fortalezas y debilidades. Como en los quebrantos de salud, en los que la gravedad de los síntomas dependen del grado de fragilidad del enfermo. , y en especial, durante los últimos 60 años de políticas sociales y económicas guiadas por las luces de muy ilustrados y bien intencionados expertos, nacionales y extranjeros, con las más distinguidas trayectorias académicas.

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Una de las más dramáticas ha sido nuestra incapacidad de generar las suficientes oportunidades de empleo a nuestros compatriotas. Aproximadamente la mitad de los ocupados lo hacen en los cruces de las calles y en sus andenes, rebuscando satisfacer sus necesidades diarias. De otro lado, alrededor del 80% de los más afortunados con empleos formales, laboran en mipymes, que son la inmensa mayoría de nuestras empresas. Cuando a los primeros se les ordena evacuar el domicilio donde ejercen sus actividades y a los segundos se les priva de sus fuentes de ingreso, no debe sorprender que en unas pocas semanas se hayan perdido algo más de cinco millones de empleos.

La mayoría de las empresas de nuestro aparato productivo están constituidas por micro, pequeñas y medianas unidades productivas dedicadas a servir a unas clientelas parroquiales y con unas limitadas capacidades tecnológicas y productivas que no permiten competir a escala global. Por ello, los intentos para mejorar la productividad son infructuosos y nuestras exportaciones se fundamentan en los bienes primarios que nos brinda la madre tierra.

No debe tampoco sorprender que el anuncio de los efectos de una reducción de la demanda de petróleo haya devaluado nuestra frágil moneda y encarecido nuestras importaciones, en especial, las que se necesitan para suplir nuestra limitada producción de ciertos alimentos, entre ellos maíz y trigo. Tal vez estos sean los más notorios síntomas que ha revelado esta cuarentena. Pero son muchos más. Algunos se podrían sugerir en unas pocas líneas.

La propiedad de los bienes y la seguridad de las vidas de los ciudadanos se ven amenazadas a diario. Los robos de los bienes, bajo amenazas contra la vida, pululan en las calles y hasta en los medios de transporte. El sistema judicial sigue a la espera de una reforma y de que la muy recomendada transformación digital se asome a sus despachos y empiece a ahuyentar los demonios de la ineficiencia y su escondida corrupción. Mientras llega, los empleados de la rama judicial recurren a los paros para pedir más recursos y mejores compensaciones. A los que logra juzgar y condenar los envía a unas cárceles tan hacinadas de presos como de corrupción.

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Los calvarios y las colas para obtener los servicios de salud y las eternas crisis financieras de las que prestan esos servicios, conforman una precaria estructura hospitalaria. Los maestros de millones de niños protestan en búsqueda de mejores condiciones laborales mientras que los entes de control luchan por descubrir y condenar a quienes se roban los almuerzos escolares. Por su parte, los universitarios promueven sus paros para protestar por el derrumbe de las estructuras físicas de sus claustros y reclaman más recursos para ampliarlos y modernizarlos, pues son indispensables para impartir una educación presencial, cada día más obsoleta. Al mismo tiempo la fronda burocrática, con salarios y prebendas subiendo en ascensor, crece de manera ininterrumpida, constituyendo una clase privilegiada, que con sus exorbitantes compensaciones contribuye a agravar nuestro ya vergonzoso nivel de desigualdad.

Toda esta masiva demanda por recursos del Estado volvió rutina el trámite de las recurrentes reformas tributarias para llenar los bolsillos rotos del gasto gubernamental entre el que, con frecuencia, se camuflan los bolsillos sin fondo de los corruptos. Al mismo tiempo que crecen los impuestos lo hace el endeudamiento; se volvió corriente el expediente de completar los recursos de las reformas tributarias con endeudamiento. Así, antes de la crisis actual, nuestro nivel de endeudamiento sobrepasaba la mitad de nuestro producto interno anual. Ese un legado para generaciones futuras.

La covid–19 ha desnudado nuestra condición de país pobre y nos ha mostrado que el camino recorrido ha sido un tortuoso recorrido por unos senderos que dan vueltas dentro del mundo en vías de desarrollo. La forma como hemos logrado permanecer en él no puede continuar. La renovación y la reinvención, que se recomienda por doquier, debe empezar por revisar la manera como hemos administrando nuestra permanencia en el tercer mundo. De no hacerlo, el próximo bicentenario lo celebraremos en las mismas condiciones. ¡Qué horror!