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Los planes de recuperación económica deben ser verdes

Por: Julio Rozo

Dicen las buenas lenguas que emanan de los territorios de la Amazonia que los bandidos no conocen de cuarentena ni de confinamiento.


Para ellos el coronavirus no es impedimento para seguir quemando hectáreas y hectáreas de bosques por los lados de Calamar en Guaviare, el Parque Nacional Natural Tinigua en el Meta y en las cercanías de la joya natural de Chiribiquete que aún brilla (pero que de seguir así la situación verá opacado su esplendor).

Mientras esto sucede en nuestra selva, el mundo se pregunta cómo salir de esta coyuntura económica que vemos y que día a día analizan los expertos. Las personas, los emprendedores, empresarios y los gobiernos expresan la necesidad de reestructurar sus planes de contingencia, ajuste y estabilización de innovación, productiva y fiscal para salir de la crisis y evitar el golpe a los bolsillos personales y de la nación en el futuro. 

Desde que estoy en la universidad he escuchado a los académicos y analistas económicos decir, una y mil veces, la importancia que existe en diversificar nuestro aparato productivo para desmarcarnos del alto grado de dependencia y vulnerabilidad que tiene nuestro país hacia el petróleo y otros commodities. 

Esta es la primera lección que ha dejado la pandemia. Se trata de un punto que une a los economistas con sentido común y a los ambientalistas que abogan por una descarbonización de los sistemas de producción y consumo.

Hoy más que nunca el Green New Deal encuentra su lugar en el podio de los aspectos prioritarios de la agenda mundial (conjunto de políticas públicas orientadas a luchar contra el cambio climático). Aquellos que lo consideraban como puro y mero activismo, ahora comienzan a comprender que es la salida para hacer de esta crisis económica la gran alternativa para mejorar la innovación, desarrollar un nuevo sistema productivo y promover los empleos verdes. La política que hoy es keynesiana, debe orientar sus modelos de intervención hacia los sectores verdes.

Los países europeos ya lo están haciendo con liderazgo. Sus dirigentes empiezan a volcarse hacia un modelo de desarrollo enfocado hacia la conservación, la regeneración y la restauración de nuestros ecosistemas con el objetivo de garantizar no solamente la salud humana, del planeta, sino también de la economía. 

“Necesitamos ampliar las inversiones, especialmente en los campos de la movilidad sostenible, las energías renovables, la rehabilitación de edificios, la investigación e innovación, la recuperación de la biodiversidad y la economía circular”, afirman desde Europa los dirigentes de la región. Se comienzan a crear nuevas instituciones y nuevos cargos verdes comienzan a surgir como el del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico en España, por ejemplo. Todo apunta a que por lo menos en Europa, el medio ambiente se convertirá en el principal activo económico de la sociedad. Tremenda paradoja que esto suceda allá, mientras nuestra amazonía pierde envergadura. Hoy para el experto Camilo Santa, “conservar nuestra Amazonia, nuestra Sierra Nevada de Santa Marta, nuestros bosques secos y ecosistemas estratégicos, es el mejor negocio social que puede tener el país”. Nuestro reto como ambientalistas y empresarios verdes es contarlo.

No solamente se trata de evitar la dependencia de nuestra economía hacia el petróleo, sino también la evidente relación que existe entre la degradación de nuestros ecosistemas con el surgimiento de nuevos virus o enfermedades que afecten la salud pública y económica. Quien haya viajado a los lugares de selva del Guaviare o Caquetá, por ejemplo, coincidirá en que la riqueza natural que estos ecosistemas albergan, también esconden las respuestas a las soluciones de innovación que garantizan el bienestar humano hoy y siempre (medicamentos, alimentos, por ejemplo). 

Las personas quieren salir de su confinamiento y volver a tener contacto con la naturaleza. Hoy sentimos que valoramos más los paisajes verdes que nos ofrece Colombia. Ojalá que ese sentimiento se mantenga y sea la plataforma para repensar nuestras prioridades de desarrollo: menos petróleo y más turismo, dicen algunos a los que me sumo; más regeneración y menos extracción y emisión, es la mejor consigna que resume esta invaluable oportunidad que nos deja el virus.

Escuché atentamente a Eduardo Atehortúa, otro líder del Green New Deal latinoamericano, decir: “esta crisis no puede ni debe repetir la historia de las crisis económicas de las últimas décadas; cada depresión, resultaba en un reavivamiento de los sistemas de producción y de consumo que terminaban desencadenando mayores emisiones de gases de efecto invernadero; por el contrario, en esta crisis, ambientalistas, economistas, empresarios, innovadores y políticos, tienen la oportunidad de hacer un trato concertado hacia el bienestar común”.

Si el Green New Deal no es la oportunidad para que este cuento ambientalista se convierta de una vez por todas en el cuento económico predominante, ¿entonces qué lo hará? 

Hoy se habla sobre el virus y por fortuna el Green New Deal nos pone a hablar también sobre finanzas climáticas, empleos verdes y empresas regenerativas. 

El momento de reactivar la economía ha llegado. Y el principal catalizador para lograrlo no es solamente la incertidumbre económica que se ha diseminado entre los hogares de nuestras ciudades, sino también la conciencia que se ha generado hacia el valor que le estamos dando a nuestra naturaleza de la cual hay que agarrarse para motivar un verdadero cambio.

Adiós al discurso de la sostenibilidad porque no hay por qué sostener un modelo que ya evidenció que no vale la pena sostener. Bienvenida la regeneración y bienvenidas las innovaciones, empresas y proyectos que la ven como la oportunidad para generar un valor superior al que pregona el simple hecho de garantizar un equilibrio entre lo social, lo ambiental y lo económico, bajo un modelo de sostenibilidad que no ha sido certero y efectivo, más allá del papel.