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Al ataque

| 2020/05/18

Travesía por la puerta de entrada al Chiribiquete

La serranía de La Lindosa es hogar de tesoros arqueológicos de pueblos nómadas que habitaron el Guaviare, joyas solo accesibles tras horas de viaje por carretera, río y caminata en la selva.

La Lindosa es mucho más que una serranía en el corazón de Colombia. Adornada con una de las mayores concentraciones de arte rupestre en el mundo, esas montañas en San José del Guaviare son conocidas como la puerta de entrada al Chiribiquete.

Visitar ese lugar es hacer un viaje al pasado y revivir el mundo de nuestros ancestros, pero para llegar hay que recorrer varios kilómetros a pie desde una finca a las afueras de la capital del Guaviare.

El recorrido desde Bogotá tarda unas ocho horas en carro, las tres últimas por una carretera desde Villavicencio que va hasta las inmensas planicies de arena en San José del Guaviare, primera parada antes de alcanzar el destino final.

Luego, una vía destapada que atraviesa vegetación espesa conduce a los viajeros a una finca de 175 hectáreas donde se alza Cerro Azul, uno de los tesoros de arte rupestre más preciados de toda Colombia.

Arte rupestre en Cerro Azul. Foto: SEMANA

El hombre primitivo embelleció con pictogramas decenas de muros de piedra en una de las formaciones geológicas más antiguas del planeta, que se desprendió del macizo guayanés.

Para acceder a la montaña que los nativos emplearon como lienzo se debe emprender una caminata bajo la impávida mirada del cerro, abandonando lentamente la sabana para adentrarse en una tupida selva que lleva hasta la llamada biblioteca del pensamiento indígena amazónico.

Tras un camino de 50 minutos de ruta empinada se alza una pared de roca en vertical con cientos de figuras humanas, geométricas y animales. Es el panel principal de Cerro Azul que revela costumbres y recuerdos de un pasado milenario, a 35 km de San José del Guaviare.

Travesía hacia la serranía de La Lindosa. Foto: SEMANA

Uno de los guías del recorrido, Ánderson Cifuentes, explica que uno de los dibujos que se encuentran en el muro representa a las garzas de río, que para las comunidades que habitaron la zona en el pasado significaba un cambio climático.

“Si se iban las garzas, quería decir que venían fuertes inundaciones. Al lado está representado el río con ondulados y luego hay un raudal con más cantidad, más corriente. Además, las manos podían ser la firma del que pintó”, explica.

Este lugar sagrado se formó a lo largo de 12.000 años y era conocido como la morada donde los dioses establecían los equilibrios que el ser humano rompe con la naturaleza.

Aunque muy poco se conoce de aquella cultura antigua, fueron varias las manos que dejaron su huella. No solo tenían cualidades artísticas, sino también habilidad para escalar y pintar en rocas de difícil acceso.

Expertos consideran que armaban escaleras y otros que se colgaban en ramas, mientras que otra teoría apunta a que el yagé les permitía volar hasta su lienzo. Lo cierto es que en la parte alta de la roca “está pintado lo que es sagrado para ellos y en la parte baja lo que la madre tierra les daba. Hacia el occidente, lo que no conocían, y hacia el oriente, lo que ya tenían conocimiento”, afirma Cifuentes.

Travesía hacia la serranía de La Lindosa. Foto: SEMANA

Tras cruzar una cueva y coronar la cima de Cerro Azul, desde donde se ve un inmenso paisaje que también evidencia la deforestación provocada por la mano del hombre por incesantes quemas para sembrar pasto y atiborrar fincas de ganado.

Al bordear el cerro se encuentran más evidencias de la biblioteca indígena que describen pasajes cotidianos de pueblos ahora extintos.

Arte rupestre de pueblos nómadas en San José del Guaviare. Foto: SEMANA

Especialistas reclaman que el Ministerio de Cultura y el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh) deben poner mayor atención y vigilancia a las pinturas de Cerro Azul, pues el país podría perder uno de sus mayores tesoros culturales por la acción de vándalos que rayan las paredes e incluso borran las obras.

Travesía en río por La Lindosa

A pocos kilómetros de Cerro Azul corre uno de los ríos más importantes e históricos de la Colombia que sufrió de lleno el conflicto armado. Es el célebre Guayabero, flanqueado por una vegetación selvática que durante medio siglo fue una de las principales autopistas fluviales de la guerrilla.

Pequeño puerto del río Guayabero. Foto: SEMANA

Viaje por el río Guayabero. Foto: SEMANA

Hasta hace poco, cruzar ese caudal suponía un riesgo, ya que las Farc ejercían un control estricto porque dominar los puertos suponía una ventaja estratégica. Sin embargo, hoy en día se supera de a poco esa tragedia y el caudal se ha convertido en centro turístico y de pesca local.

El curso del río conduce a los viajeros hacia otro lugar sagrado de la serranía de La Lindosa. Ubicado en la parte alta del cerro, tras 40 minutos de caminata entre la selva, se encuentran nuevas joyas del tesoro arqueológico, pictogramas de pueblos nómadas que habitaron el Guaviare cuyos orígenes se remontan a 10.000 y 12.000 años.

La serranía de La Lindosa. Foto: SEMANA

Más que un panel artístico, son la memoria milenaria de pueblos amerindios que vivieron en la Amazonia. Pintar formaba parte de sus rituales.

Un último esfuerzo es necesario para llegar hasta el mirador sobre la manigua, el más imponente de estos parajes. La humedad y el calor de la jungla parecen exigir una cuota de sudor antes de mostrar la maravilla.

Allí, en la punta del cerro, aguarda como un regalo la majestuosidad de La Lindosa, la puerta de entrada al Chiribiquete, desde donde se ve el río Guayabero y el imponente horizonte pintado con el verde de la selva colombiana, un paisaje antes inaccesible, pero hoy abierto para todo el que acepte la travesía.

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