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El experto en biodiversidad que nunca pisó un salón de clases

La cuenca del río Bogotá ha sido su principal aula; los libros sobre naturaleza, sus maestros, y los bosques de Subachoque, su inspiración. En la cuenca media y alta, Mateo Hernández suma 84.000 observaciones de 4.200 especies de animales y plantas, cifras que cambian casi a diario. Lo consultan hasta del Humboldt.


Galo Hernández y Helga Schmidt no vieron la necesidad de que sus tres hijos fueran a un salón de clases. Ella, alemana, les enseñó literatura, ciencias sociales y biología; él, descendiente de británicos, tuvo a su cargo las lecciones de matemáticas. 

Eran los años ochenta y la familia Hernández Schmidt vivía en un apartamento en el centro de Bogotá, cerca de los cerros orientales. Cada uno de los niños mostró interés por una rama distinta: Tomás, el mayor, por los números; Juana, la menor, por las artes y la cocina; y Mateo, el del medio, jugaba a convertirse en algún animal.

“Yo nací con un interés enorme por los animales y las plantas. Cuando empecé a gatear y a caminar, no jugaba con pelotas o carros, sino a imitar a los animales que veía cerca de la casa. Mis primeros dibujos fueron de animalitos, por eso creo que en una vida pasada fui naturalista o ambientalista”, dice Mateo, hoy con 40 años de edad.

Lleva más de 19.000 observaciones de plantas y animales de 2.500 especies. Todo está consignado en la plataforma digital Naturalista.

Este bogotano recuerda que su mamá le regaló un libro con ilustraciones de diversos ecosistemas del mundo. A los 6 años empezó su pasión por las aves que sobrevolaban un bosque de eucalipto, como mirlas, pájaros azules y colibríes de cola larga. Cada vez que los veía, corría a buscarlos en los libros y se aprendía los nombres comunes y científicos.

En la década de los noventa, Helga y Galo destinaron los ahorros de su negocio inmobiliario para comprar un terreno en Subachoque, uno de los 46 municipios de la cuenca del río Bogotá. Mateo tenía 13 años y desde que llegó a la finca El Cerro, ubicada en una montaña, supo que sus conocimientos sobre biodiversidad llegarían lejos. 

Las 6,4 hectáreas de la finca tenían un bosque de encenillos, frailejones paramunos, una quebrada y árboles cubiertos por orquídeas. En esa montaña en Subachoque, su mayor aula de clases, aprendió sobre el bosque nativo, las aves y los mamíferos como el cusumbo. Hizo un vivero para aprender a propagar las especies y sembró más de 400 árboles en la zona.

Mateo entendió que la naturaleza se recupera por sí sola. Por cada árbol que sembraba, vio que a su alrededor brotaban diez más debido a las semillas que dispersaban los pájaros. “La naturaleza era diez veces más eficiente que mi trabajo de restauración. En un antiguo potrero ganadero, las semillas hicieron brotar árboles nativos que hoy están llenos de orquídeas”.

También aprendió que los árboles no requieren de la ayuda humana para nacer, sino que surgen por el viento, los pájaros y otros animales que dispersan las semillas. “El bosque solo necesita que no le metan vacas, machete y candela”, dice. Poco a poco, apoyado en los libros de biodiversidad, logró identificar cerca de 80 especies de aves típicas de la sabana y la cuenca del río Bogotá.

A los 16 años, Mateo se unió a la Asociación Bogotana de Ornitología (ABO) para conocer más sobre las aves de la cuenca. Luego, cuando terminó las clases con sus padres, validó el bachillerato, presentó el Icfes con sus hermanos y obtuvo puntajes sobresalientes. 

Sus papás les dieron libertad de escoger alguna carrera, pero ninguno de los tres mostró interés. “La velocidad y el ritmo en que habíamos vivido y aprendido eran muy diferentes a los que conoceríamos en una universidad. Yo no quise porque la ABO me propuso trabajar en la creación de la guía de aves de la sabana de Bogotá”, cuenta.

Entre sus trabajos sobre biodiversidad están el catálogo de plantas de Subachoque, municipio donde sus padres le dieron clases, junto con sus hermanos, en la finca El Cerro. Allí aprendió a identificar las especies de plantas y una gran diversidad de aves.

A los 19 años ya había escrito dos libros sobre biodiversidad, y había decidido no convertirse en un académico tradicional. Se apasionó por las plantas y construyó un herbario con la asesoría de expertos del Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional.

Durante siete años, el joven bogotano recolectó hojas de 1.000 especies de plantas de Subachoque, en recorridos en medio del verde que lo convirtieron en un gran conocedor de la flora de la cuenca alta del río Bogotá. Es muy raro que en una caminata por las montañas y humedales no sepa el nombre de una planta.

La fundación OPEPA, que realiza salidas pedagógicas y ambientales por diversas partes del país con estudiantes de colegio, fue su nuevo nicho de aprendizaje. Recorrió los cerros orientales, la Amazonia y la reserva natural Río Claro en Antioquia

Cuando cumplió 30 años, ya radicado en Bogotá, Mateo conoció el amor: Laura, en un taller sobre los bichos de los cerros de la quebrada La Vieja. Primero vivieron en Sopó y luego en el bogotano barrio La Soledad, donde lleva identificadas 700 especies de plantas y animales. “Eso demuestra que Bogotá no es solo la tierra de la mirla y la paloma, sino de gaviotas y cormoranes”.

Con su conocimiento empírico sobre biodiversidad, desde hace una década trabaja como consultor ambiental y naturalista. Dicta talleres y hace caracterizaciones de los ecosistemas. Asesora a los propietarios de fincas para mejorar la producción. “Como consultor he recorrido casi todo el país, desde las selvas húmedas de la Amazonia hasta los territorios del Caribe”.

Publica sus fotografías y registros desde hace tres años en la plataforma digital Naturalista. Incluso el Instituto Humboldt lo ha contratado varias veces para que les dé una mano en los trabajos de restauración. 

En la plataforma lleva más de 19.000 observaciones de plantas y animales, correspondientes a 2.500 especies. Administra 20 proyectos, uno de ellos sobre la biodiversidad de la sabana, desde el nacimiento del río Bogotá en el páramo de Guacheneque hasta el salto de Tequendama.

En la cuenca media y alta del río Bogotá, Mateo suma 84.000 observaciones de 4.200 especies de animales y plantas, cifras que cambian casi a diario. Le encanta esta región, así como el río. “Con pequeñas acciones, podemos recuperarlo. Lo primero que debemos hacer es conocer y aprender sobre estos vecinos de la biodiversidad que están ocultos”, dice.

Mateo y Laura son padres de Arturo, de 4 años, y Martín, de 2, quienes repetirán la historia de su padre porque los educarán en casa. “Eso les dará mucha libertad para escoger su futuro. Al mayor le gustan las máquinas y el universo, mientras que Martín solo juega con pelotas y peluches”.

La pareja quiere radicarse en el campo para educar mejor a sus hijos y trabajar por la biodiversidad. Siempre ha soñado publicar algo sobre las especies que nadie conoce por no ser carismáticas. Y Mateo seguirá escribiendo, observando y aprendiendo. “Mi idea es dar a conocer lo más que pueda la historia natural de la fauna y flora que nos rodea”.

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